Gaviotas: Incomprendidas y sorprendentes

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Para los ornitólogos y amantes de las aves en general, observar gaviotas puede ser una gratificante e intelectualmente estimulante oportunidad de admirarlas. Su variedad de especies, tamaños y variación en el plumaje de una misma especie con uno, dos, tres o cuatro años de edad ha hecho que éstas aves obtengan una envidiable posición entre las aves favoritas para observar alrededor del mundo. Sin embargo, existen historias muy distintas que se escriben día a día en torno a éstas controvertidas especies, rodeadas de prejuicios populares que en la actualidad las han convertido en “animales no gratos” y llamadas injustamente “las ratas del mar”.

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Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer”, dice Richard Bach, el autor del famoso libro titulado “Juan Salvador Gaviota”, y en parte tenía razón. Las gaviotas son omnívoros oportunistas que comen cualquier cosa que encuentren, siempre y cuando pueda satisfacer sus requerimientos nutricionales. Es así como las gaviotas pueden elegir entre internarse en el mar a buscar comida, seguir a un barco pesquero, o ir a tierra firme como a zonas de cultivo a comer insectos, o adentrarse en un vertedero de basura o visitar un parque público y robarle comida a paseantes distraídos.

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Desde los años 80´s, hemos observado cómo algunas especies de gaviotas (principalmente las europeas que son más grandes y por ende tienen menos temor hacia el ser humano), han ido adaptándose a los ambientes alterados por el hombre, y desde entonces han modificado en muchos aspectos sus hábitos de alimentación y de reproducción, llegando a anidar en los techos de los edificios y a darse un baño refrescante en las fuentes de la ciudad. Recuerdo cuando era estudiante de Biología, que uno de mis maestros me contaba cómo en una ocasión, mientras hacía un censo de nidos de gaviotas en una remota isla del Mar de Cortés, un polluelo asustado le vomitó en la cara un trozo de jamón York. Ese suceso le obligó a hacerse la pregunta sobre cómo llegó a éste polluelo, en un nido a decenas de kilómetros de la costa, un trozo de embutido. Esa asombrosa capacidad de sus padres para encontrar alimento, me lleva a mí a plantearme otra pregunta, sobre quién es el verdadero culpable de que las gaviotas se internen cada vez más en los continentes y lleguen incluso a anidar a cientos de kilómetros tierra adentro, muy lejos de lo que podría ser considerado su “hogar”.

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 “Tenemos que rechazar todo lo que nos limite… somos libres de ir donde queramos y de ser lo que somos”, dijo Juan Salvador Gaviota, esa gaviota que no se conformaba solamente con comer. Tal vez sea cierto, y sea por ello, que algunas gaviotas se han vuelto rebeldes, invadiendo campos y ciudades. Sin embargo, las respuestas a las preguntas de mi maestro y mías, están ligadas a la inteligencia y no a la rebeldía. Son aves con una gran capacidad de aprendizaje, y décadas de estudios científicos han demostrado que pueden aprender, recordar e incluso enseñar a otras ciertas habilidades, lo que explica cómo han descubierto la forma de aprovecharse de nuestros errores y descuidos, sacando ventaja de cosas que, mientras para nosotros son basura, para ellas son sustanciosos alimentos.

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Antes, las gaviotas eran consideradas nuestras compañeras de tragedias y alegrías, y eran sagradas para algunas culturas en la antigüedad. Predecían las tragedias que ocurrían en el mar y lloraban por los marineros muertos. Anunciaban con su presencia la cercanía de tierra firme, e incluso controlaban las plagas, para lo cual se les construyó un monumento para rememorarlas. Ahora nos molestan y las odiamos por ser ruidosas y mancharlo todo a su paso. Actualmente, y a pesar de una larga y compleja historia de relaciones cercanas con el hombre desde tiempos remotos, su inteligencia supone un desafío a nuestro entendimiento del por qué y del cómo han llegado a ser lo que son hoy en día. Tal vez ésta es una oportunidad para entenderlas, viendo cómo se adaptan a nosotros y con nosotros, con esas magníficas alas, con esos elegantes plumajes, con esas posturas que denotan orgullo de lo que son: Aves monógamas y familiares, atentas y participativas en el cuidado de sus crías, socialmente implicadas y sobre todo, muy comunicativas tanto vocal como gestualmente.

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Sólo me queda decir que en el libro, Juan Salvador Gaviota se despidió con éstas palabras: “No creas lo que tus ojos te dicen. Solo muestran limitaciones. Mira con tu entendimiento, descubre lo que ya sabes, y hallarás la manera de poder volar mejor”. Tal vez, si si siguiéramos su consejo, si miráramos la vida con nuestro entendimiento en lugar de prejuicios, encontraríamos la forma correcta de interpretar la naturaleza y coexistir con ella.

