La Madre Naturaleza: ¿Sobreviviendo a los humanos?

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Abrumados por tantas noticias y publicidad engañosa que hacen un equivocado uso del medio ambiente, la ecología y el cambio climático, me he topado con el problema de cómo hablar sobre la naturaleza y el hombre sin que el lector pierda interés. Y es que desafortunadamente, en general éste es un tema que llega a oídos sordos, y tal vez sea  porque no lo sabemos expresar correctamente.

Entendiendo el problema

Tal vez el problema está en que quienes hablamos de la problemática que existe entre los seres humanos y el medio ambiente, nos olvidamos totalmente que vivimos en un planeta tan dinámico, es decir, que -con o sin nosotros- el planeta sigue girando. Tal vez por ello sea tan sencillo ignorar las dificultades ambientales con las que nos encontramos diariamente y decidimos seguir con nuestras vidas como si nada sucediera, pues de cualquier forma, la naturaleza sigue su curso a pesar de lo que hagamos, para bien o para mal.

Ahí radica el problema, pues ese mundo al que estamos acostumbrados tiene características que han sido moldeadas a lo largo de miles de millones de años, a través de fenómenos naturales extremos como los sismos, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones, la erosión causada por el viento y el agua, así como por la actividad de los mismos seres vivos. Considerando lo inteligentes que somos como especie, es difícil entender el por qué olvidamos tan fácilmente que los cambios climáticos y los fenómenos extremos son parte natural de la vida del planeta.

Hace poco tuve una interesante discusión con mi padre, hablando del sombrío futuro que nos espera, y justo ese fue su argumento que me hizo reflexionar: siempre han habido desastres naturales catastróficos, pero son tan poco frecuentes que los olvidamos fácilmente. En 1556 por ejemplo, hubo un gran terremoto que mató a más de 830 mil personas, y otro más mató a 600 mil en 1976, y nadie los recuerda. En 2004 murieron cerca de 230 mil personas a causa de un tsunami. La pregunta obligada es, ¿hemos cambiado en algo nuestra forma de vivir? Aún seguimos construyendo nuestras casas en las orillas de los ríos, de las playas y en zonas de alta sismicidad.

Es así como llego a la conclusión del porqué no hacemos nada para remediar los daños que le causamos al planeta, pues dada nuestra egoísta naturaleza humana, poco nos importa escuchar que “estamos consumiendo el planeta”, cuando en realidad estamos firmando nuestra sentencia de muerte al acabar con los recursos que nos mantienen vivos. Efectivamente, el planeta tierra seguirá aquí, y como toda acción tiene una reacción, el planeta sufrirá los cambios necesarios para alcanzar una nueva estabilidad, donde seguramente no figuraremos nosotros como especie. Gracias a la desaparición de los dinosaurios (debido a una catástrofe natural), los mamíferos pudimos evolucionar en lo que somos ahora. Cuando nuestra especie desaparezca finalmente de la faz de la tierra, tal vez los insectos evolucionen, y tras miles de años habrá otra nueva especie que pueble el planeta como lo hacemos ahora.

Sobreviviendo a la naturaleza

Vale la pena que recordemos lo indefensos que somos ante las fuerzas naturales, como puede ser un gran terremoto, una sequía o una epidemia a gran escala. Creo que debemos preocuparnos por salvarnos a nosotros mismos, y haciéndolo adecuadamente todo lo demás tomará su lugar. Si usted, estimado lector ha llegado hasta éste último párrafo, no me queda más que felicitarlo, pues ha superado uno de los grandes defectos que nos caracterizan: la indiferencia.

No es necesario ser un sabio para saber que algo malo está sucediendo. El mundo está sometido a fenómenos naturales extremos, cuyos efectos se van a anticipar gracias a nuestra forma de aprovecharnos de la naturaleza. Es una gran presión que se acumula y que tarde o temprano estallará. No hay nada de malo en reconocer que las dinámicas naturales del mundo NO están en nuestras manos. Al reconocerlo, estaremos un paso adelante para poder interpretar todas esas señales silenciosas que la naturaleza nos da constantemente y que nos dice: “ten cuidado”. Debemos entender que si no podemos ser la solución, igualmente no debemos ser parte del problema. Acciones sencillas que nos permitan aligerar el peso para que la naturaleza siga su curso. Planta un árbol y cuídalo el resto de tu vida, respeta la naturaleza y sobre todo, ¡sé feliz!

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Naturaleza Urbana: ¿una paradoja?


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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Si nos apegamos a la historia del desarrollo de la humanidad, pareciera que nuestro objetivo es luchar contra la naturaleza, y más allá de conocer las leyes que la rigen, buscamos trascender y usarlas para nuestro propio provecho.

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Según el catedrático español José Fariña Tojo, las ciudades se originaron como lugares para defendernos de los animales, de las inclemencias del tiempo y de los desastres que no éramos capaces de controlar. Parecía que en primera instancia las ciudades funcionaban, pues la humanidad se reunía y encerraba en lugares muy específicos.

