La magia de charcos y estanques

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

En esta ocasión, he decidido dedicar estos renglones a intentar cambiar de idea a todo aquel que considera que los charcos y estanques -ya sean estacionales o permanentes- son asquerosos nidos de enfermedades y criaderos de mosquitos. Pretendo resaltar con mis palabras esa belleza misteriosa y casi mágica que un estanque -aparentemente inútil- puede llegar a tener. Simplemente hay que mirar con detenimiento lo que vive en él.

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Hace poco, me topé con una descripción bastante original y poética de lo que significa un estanque, bajo el punto de vista de un admirable naturalista, investigador y educador ambiental que murió en 1974. Marston Bates escribió: “Los estanques poseen, ante todo, la fascinación de lo minúsculo. Constituyen un mundo claramente limitado por las orillas, el fondo y la superficie; un mundo aparte que, debido a sus pequeñas dimensiones, parece fácil de comprender, describir y analizar”. Luego concluye diciendo que el misterio del estanque es algo que escapa a su comprensión, y que la superficie del agua le señala una barrera que no puede franquear, excepto con la imaginación. Lo que me resulta más sorprendente de su maravillosa descripción, es que él precisamente, se especializó en el estudio de los mosquitos como transmisores de enfermedades.

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Me pregunto si realmente comprendemos algo de ese micro-universo, o si acaso estamos conscientes de la gran diversidad de seres vivos que pueden vivir ahí y que, “misteriosamente” han ido apareciendo con el paso de los días. Algunos llegan sin querer, otros por sus propios medios, y otros como polizones de aves e insectos que inocentemente se acercan para saciar su sed. Ciertamente, los primeros animales en aparecer son las larvas de los mosquitos, que siendo acuáticas se alimentan de las algas que crecen a gran velocidad. Luego llegan otros depredadores, como las larvas de libélulas que se alimentan de las primeras, o los divertidos insectos “patinadores”, que aprovechando la tensión superficial y su poco peso, caminan grácilmente por encima de la superficie del sin temor a mojarse y mucho menos a hundirse. Luego sin pensarlo, encontramos caracoles, renacuajos, y aves alimentándose de todos ellos.

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He tenido la fortuna de vivir en muchos sitios que en mayor o menor medida me han regalado experiencias naturales sumamente gratas, incluyendo el jardín de la casa donde me crié, en donde había varios estanques de distintos tamaños y en cada uno habitaban animales distintos. Mientras vivía en Puerto Vallarta (México), descubrí que es un sitio increíblemente afortunado por su clima y por la gran riqueza de flora y fauna que aún existe alrededor. Gran parte de la ciudad está cimentada sobre zonas inundables, por lo que en la temporada lluviosa se formaban innumerables charcos, estanques y lagos por doquier. Infinidad de animales como peces, anfibios y reptiles que habían vivido enterrados, escondidos o aletargados durante la época estival, hacían su majestuosa aparición apenas caían las primeras lluvias, dando vida a estos estanques y atraían a más animales que los visitaban a diario. Desafortunadamente, todos y cada uno de estos mágicos estanques han sido cubiertos por tierra, por calles y por casas, haciendo que año tras año, sea más difícil encontrar aquellos animales que antaño daban vida y alegraban las noches con sus incansables cantos y croares.

img_8376b-copyrightRecuerdo 2 casos que me han dejado admirado de la capacidad que tienen los estanques de albergar vida a pesar de nuestra presencia, y ambos ocurrieron en plena ciudad de Puerto Vallarta. Recuerdo que durante la temporada de lluvias, un día me tocó quedar atrapado en un caos vial en plena avenida de acceso a la ciudad. Aburrido, me puse a observar el agua estancada  en el camellón central, y para mi sorpresa descubrí que había pequeños camarones de agua dulce que se alimentaban de las algas que crecían sobre el mismo concreto, y que al mismo tiempo llegaban aves a comerlos. Ahí, ajeno al interminable ir y venir de vehículos, había un pequeño oasis con mucha, mucha vida.

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En otro caso, cerca de casa había una calle de tierra poco transitada donde durante toda la temporada de lluvias brotaba agua continuamente, llevándose toda la tierra que infructuosamente colocaban las autoridades para “rellenar” el lugar. Misteriosamente, con el paso de los días aparecían peces, probablemente como resultado de los huevecillos que sus progenitores dejarían enterrados en el fondo. Estos pececitos intentaban buscarse la vida en ese concurrido charco, esquivando continuamente el paso de los coches. Un día observé ahí mismo una tortuga, que ignorando los peligros que acechaban, intentaba buscar algo qué comer, misma que me vi obligado a rescatar por el obvio peligro que corría de ser atropellada. Actualmente éste mágico sitio ya no existe, habiendo en su lugar una calle cubierta de concreto, que ha dejado bajo tierra y rocas una asombrosa historia de vida de la que fui un afortunado testigo.