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Chapulín: Un saltamontes muy mexicano

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Se le conoce de muchas formas en la lengua española: Normalmente se le llama saltamontes o langosta, pero también en otros países se le llega a llamar saltón, cigarrón, cara de niño o alacrán cebollero; aunque los mexicanos siempre nos referimos a éste gracioso animalito como “Chapulín”, conservando con éste nombre un interesante legado de nuestros ancestros Nahuas que poblaron Mesoamérica.

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En efecto, la palabra “Chapulín” tiene su origen en la lenga Náhuatl y proviene de la palabra “Chapoli”, que define en sí al insecto. Dado que una gran cantidad de palabras Nahuas están compuestas de más de un vocablo, existen dos traducciones de la palabra. Son igualmente curiosas, pues ambas revelan la personalidad de éstos insectos: La primera propuesta sugiere que es una palabra compuesta por el vocablo “poloa”, que significa “destructor o devorador”, mientras que la segunda propuesta (y la más aceptada) sugiere y que se compone de dos vocablos distintos: “chapa” (que significa rebotar) y “olli” (que significa hule), por lo que la traducción literal sería “insecto que salta (como una pelota de) hule”. Sea cual sea la traducción correcta, posterior a la conquista de México, y bajo la influencia del idioma español, “chapoli” fue pronunciándose poco a poco como “chapolin”, llegando en algún momento de la historia al actual nombre “Chapulín”.

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Aún así, hay que aclarar que éste nombre se utiliza para definir a cualquiera de las especies de saltamontes o langostas que habitan en México y que suman cerca de 1,000 especies. No son tantas si consideramos que en todo el planeta existen unas 22,000 especies, agrupadas en el Orden Orthoptera (que incluye también a los grillos).

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Como su nombre lo indica, si hay algo que caracteriza a los chapulines es su capacidad de saltar, de comer mucho y en particular por cantar. Saltar es algo que se les da muy bien, y según un cuento tradicional Yaqui (pueblo indígena ubicado en el Estado de Sonora), los chapulines pueden saltar una distancia equivalente a once días y medio de caminata. Para lograr ejecutar tan poderosos saltos, estiran unos ligamentos llamados “apodemas” dentro de sus enormes patas posteriores, para que en el momento necesario sean liberados y salgan despedidos a gran velocidad para escapar del peligro. Sus patas no sólo sirven para saltar. Están recubiertas de espinas que utilizarán para defenderse, y en caso de que el depredador los llegara a atrapar, son capaces de sacrificar su extremidad para salir huyendo con las patas que les quedan. Como son “hemimetábolos” (sufren de varias metamorfosis antes de llegar a adultos), repondrán la pata perdida en la siguiente muda de piel.

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Comer es algo que también hacen bien, y algunas especies pueden llegar a ser verdaderas plagas cuando se presentan condiciones ambientales muy particulares (como una sequía), reuniéndose en inmensas cantidades hasta llegar a su fase adulta, adquiriendo unas poderosas alas y dedicándose a volar grandes distancias en busca de comida, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Afortunadamente esto es un fenómeno que ocurre en raras ocasiones, y si no fuera por sus cantos podrían perectamente pasar desapercibidos ante nuestros ojos.

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En realidad, los cantos no debrían ser llamados así porque ni los chapulines ni los grillos tienen voz. Los sonidos que producen son generados por el movimiento y fricción de alguna parte de su cuerpo, generalmente sus patas posteriores, su primer par de alas, sus antenas o alguna combinación de éstas, por lo que la palabra correcta para defiir los sonidos que producen es “estridular”. La estridulación es distinta para cada especie, y puede ser utilizada para definir un territorio o como método de defensa, aunque lo más común es que sean llamadas de apareamiento. Resulta curioso que la forma de “escucharse” sea igual de extraña, pues sus orejas se ubican en su abdómen o en sus patas anteriores. Supongo tener las orejas en las patas es una ventaja, ya que nosotros en ocasiones tenemos que poner nuestra mano sobre la oreja para agudizar nuestro sentido del oído. Aún así, no podremos escuchar a muchas especies, ya que éstas estridulan a niveles ultrasónicos e inaudibles para nosotros.