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La fundación de una ciudad implicaba un profundo conocimiento del entorno natural, donde se consideraba la disponibilidad de agua, el tipo de suelo, el clima y la vegetación, pero a medida que la población ha crecido exponencialmente, las prioridades han cambiado: las áreas naturales son eliminadas paulatinamente, dando lugar a calles y concreto que mucho han modificado las condiciones climáticas tan favorables de antaño.

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Parece que nuestras autoridades -y nosotros mismos- hemos olvidado por completo la importancia y los beneficios que las áreas verdes nos otorgan tanto física como mentalmente, sin importar su tamaño. Con el levantamiento de muros de concreto y calles por doquier, cada vez los seres humanos nos hacemos más ajenos de la naturaleza a la que pertenecemos, llegando al grado de asustarnos por la presencia de un insecto en nuestro hogar.

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Un jardín, un parque, un espacio verde en una ciudad de concreto nos hace sentirnos más relajados, funcionando como un vínculo sicológico con la naturaleza y el campo. Basta un pequeño número de árboles y plantas para suavizar lo que sin ellos sería un entorno totalmente edificado y artificial. Además de ser un beneficio al que todos los habitantes tenemos derecho, las áreas verdes son un importante medio de control de temperatura y humedad, creando un clima más estable y cómodo.

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Basta circular por una zona sin edificar a las orillas de la ciudad para darse cuenta de cómo la temperatura es más agradable, con una variación inclusive de varios grados de temperatura. Así de sencillo, la creación de áreas verdes contribuye enormemente al mejoramiento del clima, así como combatir y dispersar las concentraciones de contaminantes que genera la ciudad, como son los gases emitidos por nuestros vehículos.

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Pero, ¿por qué debemos “crear” áreas verdes donde antes ya lo eran de forma natural?, ¿Por qué al crecer las ciudades no se planifica respetando zonas naturales y en su lugar se prefiere “tumbar” para luego plantar unos pocos árboles que con penurias sobrevivirán? He ahí la paradoja, una contradicción entre la naturaleza y la ciudad, el desarrollo y la conservación. No es lo mismo decir “la naturaleza en la ciudad”, que “una ciudad en la naturaleza”, y en las manos de todos nosotros está el lograr romper la paradoja.

La paradoja, por definirlo de otra manera, está en nuestra tendencia de aislarnos y distanciarnos de la naturaleza, viviendo en un mundo donde es muy difícil para nosotros percibir la dependencia que tenemos de la tierra, sin siquiera enterarnos del origen de los productos y materiales que consumimos. ¿Y cómo romperemos la paradoja? Se trata de construir un nuevo tipo de relaciones entre la naturaleza y lo urbano, valorando las repercusiones que las actividades urbanas tienen sobre el entorno y buscando una interrelación más armoniosa entre ellos. Los valores más básicos del ser humano deberán ser la mejor herramienta para cambiar nuestra forma de ver el planeta y lo que estamos haciendo de él, pero para cambiar el mundo debemos comenzar por nuestras casas y nuestras ciudades.

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Nunca olvide que la inteligencia y la conciencia humana pueden hacer milagros, pero éstas deben ser estimuladas para crear resultados. Ese gran valor que existe en cada uno de nosotros, donde muy en nuestro interior nos preocupamos por nuestros hijos, sus derechos, sus esperanzas y su futuro, es lo que puede crear un sentido de responsabilidad personal: Debemos aprovechar lo que tenemos a la mano, pues no basta una excursión de fin de semana para sensibilizarnos, y es ahí donde el milagro comienza: La naturaleza urbana, esos pequeños parches de vida que existen en la ciudad, son un elemento clave para valorar nuestro entorno y reconectarnos.

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Mi consejo es que la próxima vez que tenga un momento de tranquilidad en un parque o plaza, abra sus ojos y su mente: Disfrute de esa pareja de tortolitas descansando cariñosamente sobre el tendido eléctrico; cierre a continuación sus ojos y escuche los sonidos de la vida a su alrededor. Finalmente abra su corazón y dígase a sí mismo: Por mi bien y el de mi familia ¡Basta de vivir a costa de la naturaleza!

Cultivando la capacidad de asombro

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena.

Hace un tiempo, se me ocurrió hablar sobre la empatía como una herramienta que tenemos a nuestra disposición para hacer de nuestro mundo un mejor hogar.

La empatía es un sentimiento maravilloso que nos permite comprender las emociones de los otros y vivirlas como propias. Es una herencia evolutiva que compartimos con los mamíferos, aves -y estoy seguro que también con el resto de los animales-. Desafortunadamente, a lo largo de nuestra vida -una vida que a veces no es nada fácil de llevar-, nos vemos obligados a protegernos o a aislar nuestra mente de lo que vemos alrededor, en un acto de “autoprotección y supervivencia”, haciéndonos menos sensibles al dolor y las injusticias que hay a nuestro alrededor. Vivir en la ciudad nos hace “desconectarnos” de la naturaleza, olvidándonos de ese profundo enlace que existe entre nosotros y el planeta en que vivimos. El cierre de nuestros sentidos a las sensaciones provocadas por el mundo natural, ocasiona que fácilmente nos adaptemos -o nos acostumbremos- al deterioro ecológico, sin apenas percibirlo.