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Me pregunto por qué a pesar de que desde la antigüedad los estanques han sido objeto de culto y dedicado cuidado en castillos, palacios y mansiones alrededor del mundo, nosotros que los tenemos por doquier de forma natural, y a donde la naturaleza llega sola, no valoramos y nos esmeramos en hacer desaparecer. Mi mayor deseo es que abramos nuestros sentidos y protejamos éstos pequeños oasis de vida, que además de mantener nuestro clima más húmedo, le ofrecen un hogar y alimento a un incontable número de seres vivos. Tal vez llegue el día que veamos un anuncio inmobiliario que diga así: “Vendo casa: 3 habitaciones, 2 baños, con cochera, jardín y un precioso estanque natural que cada mañana despertará sus sentidos…” Que así sea.

Chapulín: Un saltamontes muy mexicano

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Se le conoce de muchas formas en la lengua española: Normalmente se le llama saltamontes o langosta, pero también en otros países se le llega a llamar saltón, cigarrón, cara de niño o alacrán cebollero; aunque los mexicanos siempre nos referimos a éste gracioso animalito como “Chapulín”, conservando con éste nombre un interesante legado de nuestros ancestros Nahuas que poblaron Mesoamérica.

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En efecto, la palabra “Chapulín” tiene su origen en la lenga Náhuatl y proviene de la palabra “Chapoli”, que define en sí al insecto. Dado que una gran cantidad de palabras Nahuas están compuestas de más de un vocablo, existen dos traducciones de la palabra. Son igualmente curiosas, pues ambas revelan la personalidad de éstos insectos: La primera propuesta sugiere que es una palabra compuesta por el vocablo “poloa”, que significa “destructor o devorador”, mientras que la segunda propuesta (y la más aceptada) sugiere y que se compone de dos vocablos distintos: “chapa” (que significa rebotar) y “olli” (que significa hule), por lo que la traducción literal sería “insecto que salta (como una pelota de) hule”. Sea cual sea la traducción correcta, posterior a la conquista de México, y bajo la influencia del idioma español, “chapoli” fue pronunciándose poco a poco como “chapolin”, llegando en algún momento de la historia al actual nombre “Chapulín”.

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Aún así, hay que aclarar que éste nombre se utiliza para definir a cualquiera de las especies de saltamontes o langostas que habitan en México y que suman cerca de 1,000 especies. No son tantas si consideramos que en todo el planeta existen unas 22,000 especies, agrupadas en el Orden Orthoptera (que incluye también a los grillos).

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Como su nombre lo indica, si hay algo que caracteriza a los chapulines es su capacidad de saltar, de comer mucho y en particular por cantar. Saltar es algo que se les da muy bien, y según un cuento tradicional Yaqui (pueblo indígena ubicado en el Estado de Sonora), los chapulines pueden saltar una distancia equivalente a once días y medio de caminata. Para lograr ejecutar tan poderosos saltos, estiran unos ligamentos llamados “apodemas” dentro de sus enormes patas posteriores, para que en el momento necesario sean liberados y salgan despedidos a gran velocidad para escapar del peligro. Sus patas no sólo sirven para saltar. Están recubiertas de espinas que utilizarán para defenderse, y en caso de que el depredador los llegara a atrapar, son capaces de sacrificar su extremidad para salir huyendo con las patas que les quedan. Como son “hemimetábolos” (sufren de varias metamorfosis antes de llegar a adultos), repondrán la pata perdida en la siguiente muda de piel.

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Comer es algo que también hacen bien, y algunas especies pueden llegar a ser verdaderas plagas cuando se presentan condiciones ambientales muy particulares (como una sequía), reuniéndose en inmensas cantidades hasta llegar a su fase adulta, adquiriendo unas poderosas alas y dedicándose a volar grandes distancias en busca de comida, arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Afortunadamente esto es un fenómeno que ocurre en raras ocasiones, y si no fuera por sus cantos podrían perectamente pasar desapercibidos ante nuestros ojos.

