¡Insectos que adoran los libros!

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Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena. Fotografías por Oscar S. Aranda

Hay personas que tienen un desarrollado gusto por los libros, mismos que por así decirlo, se los “devoran” en un santiamén y ya están buscando el siguiente. También hay insectos que lo hacen, y aunque rara vez los vemos, seguramente ya se conocen de arriba abajo nuestra colección de libros y revistas que tenemos en casa, así como aquellos que están religiosamente ordenados en las gavetas de las bibliotecas.

No estamos hablando de un milagro evolutivo en el que algunos insectos hayan aprendido a leer, sino de unos ingenuos y analfabetos insectos que pueden literalmente devorar libros y revistas, aunque también gustan del papel tapiz y de algunas de nuestras más preciadas y antiguas fotografías que cuelgan en la pared.

Éstos pequeños insectos son aplanados, con apariencia de crustáceo y con forma de zanahoria, sin llegar a superar los 2 centímetros de longitud. A diferencia de otros insectos de gran belleza (como las mariposas), éstos no gozan de buena reputación ni tampoco han obtenido protagonismo alguno en cuentos o fábulas, ni en las novelas o poemas en toda la historia de la literatura. Probablemente por ello y en venganza, éstos pequeños bibliófagos hayan decidido alimentarse de las obras literarias, sin importarles su género ni su autor.

Estoy hablando de los curiosísimos pececillos de plata lepismas, también conocidos como colas de cerdas, tisanuros, pececillos de cobre, lenceras, termobios, insectos de fuego, forbicinas o peces polilla, por mencionar algunos nombres comunes de las casi 1,400 especies que, aunque distintas, a simple vista nos pueden parecer todas iguales.

Para no desviarme ni crear confusiones por su compleja clasificación taxonómica y hábitats, me referiré a todos ellos como pececillos de plata, el nombre más ampliamente utilizado, y mencionaré únicamente el nombre de las 3 especies más comunes en nuestras casas: Lepisma saccharina, Thermobia domestica, Acrotelsa collaris y Ctenolepisma longicaudata. A los más eruditos y ávidos de información científica, les recomiendo leer sobre los denominados Archaeognatha y Zygentoma, quienes en su gran mayoría han decidido vivir alejados de los seres humanos y sus libros.

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Su nombre “pececillo de plata” fue otorgado debido a que cuando se desplazan hacen movimientos laterales que nos recuerdan a un pez nadando, además de que están totalmente cubiertos de minúsculas escamas que los hacen extremadamente resbaladizos, y se desprenden cuando se les atrapa. El color plata es el más común, aunque también los hay de colores bronce o dorado.

Se les suele encontrar merodeando entre los libros, aunque es común verlos también en alacenas y baños, debido especialmente a su predilección por los lugares húmedos. Algunas especies son exclusivos e inofensivos habitantes de nuestros hogares, pero la grandísima mayoría vive únicamente en la naturaleza, prefiriendo vivir entre la hojarasca o bajo las rocas, así como los termiteros, hormigueros y avisperos, que son sus moradas más habituales.

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Probablemente, la mayor curiosidad científica de éstos insectos es que son verdaderos fósiles vivientes; pues conservan la forma y características de los primeros insectos que habitaron nuestro planeta, mucho antes que los actuales desarrollaran alas a través de una compleja evolución, y que muchos de ellos las volvieran a perder por no necesitarlas. Aún hoy en día son un enigma para la ciencia, y apenas los estudios de ADN están revelando sus hasta ahora secretos orígenes y relaciones evolutivas.

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Estos insectos aún conservan algunas peculiaridades primitivas, como la ausencia de alas o su método de reproducción sexual, en el que la hembra recolecta el semen que el macho deja empaquetado por ahí, o cuando no hay machos, las hembras se reproducen por sí mismas a través de un método que se denomina “partenogénesis”. Debo agregar que en mi humilde opinión, ambos métodos son mecanismos reproductivos muy poco divertidos, y necesitan evolucionar un poco, sexualmente hablando.