 p9070003b-copyright.jpgLo que sí recordamos todos los mexicanos son las canciones y las aventuras de quien fuera el grillo más famoso y adorado por los niños: Cri-Cri, “Un Grillito convertido en Señor”. Del mismo modo, el Chapulín Colorado es sin duda el chapulín más famoso y divertido, convertido en el super-héroe de pequeños y grandes. Faltaría mucho espacio para hablar del folklore que rodea a los saltamontes de todo el mundo, tan apreciados y en ocasiones, tan temidos. De alguna u otra forma, las diversas leyendas, historias, mitos y cuentos que existen, nos permiten tener una idea de la gran variedad e importancia de éstos insectos, quienes han formado parte de la vida espirtual, alimenticia y lúdica de los humanos a través de la historia. La próxima vez que vea un chapulín, obsérvelo respetuosamente. Disfrute con detenimiento de ese cuerpo tan extraño y perfecto antes de que decida irse “saltando como una pelota de hule”.

Me gustaría ser… ¡Un Zopilote!

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días, tuve la oportunidad de subir a la cima de una de las montañas más altas de la Sierra que rodea la Bahía de Banderas. Estando ahí, disfrutando y admirando la imponente panorámica, algo desvió mi atención. Un par de enormes y obscuras aves pasó volando apenas a unos metros por encima de mí, en un complejo ritual de vuelo que dejaba ver claramente que ambas aves tenían algo en común. Su vuelo, visto desde la cima, era simplemente espectacular y perfecto, carente de esfuerzo y lleno de libertad. Me olvidé del hermoso paisaje y me dediqué a observarlos, presenciando el exquisito momento en el que finalmente, poco antes del atardecer, ambos se posaron sobre una pequeña saliente al borde del abismo, acicalándose cariñosamente.

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Si le contara que éstas aves era una pareja de águilas reales, posiblemente me envidiaría por haber presenciado semejante regalo de la naturaleza, y estoy seguro que al contarle que era una pareja de zopilotes, su decepción y desinterés se haría patente inmediatamente. ¿Y todo porque son feos, comen carroña y se les ve por todas partes? En realidad, analizando su forma de vida, tenemos mucho qué envidiarles, comenzando porque prácticamente no tienen enemigos y porque a diferencia de muchos de nosotros, tienen una libertad absoluta. He decidido que, como propósito de inicio de año, intentaré hacerle ver en unos párrafos las bellezas y bondades de los Zopilotes (Coragyps atratus), y utilizarlos como ejemplo para que Usted, mi estimado lector, me ayude a lograr que cambiemos nuestra forma de juzgar las apariencias, y ver más allá de lo que aparentamos ser.

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Es cierto que son feos, pero es gracias a ello, y a su cabeza carente de plumas que se mantienen limpios a pesar de comer lo más desagradable y descompuesto. Ese metro y medio de envergadura es lo que les permite volar tan alto, tan lejos y con tan poco esfuerzo, para comerse lo que nadie más quiere, y por ello los aztecas los llamaban acertadamente Tzopilotl, o “El que se lleva la suciedad”. Curiosamente, son animales muy inteligentes, quienes saben elegir los mejores lugares para descansar y poder alzar el vuelo sin esfuerzo, saben seguir y vigilar discretamente a otras aves para encontrar su alimento, y saben ser fieles a su pareja. A mi parecer, su sabiduría va más allá, pues tras muchos años de mantenerse juntos, pueden por motivos que desconocemos, elegir separarse y formar otra familia, pero mantienen siempre profundos lazos con sus familias por el resto de sus vidas. Ambos padres cuidan de sus crías y les ayudan aún después de haber abandonado el nido, utilizando los sitios de descanso para mantener vivos sus lazos de amistad y confianza entre ellos. Cabe destacar además que no son aves que acostumbren molestar a sus vecinos, pues aunque son muy sociales, no son ruidosos ni escandalosos.

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Es verdad que en mi otra vida desearía ser como ellos, pero debo igualmente reconocer que nadie es perfecto, y los Zopilotes no son la excepción. Aunque su apariencia física me da igual, hay dos cosas que no admiro de ellos: Yo no practicaría la “urohidrosis”, que no significa nada más que hacerse sobre sí mismo para refrescarse en días calurosos. La segunda mala costumbre es igual de asquerosa, y aunque no me gusta nada, no descartaría utilizarla contra quienes me atacaran, sin asegurarle si sería o no capaz de acostumbrarme: Vomitar mi comida a medio digerir a quien me ataque, en un certero y rápido chorro de maloliente defensa,y luego, volverlo a comer cuando haya pasado el peligro.