Es asombrosa la capacidad que la naturaleza tiene para revertir los daños que le causamos, y sin embargo, no nos asombramos: Hemos perdido nuestra capacidad de asombro porque hemos olvidado lo que realmente importa, lo que da sentido a nuestra existencia y nos permite trascender.

Los filósofos Platón y Aristóteles plantearon que la capacidad de asombro no es otra cosa que la admiración y la extrañeza que siente el hombre ante la realidad que lo rodea, extendiéndose además a la conciencia de nosotros mismos y de las circunstancias que nos afectan, lo que me hace aterrizar en el título de éste artículo: Para trascender, es indispensable que encontremos la forma de mantener nuestro espíritu conectado con los estados emocionales más inspiradores de la naturaleza, y para lograrlo debemos despertar nuestra capacidad de asombro abriendo nuestros sentidos para ver y escuchar el maravilloso mensaje que continuamente nos da la naturaleza.

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Siempre se ha dicho que la niñez es el mejor momento para educar a los futuros adultos, aquellos futuros ciudadanos que disfrutarán -o sufrirán- el mundo que nosotros estamos forjando. Cuando pequeños, nuestra capacidad de asombro se encuentra en su máximo nivel de sensibilidad, aún no suprimida por nuestro obligado esfuerzo por crecer y dejar de ser niños. Recuerdo cómo éramos fácilmente “engañados o sorprendidos” por nuestros padres o familiares con cosas que ahora ni siquiera nos causarían gracia: Simular que te robaban la nariz enseñándote la mano cerrada con un dedo asomándose, era suficiente para hacernos llorar; o ponerte un caracol sobre el brazo y dejar que éste se deslizara sobre tu piel sería una sensación tan intensa que nunca podrías olvidar. Actualmente, con el uso cotidiano y continuo de las tecnologías, las nuevas generaciones se ven cada vez menos sensibles a las sorpresas, por lo que los estímulos correctos y gratos son indispensables para cultivar nuestra capacidad de asombro, y para ello no hay mejor escuela del asombro que la misma naturaleza.

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Para recuperar la capacidad de asombro de los niños modernos, hace falta enseñarles a valorar las horas de vida familiar y a realizar cotidianamente actividades positivas al aire libre, utilizando y estimulando todos nuestros sentidos para observar y poner atención en cosas tan sencillas como el cielo y las nubes, los aromas del campo, ver el comportamiento de las aves, analizar las hojas de los árboles y observar a los insectos. Pensar en el por qué de las cosas y comprender que la vida no es fácil para nadie, incluyendo a las aves o los insectos que intentan encontrar alimento y sobrevivir, nos permite ser más sensibles a la realidad que nos rodea, causando sentimientos de solidaridad y empatía.

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Enseñar a nuestros hijos a acariciar a un perro de la calle, a darle de beber y de comer, es un buen ejemplo de cómo un acto de generosidad puede cambiar no sólo la forma en que nuestros hijos perciban las cosas, sino que contagiará a quienes tenemos alrededor, sensibilizándolos. Tenemos la gran ventaja de que nuestra capacidad de asombro, aunque esté reprimida, puede ser estimulada fácilmente a través del contagio, poniendo el ejemplo con nuestras propias acciones. Si llenamos el mundo de actos de generosidad, solidaridad y empatía, entonces tendremos un “asombroso” cambio de actitud y por ende, un mejor futuro para nuestros hijos. ¿Qué estamos esperando? Pongamos entonces manos a la obra y ¡asombremos al mundo!

Naturaleza inspiradora… ¡Y ejemplar!

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Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena. Fotografías: Manuel Angel Aranda Portal y Oscar Aranda.

Existe una realidad absoluta: Que el mundo no gira alrededor nuestro. Vivimos en un mundo que gira y cambia constantemente… Y no estamos solos. En cada rincón del planeta; en cada océano, en cada árbol o en cada pedazo de jardín, existen otras criaturas además de nosotros, con sus propias vidas qué vivir y problemas qué enfrentar. En el mundo natural no se vale deprimirse o meterse en la cama esperando que llegue un nuevo día. Se vive y se sigue adelante. Tal vez, si fuéramos un poco más observadores, pacientes y receptivos, encontraríamos que, en la naturaleza, sobran ejemplos de valentía, generosidad y perseverancia.

En este breve viaje al mundo donde siempre suceden cosas interesantes, deberá usted hacer a un lado sus prejuicios. Deberá dejarse llevar por las acciones y los hechos, sin importar quiénes son los autores de semejantes proezas inspiradoras, pues muchos de esos ejemplos pueden venir de quien menos imagina: una araña, un murciélago, un pulpo o una garza, por mencionar a unos pocos. No hablaré de ellos, sino de sus hazañas.