En cuanto a la dieta, puede resultarnos poco interesante saber que se alimentan de azúcares y carbohidratos como muchísimas otras especies animales, pero lo curioso radica en que éstos los obtienen directamente de digerir la celulosa y el almidón, algo que ningún otro animal puede hacer sin la ayuda de bacterias u otros microorganismos que viven en sus sistemas digestivos. A diferencia del resto de los animales, éstos minúsculos insectos no necesitan la ayuda de nadie, ya que producen sus propias enzimas (celulasa) para digerirla.

Saber que pueden devorar nuestros libros y fotografías más preciados, o destruir ese antiquísimo (y horrible) papel tapiz de casa de los abuelos, puede hacernos tomar la más drástica decisión para erradicarlos de casa, pero en su defensa debo pedirle que no los culpe por ser golosos. A fin de cuentas, por su reducido tamaño, las cantidades que pueden llegar a consumir son verdaderamente insignificantes, y no debería preocuparnos el hecho que puedan convertirse en plagas, teniendo en cuenta que sólo pueden tener entre 30 y 50 crías a lo largo de sus longevas vidas, que alcanzan los 5 años.

Para finalizar, le compartiré unos fragmentos de lo que probablemente sea la única (aunque hermosa) mención linteraria que encontré hacia éstos pequeños devoradores de libros, escritos por la mano del escritor español Juan José Millás en 1998:

Hay un insecto microscópico, el lepisma, también llamado por su aspecto pececillo de plata, que vive en los libros igual que un delfín en las profundidades del océano (…). Nos acompañan en la travesía lectora como los delfines a los navegantes, saltando fuera de la página y zambulléndose en ella a través de un adverbio, que atraviesan sin romperlo ni mancharlo (…). El lepisma ignora también la existencia del lector que abre en dos su mundo como Moisés separó las aguas del Mar Rojo (…). Quizá el universo no sea más que un gigantesco libro que alguien lee con pasión mientras nosotros, sus lepismas, navegamos por él pese a ignorar su sintaxis. A ese lector gigante le dedico este articulo (u oración) con el ruego de que, cuando se canse de leer, cierre el libro sin violencia, para no hacernos daño”.

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Practicando el arte de “no ser detectado”

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

El mimetismo y el camuflaje han existido desde que los primeros animales evolucionaron, y han formado parte de la naturaleza por siempre como una herramienta de supervivencia. Sin embargo, fue hace apenas 223 años que la ciencia comenzó a interesarse en su significado, cuando Erasmus Darwin comentaba en su libro Zoonomia (1794) que “el color de muchos animales parecía ser una adaptación para ocultarse a si mismos, ya sea para evitar el peligro o para sorprender a su presa”. 65 años después, su famoso nieto publicaría su teoría de la evolución, donde habla precisamente de las sorprendentes adaptaciones de los seres vivos.

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Parece que desde entonces, con esa descripción tan clara y sencilla no hay mucho qué agregar, hasta que nos damos cuenta realmente de que las técnicas tan complejas y avanzadas que los animales utilizan para ocultarse, superan nuestra capacidad de entendimiento, y que sorprendentemente, la capacidad de algunos animales para adaptarse al mundo actual son más rápidas y efectivas de lo que podría esperarse.

Por ello deben diferenciarse las distintas estrategias entre sí, como la cripsis o camuflaje (imitar las características de un ambiente o un objeto), el aposematismo (llamar poderosamente la atención como una forma de advertencia) y el mimetismo (copiar la apariencia de otros seres vivos). En realidad es muy sencillo de entender, pero aún así pondré tres ejemplos típicos:

Pensemos primero en las Santateresas o Campamochas (Mantis religiosa). Son insectos a los que todos podemos fácilmente asociar en nuestra mente sin necesidad de una fotografía: su estrategia para ocultarse es muy sencilla, pues se adaptan al ambiente vegetal en el que viven. Algunas son verdes, otras marrones, pasando desapercibidas entre las hojas verdes o las ramas secas, mientras se mueven en un vaivén que recuerda a una hoja movida por el viento. A eso se le llama camuflaje.