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En realidad, los cantos no debrían ser llamados así porque ni los chapulines ni los grillos tienen voz. Los sonidos que producen son generados por el movimiento y fricción de alguna parte de su cuerpo, generalmente sus patas posteriores, su primer par de alas, sus antenas o alguna combinación de éstas, por lo que la palabra correcta para defiir los sonidos que producen es “estridular”. La estridulación es distinta para cada especie, y puede ser utilizada para definir un territorio o como método de defensa, aunque lo más común es que sean llamadas de apareamiento. Resulta curioso que la forma de “escucharse” sea igual de extraña, pues sus orejas se ubican en su abdómen o en sus patas anteriores. Supongo tener las orejas en las patas es una ventaja, ya que nosotros en ocasiones tenemos que poner nuestra mano sobre la oreja para agudizar nuestro sentido del oído. Aún así, no podremos escuchar a muchas especies, ya que éstas estridulan a niveles ultrasónicos e inaudibles para nosotros.

 p9070003b-copyright.jpgLo que sí recordamos todos los mexicanos son las canciones y las aventuras de quien fuera el grillo más famoso y adorado por los niños: Cri-Cri, “Un Grillito convertido en Señor”. Del mismo modo, el Chapulín Colorado es sin duda el chapulín más famoso y divertido, convertido en el super-héroe de pequeños y grandes. Faltaría mucho espacio para hablar del folklore que rodea a los saltamontes de todo el mundo, tan apreciados y en ocasiones, tan temidos. De alguna u otra forma, las diversas leyendas, historias, mitos y cuentos que existen, nos permiten tener una idea de la gran variedad e importancia de éstos insectos, quienes han formado parte de la vida espirtual, alimenticia y lúdica de los humanos a través de la historia. La próxima vez que vea un chapulín, obsérvelo respetuosamente. Disfrute con detenimiento de ese cuerpo tan extraño y perfecto antes de que decida irse “saltando como una pelota de hule”.

Conquistando la Tierra: Cactus y Suculentas

img_1787a-copyrightTexto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Aunque “los Cactus” son los más famosos, son tan solo una de 9 familias de plantas denominadas “Suculentas” y, que aunque algunas no están emparentadas entre sí y provienen de un linaje distinto, todas presentan la misma característica: La capacidad de sobrevivir a condiciones extremas de temperatura y a la poca disponibilidad de agua, engrosándose por dentro para almacenar agua. Su resistencia y adaptabilidad les permite estar presentes en prácticamente todos los rincones del planeta, desde las zonas tropicales hasta las zonas boreales.

img_0861a-copyright Las hay de todos tamaños y formas, desde ser tan pequeñas que parecen una piedrecita oculta en el suelo, hasta verdaderos árboles que dan una envidiable sombra. Todas ellas han evolucionado separadamente en casi todos los rincones del planeta, a través de un fenómeno conocido como “evolución convergente”, donde las condiciones geográficas y climáticas les han obligado a adaptarse de la mejor forma posible a su ambiente, obteniendo formas o características muy similares. Es como comparar a peces con ballenas, o aves con murciélagos: Ambos pares comparten el mismo hábitat, pero cada uno es a su vez muy diferente tanto “por dentro” como “por fuera”.

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Las espinas, arma y cobijo de una frágil planta

Las suculentas guardan importantes reservas de agua y nutrientes dentro de sí, y han perdido sus hojas como una estrategia para evitar secarse. En algunas especies las hojas están tan modificadas que parecen ser las mismas ramas de la planta, mientras que en otros casos se han convertido en espinas como en el caso de las cactáceas. Son sin duda su mejor arma para defenderse, al propiciar dolorosas heridas a quienes intentan morderlas o cortarlas. Sin embargo, en muchas especies las espinas tienen otra función de vital importancia: Dar sombra a su cuerpo carnoso y evitar el sobrecalentamiento por el sol abrasador. Sin embargo su adaptación va mas allá, pues cuando hay disponibilidad de agua (como en la temporada de lluvias) algunas suculentas pueden producir verdaderas hojas temporales para acelerar su crecimiento, y su cuerpo además (por así llamar al tallo de la planta), es capaz de engrosar rápidamente al funcionar como una “esponja” y almacenar así la mayor cantidad de agua posible. Es por eso que tras un largo período de sequía su tamaño y volúmen es mucho menor que el que tenían durante la última temporada de lluvias, que pudo ocurrir meses, años o incluso décadas atrás.

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Cada vez son más los aficionados a este tipo de plantas, cultivándolas con fervor, y confieso que me incluyo en su “lista de fans”. En cierta época del año florecen de una forma exhuberante y colorida, como una “fiesta en grande” tras una larga época de austeridad que puede superar los 10 años. Es tal su entrega a la floración que, algunas especies como los agaves y magueyes, mueren después, al agotar sus reservas de energía. La mayoría de las flores y frutos están específicamente destinados a “llamar la atención” de sus propios polinizadores o de sus dispersores de semillas, ya sea con colores u olores llamativos, coordinándose en algunos casos con la migración de murciélagos, o la presencia temporal de mamíferos o aves. Eso sí, sólo entregarán lo que quieren dar, por lo que si algún animal quiere “pasarse de listo”, descubrirá que todo lo que no son flores o frutos, incluyendo sus enormes reservas de agua están protegidas por una sustancia lechosa de sabor desagradable, que además les permite “sellar” sus heridas con gran rapidez.