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Se dice que el altruismo no existe en la naturaleza, y que es un término humano que no puede ser extrapolado al mundo natural. Sin embargo, y le pese a quien le pese, la búsqueda del bien común y sacrificarse para lograrlo es real. Muchos animales se protegen unos a otros y establecen extrañas sociedades en busca de un bien común, haciendo a un lado el egoísmo y el individualismo, llegando a hacer un verdadero trabajo en equipo, aún sin hablar el mismo idioma. Algunos sacrificarán parte de sus alimentos para compartirlos con quienes tuvieron un mal día. Otros sacrificarán momentos importantes de ocio para velar por la seguridad de los demás, mientras que otros más encontrarán aliados para superar obstáculos o simplemente, para pasar una noche segura, cálida y confortable. La crianza y la educación son temas que muchos animales se toman de verdad en serio, sacrificando literalmente sus vidas y dedicándose a cuidar no sólo a su numerosa familia, sino a otros que han quedado huérfanos. A todo ellos se brinda la misma atención, defendiéndolos y enseñándoles las pautas de comportamiento necesarias para sobrevivir. Sin duda hay quienes necesitarían haber sido criados y educados de ésta forma.

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La paciencia y la prudencia son fundamentales para sobrevivir, y tal vez sean uno de los mayores ejemplos a seguir. Acechar con paciencia es la clave de una cacería exitosa, pero esperar pacientemente a que tu depredador se retire, te garantiza la supervivencia. Ahí cuenta la prudencia, donde hay que conocer los riesgos y los límites de lo que se hace, y eso es algo que los animales saben hacer muy bien. En nuestra vida humana, la mayoría de los accidentes podrían evitarse, simplemente atendiendo a ese instinto básico que hemos suprimido casi por completo.

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Otra acción que todos deberíamos de tener presente es muy sencilla aunque difícil de llevar a cabo: Saber disfrutar de cada momento, y vivirlo como si éste fuera a ser el último. Sin importar que se trate de un delfín o de un escarabajo, siempre hay un momento para todo. El descanso es primordial, y los horarios se cumplen, ya que de ello depende un buen desempeño al día siguiente. De la misma manera, las cosas que se hacen se hacen siempre con entrega y decisión. Si hay que comer se trabajará duro para obtener la comida, y si hay que descansar, se descansará de verdad.

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La comunicación en el mundo natural es imprescindible y perpetua. No sólo es útil para hacer alianzas, encontrar pareja o alimento, sino también para reafirmar jerarquías, socializar y sobrevivir. En el mundo natural no hay un “sí pero no” (el clásico -no quiero pero no me atrevo a decírtelo-). Sólo hay sinceros “no puedo” o “tengo otras prioridades”, sin provocar rencores ni resentimientos. Simplemente la vida sigue y se sigue viviendo. Y hablando de la comunicación, basta pensar en cómo los humanos modernos hemos perdido esa profunda conexión con la naturaleza. Hace miles de años, nuestros ancestros ya sabían interpretar los mensajes de la naturaleza, y les prestaban atención, actuando en consecuencia. Ahora, aunque estamos destruyendo el planeta, todos somos un poco ciegos y sordos.

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En nuestra vida diaria, y en el día a día, es indispensable que encontremos y mantengamos un equilibrio entre nuestras acciones y en nuestras actitudes. Aunque nos cueste reconocerlo, la naturaleza nos ayuda a conectar nuestro espíritu con los estados emocionales más inspiradores: Despierta nuestra capacidad de asombro y genera sentimientos de paz, amor y armonía. Sólo necesitamos abrir nuestros sentidos para ver y escuchar el maravilloso mensaje de la naturaleza. Así que no lo olvide, sólo necesita algo que es vital para lograr lo que nos proponemos: ¡La voluntad de hacerlo!

¿A dónde van nuestras bolsas de basura?

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

En esta ocasión, quisiera hacerle un poco de justicia a la creciente e importante cultura del reciclaje y de responsabilidad ambiental. Desafortunadamente no me resulta fácil cuando, a pesar de que somos muchos los que cada día nos sumamos al esfuerzo por no llenar nuestro planeta de basura, las mismas empresas son quienes nos engañan (y probablemente son engañadas también) respecto a la contaminación que generan los empaques de sus productos o las bolsas en las que nos los entregan al llevárnoslos a casa. Me refiero en particular a las bolsas que los supermercados y tiendas de conveniencia utilizan para que podamos llevarnos la compra a casa, mismas que distribuyen gratuitamente y sin ningún miramiento. Nos las dan en todas partes, hasta en la tienda de la esquina, aún cuando no las necesitamos. A veces, sin darnos cuenta, llegamos a casa con al menos una decena de bolsas que tarde o temprano y con un poco de suerte, irán a parar directamente a un depósito legal de basura donde serán recicladas o enterradas. Sin embargo, muchas de ellas, por no decir la gran mayoría, acabarán en las calles, en los campos,  y finalmente en nuestros ríos y mares.

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Posiblemente, preocupado por la “bio-degradabilidad” de las bolsas, haya usted leído alguna vez lo que está impreso en algunas de ellas: Aunque muchas no indican nada, otras señalan que las reutilices y que tengas cuidado en que no se conviertan en basura. Algunas señalan que son bolsas “100% degradables” y también encontrará bolsas “100% Oxo-Biodegradables”. Para quienes no tenemos el tiempo de investigar a fondo lo que éstas etiquetas significan, podrían dejarnos tranquilos al pensar que ya no estamos contaminando el planeta y que éstas bolsas volverán a formar parte del medio ambiente, tal como ocurre con una hoja de un árbol. Desafortunadamente no es así, pues la Tierra no puede ni podrá por sí sola, digerir el plástico.