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Ahora pensemos en las mariposas Monarca (Danaus plexippus), que como es bien sabido sus larvas se alimenta de una planta que contiene toxinas, almacenándolas en sus cuerpos para que otros animales no se las coman. Desde que son orugas, y luego como adultas, poseen un patrón de colores que les permiten ser identificadas como “de sabor desagradable”, por lo que un depredador evitará comerlas simplemente con verlas. A eso se le llama coloración aposemática o aposematismo.

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Mariposa Monarca (vista ventral y dorsal)

Hay animales que sacan ventaja de aquellos que son aposemáticos, ya que al imitarlos y parecerse a ellos logran evitar que se los coman al confundirlos con los verdaderos. Eso es exactamente lo que ocurre con dos especies de mariposa que imitan a las monarcas, y que son sorprendentemente similares: la mariposa Virrey y la mariposa Reina (Limenitis archippus y Danaus gillippus). A eso, mi estimado lector, se le llama mimetismo.

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Mariposa Reina (vista ventral y dorsal)

Hay tantas formas de ocultarse como especies en el planeta, cuyos límites están en el ingenio. Mientras algunas orugas se asemejan al excremento de un ave, algunos escarabajos y polillas imitan a las respetadas abejas y avispas, tanto en color como en su forma, o se asemejan a la corteza del árbol donde se esconden.

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Oruga de Papilio cresphontes

Los reflejos plateados de los peces y su color más claro en su vientre y oscuro en su parte dorsal son excelentes ejemplos de camuflaje, así como las manchas negras sobre un color claro en el pelaje de un jaguar. Algunos animales buscan ocultar únicamente alguna parte de su cuerpo, normalmente los ojos y las extremidades. ¿Se ha dado cuenta que lo primero que miramos instintivamente los seres humanos es a los ojos? Como dicen por ahí, una mirada dice más que mil palabras, pues ésta puede revelar nuestros propósitos. Es por ello es que muchas personas ocultan sus ojos con lentes oscuros, y los animales los ocultan con rayas o patrones de distinto color, tal como hacen los mapaches (Procyon lotor). Una mirada puede ser tan poderosa, que muchos insectos han desarrollado en alguna parte de su cuerpo “falsos ojos” con aspecto intimidante, lo que puede sorprender a su depredador. Esos instantes de desconcierto, pueden hacer la diferencia entre morir o ponerse a salvo.

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Hay otros animales que dedican mucho tiempo en ocultarse construyéndose su propio refugio, al que me gusta describir como un “escudo visual”. Eso es lo que hacen las inofensivas larvas de algunas polillas pequeñas y poco conocidas a las que se les llama comúnmente “cargapalitos” u “orugas de saquito”. Con la ayuda de la seda, se construyen un pequeño saco con una o dos salidas, adhiriendo pequeñísimos trozos de corteza o materia vegetal. Siempre adentro del saco, únicamente sacan su cabeza y sus patas anteriores para moverse de un lugar a otro y comer, y en ocasiones suelen entrar en nuestros hogares, donde les vemos colgando de las paredes, sin tener la menor idea de lo que son esas extrañas basuritas que se mueven de lugar.

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“Oruga de saquito” Familia Psychidae

Los seres humanos practicamos éste arte desde tiempos inmemoriales, aunque la ciencia del camuflaje como tal se ha aplicado principalmente con propósitos bélicos. Nosotros, en innumerables momentos del día utilizamos el camuflaje de forma instintiva e inconsciente: vestimos de una forma u otra para transmitir seguridad o éxito y aparentamos ser lo que a veces no somos.

Algunos preferimos mimetizarnos y pasar desapercibidos entre la muchedumbre como “uno más”, mientras que otros buscamos resaltar y volvernos aposemáticos; algunos para dominar, y otros para protegernos de quienes pretenden dominarnos. Al final de la historia, querido lector, no somos tan distintos al resto de los animales, pues en ésta lucha psicológica, los humanos perseguimos el mismo objetivo que ellos: la supervivencia.