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Por sus características, éstas plantas han sido aprovechadas por los humanos desde nuestros orígenes como sociedad. En el caso de las cactáceas, originarias del Continente Americano, probablemente el mejor ejemplo sean los nopales y los agaves, de los cuales existen pruebas arqueológicas que dan fe de la importancia de éstas plantas desde los orígenes de nuestra cultura, ya sea como alimento (como el nopal o la tuna), como materia prima (para obtener fibras o madera), en la medicina (como el aloe), como herramienta (utilizando las espinas como anzuelos), como arma (utilizando las espinas o un conjunto de ellas), como muros (sembrando barreras espinosas impenetrables) o para alterar los sentidos (el peyote). Además de haber conquistado el planeta, tambien han conquistado nuestros sentidos al utilizarlas como plantas de ornato, y por qué no decirlo, también nuestros paladares, al ofrecernos manjares dignos de reyes, y su delicada esencia líquida en forma de un delicioso tequila.

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Estas plantas conquistaron nuestros corazones, y al decir corazones me refiero al más sincero y desinteresado aprecio que tenemos hacia éstas plantas. No es casualidad que las suculentas sean comunes pobladores de nuestros balcones y terrazas, pues hasta el que tiene poco tiempo para atenderlas puede sentirse todo un experto cuidador. A su vez existen otras que son sólo dignas de un especialista, representando un verdadero reto por la gran cantidad de cuidados que requieren. Creo que es la admiración que nos causa su modesta forma de vida y a la vez su sobervia apariencia, lo que hace que hasta el corazón más duro, y el corazón más frío detenga su palpitar al ver sus caprichosas formas, al olfatear su aroma y al tocarlas con suavidad. Tal vez sea que nos identificamos con ellas de alguna manera: Algunos somos discretos y conservadores, mientras que otros preferimos llamar la atención. Algunos tenemos espinas para defendernos, y otros entregamos nuestra vida misma para asegurarle la vida a nuestros descendientes. ¿Y Usted, con qué suculenta se identifica?

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Orugas: fascinantemente extrañas

img_8076b-copyrightTexto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Cuando el médico me dio su diagnóstico, por un momento me quedé pasmado: “Usted sufre de pápulas eritemato-edematosas muy pruriginosas de características evanescentes”. Dicho en palabras mundanas, tenía muchas ronchas en el brazo y me daban una comezón incontrolable, causadas por la picadura de una oruga que rocé accidentalmente mientras caminaba en la selva. Se trataba de una de aquellas orugas “peludas” de las que todos procuramos mantenernos alejados y que acertadamente son conocidas como “gusanos quemadores”. Mientras las mariposas figuran entre los seres más bellos y simpáticos de la naturaleza, sus formas inmaduras, conocidas comúnmente como orugas o gusanos, son todo menos apreciadas o admiradas. Con algunas excepciones, se les considera una plaga o al menos se les señala como seres indeseados debido a su voracidad al alimentarse de las plantas, sin ningún otro interés aparente. Cuando mi esposa se enteró que pretendía escribir sobre las orugas, insistió que no lo hiciera porque las considera “soberanamente aburridas y poco interesantes”, al grado de utilizar el término “orugante” para definir el aburrimiento máximo.

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Probablemente tenga razón, pero a mí me parecen fascinantes por esa gran variedad de formas, colores y hábitos tan variados, pero sobre todo por esa vida secreta que llevan por dentro y que llegada su hora les permitirá transformarse en unos hermosos seres de alas multicolores y tornasoladas que tanto admiramos. Por ello las mariposas y polillas, en su etapa de regordetes juveniles, merecen ser apreciadas desde un punto de vista diferente al tradicional. ¿Sabía, por ejemplo, que algunas orugas llegan a crecer hasta 20 veces su tamaño al nacer, consumiendo hasta 27 mil veces su propio peso, y que hay orugas cazadoras-carnívoras que devoran otros insectos?, ¿Sabía que su cuerpo tiene 3 secciones como cualquier insecto: cabeza, tórax y abdomen, aunque por su gordura aparentan tener sólo un un abdomen con cabeza? A diferencia de los 5 ojos y las 6 patas que tienen todos los insectos, las orugas tienen 12 ojos y 16 patas, de los cuales los 7 ojos y las 10 patas sobrantes desaparecerán al convertirse en adultos.