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Bolsas que se vuelven “invisibles” para nosotros

Que no las veamos no significa que no estén ahí, o que no contaminen. Las nuevas tecnologías han integrado algunos compuestos químicos que hacen que en cuestión de un tiempo relativamente corto, y con la ayuda de los rayos UV del sol, las bolsas de plástico se fragmenten en trozos minúsculos e imposibles de detectar a simple vista (de ahí el uso de términos “Oxo“ o “degradable”). El hecho de poder convertir a una enorme bolsa plástica en millones de pequeñas e invisibles micro-bolsitas de plástico que “naturalmente” se integrarán al medio ambiente, hace que a éstas bolsas se les clasifique como “biodegradables”, aunque a éstas partículas les tomará hasta cientos de años degradarse por completo. Los análisis científicos indican que apenas el 30% del contenido de una bolsa de estas características logra ser efectivamente bio-degradada, es decir, que casi su totalidad sigue contaminando.

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Ha llegado la Micro-Basura!

Apenas la ciencia se ha comenzado a dar cuenta de la realidad: Se ha creado una nueva forma de contaminación que está fuera de control y que amenaza causar más y mayores problemas que los que se están intentando solucionar. Por una parte, la nueva producción de bolsas tiene una “caducidad programada”, lo que las hace inviables en un periodo de alrededor de un año, y eso genera una mayor producción de plásticos. Otro aspecto importante a considerar es que ahora, todas esas bolsas de “nueva generación”, ya no pueden reciclarse, por los aditivos que llevan… Es decir, que irremediablemente pasan a formar parte de esa basura que no se puede volver a aprovechar. Por otra parte, se ha descubierto lo que se ha denominado como “Micro-Basura”, y que es tan pequeña que se mezcla con el plancton, pasando a formar parte inevitable de TODA la cadena alimenticia en el mar y sus zonas de influencia. Se ha descubierto que además de componer el 65% de la basura que hay en el mar, la Micro-Basura funciona como una “esponja”, absorbiendo los contaminantes con los que está en contacto en el agua y convirtiéndose en una partícula de “plástico súper-tóxico”. Tras ser ingerida, ésta libera todos los contaminantes que ha absorbido, junto con los químicos tóxicos con los que fue originalmente fabricada. Es ampliamente conocido que las sustancias químicas que se utilizan en la producción del plástico pueden provocar daños fisiológicos, genéticos y reproductivos, lo que nos debe hacer reflexionar sobre lo que está sucediendo y las consecuencias que esto acarrea en la salud de los océanos y de todos los seres vivos.

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Finalizo con una reflexión sobre qué es lo que nosotros, como “usuarios” del supermercado y del autoservicio podemos hacer: En algunos países las bolsas de plástico “gratuitas” están prohibidas, lo que obliga a los consumidores a utilizar menos bolsas. Algunas cadenas de supermercados se han rehusado a utilizar las bolsas degradables, recurriendo a la producción de bolsas hechas con plásticos reciclados. Este es un gran paso, pero la mejor y más efectiva acción que todos podemos tomar es muy sencilla y simple de implementar: Debemos utilizar bolsas reutilizables, que son más grandes, duraderas y resisten mucho peso. De esa forma evitaremos generar más basura contaminante e innecesaria. En nuestras manos está que hagamos la diferencia. O elegimos cargar con el peso de los plásticos tóxicos y contaminantes sobre nuestras espaldas, o cargamos orgullosos nuestras bolsas reutilizables y 100% ecológicas.

Me gustaría ser… ¡Un Zopilote!

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días, tuve la oportunidad de subir a la cima de una de las montañas más altas de la Sierra que rodea la Bahía de Banderas. Estando ahí, disfrutando y admirando la imponente panorámica, algo desvió mi atención. Un par de enormes y obscuras aves pasó volando apenas a unos metros por encima de mí, en un complejo ritual de vuelo que dejaba ver claramente que ambas aves tenían algo en común. Su vuelo, visto desde la cima, era simplemente espectacular y perfecto, carente de esfuerzo y lleno de libertad. Me olvidé del hermoso paisaje y me dediqué a observarlos, presenciando el exquisito momento en el que finalmente, poco antes del atardecer, ambos se posaron sobre una pequeña saliente al borde del abismo, acicalándose cariñosamente.

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Si le contara que éstas aves era una pareja de águilas reales, posiblemente me envidiaría por haber presenciado semejante regalo de la naturaleza, y estoy seguro que al contarle que era una pareja de zopilotes, su decepción y desinterés se haría patente inmediatamente. ¿Y todo porque son feos, comen carroña y se les ve por todas partes? En realidad, analizando su forma de vida, tenemos mucho qué envidiarles, comenzando porque prácticamente no tienen enemigos y porque a diferencia de muchos de nosotros, tienen una libertad absoluta. He decidido que, como propósito de inicio de año, intentaré hacerle ver en unos párrafos las bellezas y bondades de los Zopilotes (Coragyps atratus), y utilizarlos como ejemplo para que Usted, mi estimado lector, me ayude a lograr que cambiemos nuestra forma de juzgar las apariencias, y ver más allá de lo que aparentamos ser.