Los Grillos, compañeros de sueños

Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

¡Vaya bichos tan singulares! Nos brindan música de fondo mientras cenamos, charlamos, tomamos un paseo nocturno o mientras dormimos, sin importarles las condiciones climáticas o nuestra condición social. Acompañantes fieles desde los orígenes de nuestra sociedad, son parte importante del folklore popular en todo el planeta, protagonistas de innumerables historias, cuentos y leyendas.

El realidad, el nombre grillo se deriva del latín gryllo. Proviene de la palabra “gryllare” (grillar), que refiere a los sonidos que producen, definidos desde entonces como “Gry, gry”. Para los mexicanos contemporáneos, éste sonido se define mejor como un “cri, cri”, que dio lugar al nombre del grillo más famoso en los cuentos infantiles en México, creado por un genio de la creatividad, Don Francisco Gabilondo Soler.

En realidad, los grillos no tienen voz y los sonidos que producen son generados por el movimiento y fricción entre las salientes de sus patas posteriores y su primer par de alas (tienen 2 pares), mismo que se ha endurecido y modificado en sus bordes no sólo para producir sino también para amplificar y transmitir ese sonido tan peculiar e intenso, cuyo nombre correcto es “estridulación”. Según se cree, fue el primer sonido producido por animales terrestres para comunicarse desde su aparición en la tierra; un sonido que es compartido entre la mayoría de los ortópteros (grillos, saltamontes y afines).

Considerado por muchos como un sonido monótono, en realidad suele ser poco molesto y bien tolerado por los humanos, aunque no falta aquel grillo que decida cantar al pie de tu cama para no dejarte dormir, firmando en ocasiones y sin saberlo, su desafortunada condena a muerte. El canto de los grillos es un privilegio casi exclusivo para los machos, quienes emiten estos sonidos para atraer a las hembras. Fueron comúnmente utilizados en la antigua China como apreciadas mascotas, donde eran mantenidos en jaulas pequeñas diseñadas especialmente para ello en bambú y oro, para que ambientaran las habitaciones, y en algunos sitios se les sigue vendiendo como curiosidades tradicionales. Las hembras por su parte son totalmente silenciosas, generalmente más grandes que los machos y en ocasiones carecen de alas. Si bien los grillos no tienen voz como tal, tampoco tienen oídos, por lo que para escuchar han desarrollado unas delgadas membranas que hacen la función de un tímpano, generalmente ubicadas en el abdómen o en sus patas anteriores, que junto con una serie de vellos que la recubren, son capaces de percibir tanto a sus depredadores como distinguir los mejores y sincrónicos cantos, una herramienta muy útil para las hembras a la hora de elegir a su tenor o varítono.

Tal vez una de las mayores curiosidades de los grillos es que pueden ser utilizados como una eficaz forma de conocer la temperatura ambiental. Utilizando una relación matemática creada en 1889 por un físico suizo, a partir de observaciones con un grillo de los árboles Oecanthus fultoni, los científicos lograron comprobar que es posible determinar con exactitud la temperatura ambiental, ya que por ser animales que no son capaces de regular la temperatura de su cuerpo, su metabolismo varía de acuerdo a la temperatura ambiental, modificando la frecuencia de sus sonidos. Así, la temperatura a la que comienzan a cantar es 15°C, y comenzarán a cantar más rápido conforme aumenta la temperatura. Si es usted una persona curiosa, haga la prueba y utilice ésta fórmula:

 (Cpm/5)-9 = T

Cpm = cantos por minuto y T = temperatura en grados Celsius

Con alrededor de 22 mil especies distintas, los Ortópteros (Orden Orthoptera) son habitantes comunes de casi todos los hábitats templados y tropicales del planeta, aunque sólo un puñado de especies son comúnmente reconocidas al verlas. Con tal variedad, y considerando que éstos insectos son muy abundantes, no es de extrañar que formen parte importante de los ciclos ecológicos naturales y de la economía, pues algunas de estas especies son consideradas como verdaderas “plagas” que arrasan países enteros, como ocurre con las especies conocidas como langostas. Sin embargo, los grillos en particular (unas 4,200 especies) no representan un problema serio para nuestro hogar y mucho menos para la economía, alimentándose de materia orgánica muerta (animales y plantas), además de estar comprobado que no son transmisores de enfermedades infecciosas para los humanos, como puede ocurrir con las cucarachas. Tal vez por eso sean el alimento “vivo” más común en las tiendas de mascotas.

Resulta interesante saber que grillos y chapulines no son sólo utilizados como alimento para mascotas, sino que son un alimento popular en algunos lugares de México, como ocurre en Oaxaca y otros lugares en el interior del país. Más interesante resulta saber que el contenido proteínico es muy alto (casi 70% de proteínas), por lo que representan una fuente nutricional importante, sobre todo para los sectores de población de bajos recursos, quienes consumen estos alimentos de forma tradicional.

En los cuentos populares, los grillos son considerados como seres flojos, vagabundos y tramposos, que pasan su tiempo divirtiéndose y “viviendo al día”, aunque por el contrario, uno de los grillos más conocidos internacionalmente sea “Pepe Grillo”, quien hace la función de conciencia y sano consejero de Pinocho. Yo en particular, prefiero la leyenda que cuenta que cuando el grillo canta, le está cantando a la luna, pues alguna vez ambos estuvieron enamorados y fueron separados por una malvada bruja, quien los convirtió en lo que son ahora. Desde entonces el grillo canta cada noche, buscando encontrar de nuevo a su amada luna.

Sea cual sea su historia favorita, los grillos nos dejan una importante lección, que es la perseverancia, pues un grillo adulto cantará siempre, sin importarle si está en libertad o encerrado en una jaula, aunque (según la especie) le tome hasta dos año madurar sexualmente y pueda finalmente encontrar una pareja. El cantar de un grillo puede transportar nuestras mentes de la ciudad al campo con sólo cerrar los ojos, y resulta interesante que una importante cantidad de personas sordas que reciben un implante para poder escuchar, refieren el grillar nocturno como uno de los sonidos que más disfrutan. ¿Será acaso un sonido verdaderamente monótono y sin sentido? Tal vez sean en realidad un murmullo sereno que nos recuerda que estamos vivos; que nos permite tener presente lo bella que es la noche, a la luz de la luna y de las estrellas… Y mientras escribo este artículo, muy cerca de mí escucho a un grillo cantar. Me asomo por la ventana y disfruto además, de una brisa fresca que me hace pensar ¡Cuánto me gustan los grillos!

 

Los árboles, seres mágicos y espirituales

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Los árboles, esos seres verdes que nos regalan frescor, y cuyas sombras nos recuerdan su presencia, han sido desde la época prehispánica, muy importantes en las creencias religiosas y mitológicas ancestrales. El pensamiento mágico y religioso que existía en la antigüedad ha quedado casi en el olvido, reemplazado en muchos casos por costumbres más modernas.

En esta ocasión, no haré un recuento de los árboles más grandes o frondosos, ni hablaré de su importancia en el ecosistema ni cómo han cambiado el rumbo de la humanidad. Dedicaré este espacio a recordar cómo los mayas y los aztecas adoraban a estos seres llenos de vida, y cómo las culturas antiguas de todo el mundo han coincidido en considerar a los árboles como sabios centinelas del tiempo y silenciosos seres espirituales.

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Rindiendo culto al árbol
La vida humana se ha asociado históricamente con el culto al árbol en muchas formas místicas. Para los mayas, la Ceiba era el árbol santo, la madre de la vida. En la mitología maya, en cada uno de los rumbos cósmicos había una ceiba sagrada, del colorcorrespondiente a cada zona: rojo en el oriente, blanco en el norte, negro en el poniente y amarillo en el sur. Aún hoy en día, la Ceiba conserva su poder mítico en las creencias de mucha gente del campo. Para asegurar que sus hijos varones crezcan tan fuertes como éste majestuoso árbol, ocultan su cordón umbilical en alguna hendidura del árbol.