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Haciendo a un lado ésos dos insignificantes aunque malolientes detalles, debo reconocer que mi mayor aliciente, eso que me hace desear tanto ser como ellos, es la libertad de volar y volar, recorriendo aquel único lugar del planeta que no conoce fronteras, viviendo mi vida sin molestar a nadie, y sin que nadie me moleste.

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Piénselo un momento: ¿Qué lado prefiere ver del Zopilote? ¿Su apariencia física o, sus hábitos de vida? Si pudiera elegir, ¿Qué animal elegiría ser en su próxima vida? Sólo recuerde antes de contestar: Si realmente queremos cambiar nuestras vidas y el mundo en que vivimos, pensemos más en lo importante y no en lo aparente y superficial.

Un Ritual al atardecer

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días tuve un sueño donde descubría que todos los animales hacían una breve pausa justo al atardecer. Sin importar dónde estuvieran, siempre lo hacían. Era algo casi imperceptible para nosotros, pero para ellos resultaba ser de vital importancia para su salud. Aquellos que por alguna razón dejaban de hacerlo, enfermaban poco a poco y perdían todo interés por vivir.

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Suelo olvidar mis sueños apenas me levanto, pero éste sueño en particular lo tengo tan claro, que me ha hecho pensar si es algo que en realidad sucede en la naturaleza, y me pregunto si de una forma u otra, los animales tendrán algún misterioso ritual para recargar sus energías al atardecer o tal vez, al amanecer. A partir de ahí, me he vuelto más observador de lo que sucede a mi alrededor y he encontrado pistas curiosas que refuerzan mis cuestionamientos, como ese pequeño y casi invisible tecolote que vive en los árboles de casa, y que todos los días sin excepción, hace un llamado muy particular justo al amanecer y justo al atardecer, mientras que el resto del día o la noche no lo he escuchado una sola vez. Las golondrinas y muchas otras aves vuelan en extrañas formaciones durante el atardecer, preparándose para posarse y descansar, pero éstas formaciones no las hacen el resto del día.

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Mi imaginación vuela y entonces reflexiono sobre qué es lo que nos pasa a los humanos cuando nos tomamos el tiempo de observar un atardecer o un amanecer. Piénselo por un momento y defina las sensaciones que se le vengan a la mente con palabras sueltas. Seguramente le ha pasado lo mismo que a mí: ¡Sólo se me ocurren sensaciones positivas! ¿Por qué será? La gente que vive en el campo o fuera de la ciudad por ejemplo, suele ser en términos muy generales, más feliz y más saludable que quienes viven en la ciudad, seguramente porque lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor tiene mucho qué ver en esta historia.

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Me pongo a pensar si en algún momento de nuestra evolución como humanos, hemos ido perdiendo ese ritual natural que los animales tienen, y que debido a ello la gran mayoría de nosotros pasamos nuestras vidas “buscando” ser felices sin darnos cuenta que la solución para encontrar el equilibrio con nosotros mismos y con la naturaleza está frente a nosotros no sólo una, sino dos veces al día. ¿No sería magnífico que pudiéramos todos dedicar tan solo unos minutos al día para hacer una pausa en nuestras actividades y reconectarnos con la naturaleza y con nuestro espíritu? A fin de cuentas, todos deberíamos de ser capaces de “regalarnos” unos minutos para renovar energías; o “recargar pilas” si quiere llamarlo así. Pareciera que en el momento en que salimos de vacaciones o en alguna escapada al parque o al aire libre, es cuando nos podemos permitir conscientemente de disfrutar de un atardecer. ¿por qué no hacerlo todos los días?

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Mi propuesta para iniciar el próximo año, mi estimado lector, es que todos hagamos el propósito de crear nuestro propio ritual de renovación y recuperación de energías. A fin de cuentas es un derecho al que hemos renunciado inconscientemente y un privilegio que la naturaleza nos ha regalado. Si está en la oficina, en casa, o en el coche conduciendo, intente parar lo que está haciendo y darse esos minutos para usted mismo. Si no puede parar o salir, intente asomarse siquiera por la ventana, estoy seguro que nuestro intento consciente de desconectar será suficiente para volvernos más receptivos y cambiar nuestro estado.

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Si sale de viaje, o de vacaciones, intente hacer algo distinto, algo que le imponga un reto y le permita romper la rutina. Tome un tour diferente, algo que pueda hacer durante el atardecer, por ejemplo. Si usted y yo, corremos la voz, poco a poco, haremos que nuestras vidas estén más equilibradas, y eso se notará. Poco a poco, seremos más quienes volvamos a conectarnos con nosotros mismos y con la naturaleza. Así que recuérdelo todos los días: Sin importar que sea por un minuto, haga siempre un ritual al atardecer.