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Durante el tiempo que viven como orugas (alrededor de 4 semanas) sólo tienen que preocuparse por comer, y como crecen tan rápido deben “mudar” de piel cada semana, pudiendo cambiar radicalmente su forma y color en cada muda, debido en parte a su vulnerabilidad y a lo apetitosas que pueden llegar a ser para sus depredadores. Para protegerse han tenido que desarrollar técnicas de defensa y camuflaje extremadamente originales, que van desde aparentar ser un excremento de ave (que por cierto lo hacen muy bien), o construirse una “concha protectora” hecha a base de seda y trocitos de madera, hasta simular ser un palo seco. Algunas en cambio han desarrollado llamativos colores de advertencia o emiten un olor sumamente desagradable cuando se les molesta, y muchas otras se han cubierto con espinas tóxicas para volverse “intocables”. Y hablando de ésas orugas cubiertas de pelitos irritantes, la reacción física ocasionada por su picadura se define con el término médico de “erucismo”, que proviene del latín eruca (polilla), ya que la mayoría de las larvas de polilla los tienen, y mi consejo es mejor no tocarlas.

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En cuanto a la cuestión de si las orugas son interesantes o no para la ciencia, resultan ser de mayor utilidad de lo que podría esperarse, ya que tienen un interés sorprendente, principalmente médico y veterinario. Esto es en gran parte gracias a que absorben los componentes de las plantas de las que se alimentan, que los científicos pueden detectar mediante técnicas tan originales como estudiar a las orugas mismas o analizar sus “caquitas”. Por ejemplo, se están investigando las propiedades de una oruga que vive bajo tierra en el Tíbet y que se cree podría contribuir a la creación de nuevos medicamentos para el asma, la diabetes, la artritis reumatoide, las enfermedades cardiovasculares y hasta el cáncer, gracias a su aparente capacidad de mejorar el sistema inmunitario.

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Para terminar con éste pequeño tributo a las orugas mencionaré al gusano de seda (Bombyx mori), probablemente la oruga más famosa de la historia y creadora de magníficos ropajes que han vestido al ser humano desde hace más de 5,500 años. Antes de convertirse en polilla y para protegerse del clima y de sus depredadores, teje alrededor de sí mismo su capullo con un único hilo de hasta 900 metros de largo, que luego es hilado cuidadosamente por los artesanos. Estudiando al gusano de seda se descubrieron unas hormonas que regulan el desarrollo de los insectos, lo que ha permitido la creación de insecticidas de nueva generación, mucho menos agresivos y tóxicos para el medio ambiente y el ser humano, que actualmente se utilizan ampliamente en animales de granja y algunas mascotas para el control de numerosos parásitos externos como garrapatas, pulgas, etc.

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Orugas y gusanos los hay por doquier, tanto buenos como malos, y lo mismo ocurre con las personas. Como se que es muy probable que no cambie de parecer respecto a las orugas, cito al libro -El Principito-, que dice: “Tendré que soportar dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas”. Esto significa, en sentido figurado, que como ocurre con las personas desagradables, no nos queda más que aguantarlas, pues a final de cuentas, después de las orugas llegarán las mariposas.

¡Que vivan los Hongos!

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Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena, Fotografías por Ricardo Nieto y Oscar Aranda.

La mayor parte del tiempo resultan inadvertidos por la mayoría de nosotros, excepto cuando compramos sus frutos para cocinar, o cuando descubrimos en nuestro refrigerador una olvidada, desagradable y colorida masa esponjosa que en algún momento era un delicioso manjar. De todas formas están siempre por doquier, viviendo discretamente sobre las plantas, nuestra comida, muebles, ropa y hasta en nuestro cuerpo. De hecho, para que se haga una idea de su diversidad, se estima que existen alrededor de 1.5 millones de especies de hongos en el mundo, de las cuales el 95% de ellas permanecen sin describir, y por ende sin conocer sus posibles propiedades.

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Cuando las lluvias han sido lo suficientemente abundantes para permitir que la tierra se mantenga húmeda, es la mejor época para darnos cuenta que los hongos están en cualquier parte, siendo sus frutos los que permiten que éstos misteriosos organismos perduren y se reproduzcan. Como el Reino Fungi es bastante particular, realizaremos un corto recorrido por sus partes y cómo funcionan. Para empezar, no están emparentados con las plantas. Los hongos o setas son en realidad los frutos, en los que las esporas equivalen a sus semillas. Los organismos que producen éstos frutos son conocidos como micelios; masas de textura algodonosa cuyos cuerpos son formados por un complejo sistema de filamentos que se fijan a un sustrato a través de las hifas (que equivalen a las raíces de las plantas) y se extienden por el suelo o cualquier tipo de materia orgánica. Para alimentarse, las hifas liberan enzimas sobre el sustrato en el que se encuentran, descomponiéndolas o modificándolas para facilitar la absorción de sus nutrientes.