También en la concepción cosmológica de los antiguos mexicanos figuraba un árbol en cada uno de los cuatro rumbos del universo, y otro en el centro de los mismos. En el rumbo del oriente había un Sauce, en el del norte había un Nopal, en el del poniente una Palma y en el rumbo del sur un Mezquite. Finalmente en el centro de los rumbos estaba un árbol que simbolizaba la planta del maíz. En el centro del país, el árbol sagrado para los aztecas era el imponente Ahuehuete o Sabino, que significa “el gobernante” o “el amparo del pueblo”. Aún ahora, donde las costumbres indígenas siguen predominando, se siguen colgando en los árboles sagrados tanto cordones umbilicales como mechones de cabello o prendas de vestir, para establecer un lazo mágico entre las personas y la fuerza divina que se manifiesta en el mismo árbol.

Se cree que en la antigüedad, muchas especies de árboles fueron declaradas “sagradas” por motivos que no siempre giraban en torno a valores espirituales o místicos, pero que era necesario protegerlas debido a su escasez, su utilidad o su tamaño. Sin embargo, todas las culturas alrededor del mundo, con costumbres tan distintas como los lugares donde vivían, han coincidido a través de la historia en el valor sagrado y espiritual que tienen los árboles, resaltando cada cultura aspectos tan distintos como el amor, la inmortalidad o la justicia divina.

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Investigando un poco sobre las especies de árboles que han sido representados, venerados o inmortalizados en la historia humana, se cuentan alrededor de 55 especies de todos los tipos, aunque estoy seguro que en aquel entonces, sería una tarea digna de los dioses decidir y designar cuáles especies de árboles serían los elegidos. Para ser justos, creo que no necesitamos tener una de esas 55 especies para establecer un vínculo que vaya más allá de nuestro mundo corporal. Simplemente con sentarnos debajo de un árbol cualquiera, aunque no seamos conscientes de ello, inmediatamente sentimos paz, ya sea por la sensación de frescor que su sombra nos da o por haber establecido una conexión invisible con él.

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Creo también, que aunque algunas personas no crean en las energías o sean poco espirituales, es innegable que los árboles nos regalan algo más que su firme belleza. Lo invito entonces a dejarse llevar por un momento y que piense en lo mucho que los árboles nos regalan, desde un momento de paz hasta la inspiración y la energía necesaria para terminar nuestro día con alegría. Inténtelo y déjese llevar. Abrace a un árbol y llénese de vida.

La Madre Naturaleza: ¿Sobreviviendo a los humanos?

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Abrumados por tantas noticias y publicidad engañosa que hacen un equivocado uso del medio ambiente, la ecología y el cambio climático, me he topado con el problema de cómo hablar sobre la naturaleza y el hombre sin que el lector pierda interés. Y es que desafortunadamente, en general éste es un tema que llega a oídos sordos, y tal vez sea  porque no lo sabemos expresar correctamente.

Entendiendo el problema

Tal vez el problema está en que quienes hablamos de la problemática que existe entre los seres humanos y el medio ambiente, nos olvidamos totalmente que vivimos en un planeta tan dinámico, es decir, que -con o sin nosotros- el planeta sigue girando. Tal vez por ello sea tan sencillo ignorar las dificultades ambientales con las que nos encontramos diariamente y decidimos seguir con nuestras vidas como si nada sucediera, pues de cualquier forma, la naturaleza sigue su curso a pesar de lo que hagamos, para bien o para mal.