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Es cierto que son feos, pero es gracias a ello, y a su cabeza carente de plumas que se mantienen limpios a pesar de comer lo más desagradable y descompuesto. Ese metro y medio de envergadura es lo que les permite volar tan alto, tan lejos y con tan poco esfuerzo, para comerse lo que nadie más quiere, y por ello los aztecas los llamaban acertadamente Tzopilotl, o “El que se lleva la suciedad”. Curiosamente, son animales muy inteligentes, quienes saben elegir los mejores lugares para descansar y poder alzar el vuelo sin esfuerzo, saben seguir y vigilar discretamente a otras aves para encontrar su alimento, y saben ser fieles a su pareja. A mi parecer, su sabiduría va más allá, pues tras muchos años de mantenerse juntos, pueden por motivos que desconocemos, elegir separarse y formar otra familia, pero mantienen siempre profundos lazos con sus familias por el resto de sus vidas. Ambos padres cuidan de sus crías y les ayudan aún después de haber abandonado el nido, utilizando los sitios de descanso para mantener vivos sus lazos de amistad y confianza entre ellos. Cabe destacar además que no son aves que acostumbren molestar a sus vecinos, pues aunque son muy sociales, no son ruidosos ni escandalosos.

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Es verdad que en mi otra vida desearía ser como ellos, pero debo igualmente reconocer que nadie es perfecto, y los Zopilotes no son la excepción. Aunque su apariencia física me da igual, hay dos cosas que no admiro de ellos: Yo no practicaría la “urohidrosis”, que no significa nada más que hacerse sobre sí mismo para refrescarse en días calurosos. La segunda mala costumbre es igual de asquerosa, y aunque no me gusta nada, no descartaría utilizarla contra quienes me atacaran, sin asegurarle si sería o no capaz de acostumbrarme: Vomitar mi comida a medio digerir a quien me ataque, en un certero y rápido chorro de maloliente defensa,y luego, volverlo a comer cuando haya pasado el peligro.

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Haciendo a un lado ésos dos insignificantes aunque malolientes detalles, debo reconocer que mi mayor aliciente, eso que me hace desear tanto ser como ellos, es la libertad de volar y volar, recorriendo aquel único lugar del planeta que no conoce fronteras, viviendo mi vida sin molestar a nadie, y sin que nadie me moleste.

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Piénselo un momento: ¿Qué lado prefiere ver del Zopilote? ¿Su apariencia física o, sus hábitos de vida? Si pudiera elegir, ¿Qué animal elegiría ser en su próxima vida? Sólo recuerde antes de contestar: Si realmente queremos cambiar nuestras vidas y el mundo en que vivimos, pensemos más en lo importante y no en lo aparente y superficial.

Un Ritual al atardecer

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días tuve un sueño donde descubría que todos los animales hacían una breve pausa justo al atardecer. Sin importar dónde estuvieran, siempre lo hacían. Era algo casi imperceptible para nosotros, pero para ellos resultaba ser de vital importancia para su salud. Aquellos que por alguna razón dejaban de hacerlo, enfermaban poco a poco y perdían todo interés por vivir.

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Suelo olvidar mis sueños apenas me levanto, pero éste sueño en particular lo tengo tan claro, que me ha hecho pensar si es algo que en realidad sucede en la naturaleza, y me pregunto si de una forma u otra, los animales tendrán algún misterioso ritual para recargar sus energías al atardecer o tal vez, al amanecer. A partir de ahí, me he vuelto más observador de lo que sucede a mi alrededor y he encontrado pistas curiosas que refuerzan mis cuestionamientos, como ese pequeño y casi invisible tecolote que vive en los árboles de casa, y que todos los días sin excepción, hace un llamado muy particular justo al amanecer y justo al atardecer, mientras que el resto del día o la noche no lo he escuchado una sola vez. Las golondrinas y muchas otras aves vuelan en extrañas formaciones durante el atardecer, preparándose para posarse y descansar, pero éstas formaciones no las hacen el resto del día.

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Mi imaginación vuela y entonces reflexiono sobre qué es lo que nos pasa a los humanos cuando nos tomamos el tiempo de observar un atardecer o un amanecer. Piénselo por un momento y defina las sensaciones que se le vengan a la mente con palabras sueltas. Seguramente le ha pasado lo mismo que a mí: ¡Sólo se me ocurren sensaciones positivas! ¿Por qué será? La gente que vive en el campo o fuera de la ciudad por ejemplo, suele ser en términos muy generales, más feliz y más saludable que quienes viven en la ciudad, seguramente porque lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor tiene mucho qué ver en esta historia.