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Es así como los llamados hongos son parte esencial del planeta Tierra, participando directamente en los procesos de formación de los suelos y el flujo de nutrientes, pero sobre todo, los elementos que permiten que los bosques, y en particular los árboles, puedan absorber los nutrientes necesarios para sobrevivir, a través de las micorrizas, que no son otra cosas que una asociación de los hongos con las raíces de los árboles. Sin ellos además, no tendríamos la cerveza, ni el vino, ni el pan, ni los quesos… todo gracias a unos hongos microscópicos conocidos como levaduras, tampoco tendríamos antibióticos, y ni siquiera mencionaré su importancia cultural, que sin ellos éste mundo no sería el mismo.

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Pero haciendo a un lado sus maravillosas funciones, hablaremos de la increíble diversidad de hongos que podemos encontrar en nuestros jardines, árboles, selvas y bosques. Tal vez lo primero que viene a nuestra mente es aquel hongo con forma de sombrilla color rojo intenso, espolvoreado con motitas blancas en su parte superior, mismo al que ni siquiera nos atrevemos a tocar porque siempre se nos ha dicho que es venenoso y mortal con apenas tocarlo. Se trata de un hongo llamado Amanita muscaria común en los bosques de pino y, contrario a lo que se cree, si se le consume puede ocasionar trastornos intestinales y alteraciones nerviosas, pero nada más. De hecho, hay muchos invertebrados que lo comen como parte de su dieta natural. Su nombre científico se refiere al poder que tiene de atraer a las moscas, y al igual que muchos tipos de hongos con poderes alucinógenos, es muy utilizado en rituales chamánicos por pueblos indígenas de muchas partes del mundo.

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Otros hongos muy comunes en las ciudades son los que crecen en la madera de los árboles y palos, conocidos como “orejas de palo”. Tienen forma de repisa y algunas especies pueden alcanzar un considerable tamaño. Aunque no son comestibles y a pesar de su feo aspecto, son especies de gran utilidad para el medio ambiente, ayudando a degradar la madera muerta, facilitando a los insectos su colonización.

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Si bien estamos acostumbrados a consumir los famosos champiñones o las setas que se venden en el supermercado, existe una gran cantidad de hongos comestibles, pero como es difícil distinguir entre los comestibles, no comestibles y tóxicos, le recomiendo que se limite a comprar los que se le venden en el mercado y no colectar lo que se encuentre en el bosque. Los hay de gran variedad de sabores y aromas exóticos, así que le recomiendo que visite su mercado local y pruebe aquellas especies poco comerciales.

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Así como ocurre con las plantas, insectos y animales, también existen hongos que en algún momento pueden ser perjudiciales para la industria, para el medio ambiente o para nuestra salud, por lo que la higiene y vivir en lugares ventilados son nuestros mejores escudo para evitar que nos causen problemas. Me gusta pensar que aunque algunos los padecemos, también los disfrutamos, y mucho. No sólo gastronómicamente, sino visualmente y ambientalmente. No se olvide que aunque no los vemos, siempre están ahí, formando parte de nuestras vidas y de nuestro planeta. ¡Que vivan los hongos!

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¡Una mosca en mi sopa!

 

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Uno de los más comunes y desagradables insectos es también un compañero obligado de nuestra vida diaria. Por más que nos esforcemos en evitarlo, siempre habrá una mosca rondando nuestros alimentos, dispuesta a retar nuestra capacidad de eliminarla, anticipándose a nuestros movimientos… He aquí la verdad sobre las moscas caseras.

Moscas para todos los disgustos

Las hay negras, verdes o azules; pequeñas, medianas y grandes; y cada una de ellas tiene preferencias por alimentarse desde las sustancias más puras y dulces hasta las carnes más pútridas y las heces fecales. Lo cierto es que hay más tipos de moscas que de mamíferos en el mundo, ya que en sí, la palabra “mosca” incluye a todos los bichos de dos alas. Para nosotros, en la vida diaria, ésta palabra se utiliza para describir a poco más de 30 especies, con las que estamos obligados a convivir desde el momento de nuestro nacimiento, pues aunque algunos lo nieguen, hasta en la casa más limpia existen moscas.