Ahí radica el problema, pues ese mundo al que estamos acostumbrados tiene características que han sido moldeadas a lo largo de miles de millones de años, a través de fenómenos naturales extremos como los sismos, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones, la erosión causada por el viento y el agua, así como por la actividad de los mismos seres vivos. Considerando lo inteligentes que somos como especie, es difícil entender el por qué olvidamos tan fácilmente que los cambios climáticos y los fenómenos extremos son parte natural de la vida del planeta.

Hace poco tuve una interesante discusión con mi padre, hablando del sombrío futuro que nos espera, y justo ese fue su argumento que me hizo reflexionar: siempre han habido desastres naturales catastróficos, pero son tan poco frecuentes que los olvidamos fácilmente. En 1556 por ejemplo, hubo un gran terremoto que mató a más de 830 mil personas, y otro más mató a 600 mil en 1976, y nadie los recuerda. En 2004 murieron cerca de 230 mil personas a causa de un tsunami. La pregunta obligada es, ¿hemos cambiado en algo nuestra forma de vivir? Aún seguimos construyendo nuestras casas en las orillas de los ríos, de las playas y en zonas de alta sismicidad.

Es así como llego a la conclusión del porqué no hacemos nada para remediar los daños que le causamos al planeta, pues dada nuestra egoísta naturaleza humana, poco nos importa escuchar que “estamos consumiendo el planeta”, cuando en realidad estamos firmando nuestra sentencia de muerte al acabar con los recursos que nos mantienen vivos. Efectivamente, el planeta tierra seguirá aquí, y como toda acción tiene una reacción, el planeta sufrirá los cambios necesarios para alcanzar una nueva estabilidad, donde seguramente no figuraremos nosotros como especie. Gracias a la desaparición de los dinosaurios (debido a una catástrofe natural), los mamíferos pudimos evolucionar en lo que somos ahora. Cuando nuestra especie desaparezca finalmente de la faz de la tierra, tal vez los insectos evolucionen, y tras miles de años habrá otra nueva especie que pueble el planeta como lo hacemos ahora.

Sobreviviendo a la naturaleza

Vale la pena que recordemos lo indefensos que somos ante las fuerzas naturales, como puede ser un gran terremoto, una sequía o una epidemia a gran escala. Creo que debemos preocuparnos por salvarnos a nosotros mismos, y haciéndolo adecuadamente todo lo demás tomará su lugar. Si usted, estimado lector ha llegado hasta éste último párrafo, no me queda más que felicitarlo, pues ha superado uno de los grandes defectos que nos caracterizan: la indiferencia.

No es necesario ser un sabio para saber que algo malo está sucediendo. El mundo está sometido a fenómenos naturales extremos, cuyos efectos se van a anticipar gracias a nuestra forma de aprovecharnos de la naturaleza. Es una gran presión que se acumula y que tarde o temprano estallará. No hay nada de malo en reconocer que las dinámicas naturales del mundo NO están en nuestras manos. Al reconocerlo, estaremos un paso adelante para poder interpretar todas esas señales silenciosas que la naturaleza nos da constantemente y que nos dice: “ten cuidado”. Debemos entender que si no podemos ser la solución, igualmente no debemos ser parte del problema. Acciones sencillas que nos permitan aligerar el peso para que la naturaleza siga su curso. Planta un árbol y cuídalo el resto de tu vida, respeta la naturaleza y sobre todo, ¡sé feliz!

Gaviotas: Incomprendidas y sorprendentes

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Para los ornitólogos y amantes de las aves en general, observar gaviotas puede ser una gratificante e intelectualmente estimulante oportunidad de admirarlas. Su variedad de especies, tamaños y variación en el plumaje de una misma especie con uno, dos, tres o cuatro años de edad ha hecho que éstas aves obtengan una envidiable posición entre las aves favoritas para observar alrededor del mundo. Sin embargo, existen historias muy distintas que se escriben día a día en torno a éstas controvertidas especies, rodeadas de prejuicios populares que en la actualidad las han convertido en “animales no gratos” y llamadas injustamente “las ratas del mar”.