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Me pongo a pensar si en algún momento de nuestra evolución como humanos, hemos ido perdiendo ese ritual natural que los animales tienen, y que debido a ello la gran mayoría de nosotros pasamos nuestras vidas “buscando” ser felices sin darnos cuenta que la solución para encontrar el equilibrio con nosotros mismos y con la naturaleza está frente a nosotros no sólo una, sino dos veces al día. ¿No sería magnífico que pudiéramos todos dedicar tan solo unos minutos al día para hacer una pausa en nuestras actividades y reconectarnos con la naturaleza y con nuestro espíritu? A fin de cuentas, todos deberíamos de ser capaces de “regalarnos” unos minutos para renovar energías; o “recargar pilas” si quiere llamarlo así. Pareciera que en el momento en que salimos de vacaciones o en alguna escapada al parque o al aire libre, es cuando nos podemos permitir conscientemente de disfrutar de un atardecer. ¿por qué no hacerlo todos los días?

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Mi propuesta para iniciar el próximo año, mi estimado lector, es que todos hagamos el propósito de crear nuestro propio ritual de renovación y recuperación de energías. A fin de cuentas es un derecho al que hemos renunciado inconscientemente y un privilegio que la naturaleza nos ha regalado. Si está en la oficina, en casa, o en el coche conduciendo, intente parar lo que está haciendo y darse esos minutos para usted mismo. Si no puede parar o salir, intente asomarse siquiera por la ventana, estoy seguro que nuestro intento consciente de desconectar será suficiente para volvernos más receptivos y cambiar nuestro estado.

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Si sale de viaje, o de vacaciones, intente hacer algo distinto, algo que le imponga un reto y le permita romper la rutina. Tome un tour diferente, algo que pueda hacer durante el atardecer, por ejemplo. Si usted y yo, corremos la voz, poco a poco, haremos que nuestras vidas estén más equilibradas, y eso se notará. Poco a poco, seremos más quienes volvamos a conectarnos con nosotros mismos y con la naturaleza. Así que recuérdelo todos los días: Sin importar que sea por un minuto, haga siempre un ritual al atardecer.

¿Son los Zoológicos Necesarios?

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Cada vez somos más los que vivimos en ciudades y perdemos todo contacto real con la naturaleza. Los parques zoológicos y los acuarios son a menudo el primer y único contacto que la gente tiene con la vida silvestre, ayudando a crear en ellos un mayor conocimiento y conciencia acerca de la biodiversidad en nuestro planeta. De no ser así, ésta gente se limitaría a vivir esa experiencia a través de los libros y la televisión. Con una creciente afluencia que supera los 600 millones de visitantes anuales en todo el mundo, las críticas hacia éstas instalaciones también crecen cada día, debido al dilema ético y moral que representa mantener animales confinados en jaulas o en recintos cerrados y bajo el cuidado de los humanos, ya que a pesar de que muchos de ellos (la mayoría probablemente) mantienen a sus animales en excelentes condiciones y amplias instalaciones, algunos otros no brindan si quiera las mínimas condiciones para ofrecerles una vida saludable y estimulante. Dada la complejidad del tema, he decidido resumir lo bueno y lo malo que tienen los zoológicos y acuarios; y lo dejaré a Usted mi estimado lector, que utilice su ojo crítico y su criterio para calificar los zoológicos y acuarios que conozca, pero sobre todo, que sea Usted quien dictamine si éstos son o no son necesarios para el mundo en el que vivimos:

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Los zoológicos y acuarios son un lugar excelente para informar a la sociedad de todo lo referente al mundo natural y la necesidad de su conservación, pero son necesarias campañas de concienciación para que éstos no sean una simple exposición de animales sino que sean verdaderos centros de aprendizaje. El problema radica en que la mayoría de los visitantes (alrededor del 90%) están motivados por la simple intención de pasar un buen día “fuera de casa”. El reto está en hacer que a la gente que le preocupa la diversión, se preocupe también por la conservación. Además de la educación y la concienciación del público, la misión de los zoológicos y acuarios debe ser contribuir a la investigación, la conservación y reintroducción de las especies silvestres, trabajando en estrecha colaboración con gobiernos y organizaciones civiles para proporcionar alojamiento y asistencia a animales que lo requieran, como son aquellos confiscados del comercio ilegal, animales que entran directamente en conflicto con el humano y animales víctimas de desastres naturales o incendios. Esto es particularmente importante en lugares como México, donde prácticamente no existen centros de recuperación de fauna silvestre.

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Uno de los temas que a mí en lo personal me han inquietado más, es la práctica de trasladar e intercambiar animales entre zoológicos, que en la mayoría de los casos es inevitable y necesaria. Por una parte los zoológicos y acuarios se ven en la necesidad de mantener sus colecciones frescas y atractivas para el público, pero también para asegurarse de mantener una sana variación genética en los animales que ahí reproducen. La cuestión es, que muchos individuos son separados de sus núcleos familiares o sociales, causándoles un estrés tremendo, dolor y tristeza, ya que en muchas ocasiones éstos individuos no logran adaptarse o no son aceptados por sus nuevos compañeros.