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Moscas con buen “gusto”

Con un excelente sentido del olfato, no pasan unos minutos para que alguna mosca llegue a posarse por igual en un plato de comida recién cocinada como en un animal muerto, pues contrario a lo que se cree, las moscas se sienten igualmente atraídas por alimentos frescos, sean cocidos o crudos. Para nuestra desgracia, son los animales más rápidos en encontrar su comida, así que por hambre no sufrirán.

Una de las cualidades de las moscas es su desarrollado sentido del gusto, ya que perciben el sabor no solamente con la boca, sino también con la punta de las patas. Una mosca que está paseándose por nuestra mesa a la hora de la comida, se da cuenta inmediatamente si camina sobre una mancha de algo dulce simplemente con pisarla; lo que es muy conveniente para un bicho acostumbrado a recoger su alimento del suelo.

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Venciendo al matamoscas

¿Cuánta rabia no has sentido al intentar matar una mosca y observar cómo ésta escapa tranquilamente? Pareciera que éstas pueden “leer” nuestras mentes, anticipándose a nuestros movimientos, lo que no está muy lejos de la realidad. Una mosca tiene un sistema nervioso altamente sofisticado, que le permite reaccionar a nuestros movimientos, prácticamente en el mismo momento que los iniciamos.

Sus ojos se cuentan como unos de los más complejos del mundo de los insectos, compuestos por múltiples lentes individuales, con visión periférica. Además, sus cuerpos están cubiertos por pequeños pelos sensibles a la presión, los cuales les permiten saber exactamente de dónde viene la amenaza. La combinación de éstas cualidades les permiten ajustar la posición de sus patas y “establecer” una ruta de escape, todo en apenas 200 milisegundos, mucho antes que seamos concientes de su audaz huida.

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Tecnología del vuelo

Una de las razones por las que las moscas son tan buenas voladoras es el diseño de sus alas, que ha inspirado a los ingenieros de la aeronáutica y podríamos llamar perfectamente una tecnología de “vuelo de mosca”. Contando en realidad con 2 pares de alas, sólo un par es visible, ya que el otro par es muy pequeño y se ha modificado en órganos estabilizadores de vuelo, denominados balancines. Si imaginamos el movimiento de las alas (de arriba hacia abajo), éstas al moverse forzarían al resto de su cuerpo a moverse en sentido contrario, como ocurre con las mariposas al volar. Dichos balancines se mueven simultáneamente y de forma contraria, manteniendo el cuerpo de la mosca estable y fijo, lo que es comparable al movimiento de nuestros brazos al caminar (intenta caminar sin moverlos y verás lo que sucede).

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Amigas y villanas

Consideradas plagas indeseables por transmitir gran cantidad de enfermedades a los humanos y su asombrosa rapidez para multiplicarse (una mosca adulta puede depositar hasta 500 huevos en su vida -que dura un par de semanas-, y cada uno de sus huevos completar su ciclo vital en unos pocos días), la realidad es que el planeta no funcionaría sin estos indeseados bichos.

Encargadas del reciclaje de los desechos de origen animal y vegetal, su trabajo resulta ser un proceso esencial para la permanencia de la vida en la tierra, al eliminar los cadáveres y la materia en descomposición en cuestión de días, devolviéndolos en forma de nutrientes a la tierra. Son también necesarias como alimento de una incontable cantidad de aves, anfibios y reptiles, murciélagos, arañas e insectos, y en realidad tienen también una participación importante en el proceso de polinización de las flores.

¿Vivir con ellas, o sin ellas? He ahí el dilema… Sin las moscas, nuestro mundo estaría hundido en un mar de desechos pestilentes, enfermedades y plagas mucho peores que las mismas moscas.

¡Propongo un brindis por las moscas, y una plegaria para que no entren a nuestras casas y nos dejen en paz!

 

El Pulpo, único e inspirador

P8190016a copyright.jpgTexto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Yo era una persona que adoraba comer pulpo y su sabor me encantaba, hasta que tuve la oportunidad de encontrarme cara a cara con uno, en su hábitat libre, e interactuar con él. A partir de entonces no lo he vuelto a probar, y no sería capaz de volverme a comer a un ser tan inteligente e incomprendido como él.