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Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer”, dice Richard Bach, el autor del famoso libro titulado “Juan Salvador Gaviota”, y en parte tenía razón. Las gaviotas son omnívoros oportunistas que comen cualquier cosa que encuentren, siempre y cuando pueda satisfacer sus requerimientos nutricionales. Es así como las gaviotas pueden elegir entre internarse en el mar a buscar comida, seguir a un barco pesquero, o ir a tierra firme como a zonas de cultivo a comer insectos, o adentrarse en un vertedero de basura o visitar un parque público y robarle comida a paseantes distraídos.

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Desde los años 80´s, hemos observado cómo algunas especies de gaviotas (principalmente las europeas que son más grandes y por ende tienen menos temor hacia el ser humano), han ido adaptándose a los ambientes alterados por el hombre, y desde entonces han modificado en muchos aspectos sus hábitos de alimentación y de reproducción, llegando a anidar en los techos de los edificios y a darse un baño refrescante en las fuentes de la ciudad. Recuerdo cuando era estudiante de Biología, que uno de mis maestros me contaba cómo en una ocasión, mientras hacía un censo de nidos de gaviotas en una remota isla del Mar de Cortés, un polluelo asustado le vomitó en la cara un trozo de jamón York. Ese suceso le obligó a hacerse la pregunta sobre cómo llegó a éste polluelo, en un nido a decenas de kilómetros de la costa, un trozo de embutido. Esa asombrosa capacidad de sus padres para encontrar alimento, me lleva a mí a plantearme otra pregunta, sobre quién es el verdadero culpable de que las gaviotas se internen cada vez más en los continentes y lleguen incluso a anidar a cientos de kilómetros tierra adentro, muy lejos de lo que podría ser considerado su “hogar”.

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 “Tenemos que rechazar todo lo que nos limite… somos libres de ir donde queramos y de ser lo que somos”, dijo Juan Salvador Gaviota, esa gaviota que no se conformaba solamente con comer. Tal vez sea cierto, y sea por ello, que algunas gaviotas se han vuelto rebeldes, invadiendo campos y ciudades. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de mi maestro y mías, están ligadas a la inteligencia y no a la rebeldía. Son aves con una gran capacidad de aprendizaje, y décadas de estudios científicos han demostrado que pueden aprender, recordar e incluso enseñar a otras ciertas habilidades, lo que explica cómo han descubierto la forma de aprovecharse de nuestros errores y descuidos, sacando ventaja de cosas que, mientras para nosotros son basura, para ellas son sustanciosos alimentos.

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Antes, las gaviotas eran consideradas nuestras compañeras de tragedias y alegrías, y eran sagradas para algunas culturas en la antigüedad. Predecían las tragedias que ocurrían en el mar y lloraban por los marineros muertos. Anunciaban con su presencia la cercanía de tierra firme, e incluso controlaban las plagas, para lo cual se les construyó un monumento para rememorarlas. Ahora nos molestan y las odiamos por ser ruidosas y mancharlo todo a su paso. Actualmente, y a pesar de una larga y compleja historia de relaciones cercanas con el hombre desde tiempos remotos, su inteligencia supone un desafío a nuestro entendimiento del por qué y del cómo han llegado a ser lo que son hoy en día. Tal vez ésta es una oportunidad para entenderlas, viendo cómo se adaptan a nosotros y con nosotros, con esas magníficas alas, con esos elegantes plumajes, con esas posturas que denotan orgullo de lo que son: Aves monógamas y familiares, atentas y participativas en el cuidado de sus crías, socialmente implicadas y sobre todo, muy comunicativas tanto vocal como gestualmente.

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Sólo me queda decir que en el libro, Juan Salvador Gaviota se despidió con éstas palabras: “No creas lo que tus ojos te dicen. Solo muestran limitaciones. Mira con tu entendimiento, descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de poder volar mejor”. Tal vez, si si siguiéramos su consejo, si miráramos la vida con nuestro entendimiento en lugar de prejuicios, encontraríamos la forma correcta de interpretar la naturaleza y coexistir con ella.