Nuestro encuentro ocurrió hace ya mucho tiempo, mientras hacía un censo de fauna marina, a unos 15 metros bajo la superficie, en las Islas Marietas. Buscaba unos pequeños peces que viven en el interior de conchas vacías, cuando de pronto me topé de frente con un pulpo (Octopus sp.), escondido tímidamente en una cavidad. Como había muchas corrientes, me había sostenido de una roca y no lo habría visto si no fuera porque intentó robarme el lápiz con el que tomaba notas. Era tal su curiosidad que decidió dejar su guarida para salir a examinar mi tableta de PVC y el lápiz que tenía atado a ella. Quedé tan sorprendido de su capacidad para manipular el lápiz, y de su fuerza con la que tiraba que pasaron varios minutos que dediqué segundo a segundo, a disfrutar y jugar con él. Fue muy divertido, aunque debo reconocer que me costó recuperar mi lápiz, y por supuesto la concentración, ya que no podía olvidar su mirada inquisitiva, como de un ser consciente de sí mismo y de su alrededor. Desde entonces me quedó muy claro que los pulpos son más inteligentes de lo que creemos, y me di a la tarea de investigar más sobre ellos. Mientras más leía más descubría que así como yo, había muchas personas, incluyendo científicos que quedaban cautivados e igualmente intrigados por cómo un molusco podría ser capaz de realizar acciones tan complejas, equivalentes a las que realiza un chimpancé o un delfín.

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¿Cómo puede ser que un animal invertebrado pariente de caracoles y almejas pueda tener tal inteligencia? La repuesta no ha sido nada sencilla, y los científicos se han topado con un animal necio al que no le gusta cooperar. Sabotea las pruebas y escapa de su confinamiento, llevando al límite la paciencia de quienes intentan estudiarlo. Al parecer, el problema radica en que no puede ser estudiado a través de métodos convencionales, ni tampoco puede ser interpretado con los mismos fundamentos que se utilizan en otros animales, ya que su inteligencia (el procesamiento de sus pensamientos) se lleva a cabo de una forma totalmente distinta a la nuestra, pues además de tener una historia evolutiva de más de 500 millones de años, posee el cerebro más grande de todos los invertebrados (y de algunos peces y anfibios), y dos terceras partes de su sistema nervioso se encuentran situadas en sus tentáculos.

Aristóteles, el padre de la biología calificó a éste cefalópodo como “una criatura estúpida”, cosa que no me sorprende considerando el escaso conocimiento que se tenía en aquel entonces sobre la inteligencia de los seres vivos, hace unos 2,360 años. Ahora en cambio, se sabe que la organización de su sistema nervioso es más sofisticada que en otros animales, ya que en el pulpo se realiza el procesamiento de la información de forma paralela entre su cerebro y sus tentáculos, lo que significa que sus tentáculos pueden hacer ciertas tareas mientras su cerebro se concentra en otras. Actualmente se ha concluido que los pulpos pueden ser zurdos o diestros, prefiriendo utilizar alguno de sus dos ojos para centrar su atención, siendo capaces de utilizar herramientas, tal como lo hace un reducido número de vertebrados, y tienen la asombrosa capacidad de recordar y aprender, aplicando sus experiencias anteriores para resolver nuevas tareas.

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¿Era acaso, el pulpo que conocí, capaz de reconocerme? Ahora se sabe que sí, que son capaces de identificarnos como individuos, y aquellos pulpos que conviven regularmente con seres humanos se comportan de forma distinta entre aquellos en quienes confían y los desconocidos. ¡Hay tanto que aprender de ellos! Nosotros somos los más inteligentes en el mundo de los vertebrados, y sin duda los pulpos son nuestro equivalente en el mundo de los invertebrados. Probablemente no exista otro animal tan distinto a nosotros y a la vez tan parecido, y es una lastima que éstos increíbles animales sean vistos sólo como una fuente de alimento.

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Finalmente, vale la pena reflexionar sobre el futuro de los pulpos, que desafortunadamente no es muy prometedor. En primer lugar, y como ocurre con las pesquerías en general, sus poblaciones están sobreexplotadas en todo el mundo. En segundo lugar, porque tienen sangre azul, que es otra de sus rarezas. A diferencia de la sangre humana rica en hierro, la de los pulpos está hecha a base de cobre, que es más eficiente en el transporte de oxígeno cuando la temperatura del agua es muy baja y no hay mucho oxígeno alrededor. Desafortunadamente, ésta curiosidad los hace extremadamente sensibles a los cambios en la acidez del agua, ya que en aguas más ácidas no son capaces de asimilar el oxígeno y mueren asfixiados. Una de las consecuencias del cambio climático es la acidificación oceánica que va en constante aumento, lo que pone su futuro en riesgo. A veces no basta la inteligencia para sobrevivir, y no me refiero a los pulpos. Tal como les puede ocurrir a ellos, tarde o temprano también nos ocurrirá a nosotros. Irónico, ¿no lo cree?