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En cuanto al bienestar a los animales, siempre habrá conflictos éticos y morales, tanto por parte de los zoológicos y acuarios, como por parte de los visitantes, quienes en muchos casos son quienes molestan y estresan a los animales. Uno de los mayores problemas que enfrentan los zoológicos y acuarios es hacer “milagros” con los presupuestos que obtienen de la venta de las entradas, buscando siempre un equilibrio entre dignificar los recintos de los animales haciéndolos lo más parecido a su medio natural, brindarles una dieta adecuada (que es muy costosa), realizar chequeos médicos y mantenerlos saludables, además de proveerles positivos estímulos psicológicos diarios (conocidos como “enriquecimiento”) para evitar que sufran los efectos del confinamiento. Para ello, el personal que ahí trabaja realiza verdaderos esfuerzos por hacer que los animales vivan tranquilos y sin estrés, aunque no siempre es posible dadas las limitaciones económicas que hacen necesario jerarquizar prioridades.

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La imagen de los zoológicos y los acuarios ha cambiado radicalmente en las últimas décadas, donde un sitio de exhibición de animales ha pasado a ser como un santuario de vida silvestre. De tener a los animales confinados en jaulas, se han creado ahora paisajes complejos donde aparentemente no existen muros, manteniendo en espacios muy amplios y bien acondicionados a muchas especies de animales que pueden convivir entre sí, realizando grandes esfuerzos para educar a la sociedad y cambiar la percepción que la gente tiene de los animales y sus hábitats. Sería imposible devolver a la mayoría de los animales a sus hábitats originales simplemente porque ya no existen o porque existen serias amenazas para su supervivencia, y es ahí donde los zoológicos están jugando un papel clave en la conservación. Desafortunadamente, siempre habrá excepciones en las que se busca lucrar a través de los animales, exhibiéndolos como animales de circo. En esos casos, somos nosotros quienes debemos levantar la voz y rechazarlos, haciendo que ésos sitios en particular hagan las cosas como debe ser: Que el dinero que se paga por entrar sea verdaderamente utilizado para el bienestar de los animales, la investigación y la conservación de sus hábitats.

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Comprendiendo el cambio climático


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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Con el paso del tiempo, y en una sociedad tan manipulada y llena de “desinformación”, la gente se ha vuelto (para bien o para mal) escéptica en muchos temas, y el tema medioambiental es uno de ellos. El desinterés por los temas de naturaleza es cada vez mayor, causado en gran medida por nuestro aislamiento del planeta como seres meramente “citadinos”, aunque también por nuestra falta de tiempo. Como parte de los temas ambientales, al cambio climático le ocurre lo mismo. Todos hablamos de él cuando hace mucho calor o mucho frío, cuando llueve mucho o hay sequías, pero no más. Como en la religión y la política, hay quienes creen ciegamente, y hay otros quienes simplemente no lo creen y hasta aseguran que es una estrategia de manipulación por parte las potencias capitalistas.

Como vivimos en un planeta en constante cambio, es muy dificil determinar qué es inusual y qué es parte de la evolución natural de la tierra, y es ahí donde la ciencia hace su parte, buscando y escarbando más allá de lo evidente, analizando el pasado de la tierra en búsqueda de respuestas que nos permitan entender lo que está sucediendo. Lo cierto es que durante las últimas décadas el clima se ha vuelto más extremo, o al menos en apariencia. Llueve mucho en poco tiempo, y las sequías se hacen mas extremas y largas. La radiación solar, esa sensación de que el sol quema más que antes se ha incrementado. Las temperaturas son inusualmente altas en algunos lugares, y extremadamente bajas en otros, mientras que los tornados y huracanes se vuelven más agresivos. En el Océano Pacífico los huracanes son más frecuentes mientras que en el Atlántico esacasean. Ante toda esta confusión, es evidente que algo extraño está ocurriendo, y surge la pregunta obligada: ¿En qué debemos de creer?

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La investigación científica

Los datos que los científicos han obtenido, están basados en mediciones directas obtenidas a partir de mediados del Siglo XIX, información obtenida por estaciones climáticas y satelitales y por muestras paleo-climáticas que se remontan a cientos de millones de años atrás (evidencia fósil como hielo, tierra o burbujas de agua). Todos estos datos juntos han permitido conocer las variaciones climáticas que han sufrido la atmósfera, el océano y la superficie terrestre.

En 1988, tras detectar el problema del cambio climático mundial, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) crearon el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Se trata de un grupo abierto a todos los países miembros de las Naciones Unidas y de la OMM. La función del IPCC consiste en analizar, de forma exhaustiva, objetiva, abierta y transparente, la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que supone el cambio climático provocado por las actividades humanas, sus posibles repercusiones y las posibilidades de adaptación y atenuación del mismo.

A finales de 2013 el IPCC publicó un reporte que establece el grado de certeza que se tiene sobre el cambio climático y sobre los aspectos que lo producen. Los resultados que ahí se publican son sorprendentes y a la vez escalofriantes, asegurando que muchos aspectos del sistema climático están mostrando reales y evidentes cambios.

 En dicho documento se puede leer: “Es una certeza que la temperatura superficial media del planeta se ha incrementado desde fines del Siglo XIX.  Cada una de las últimas tres décadas han sido significativamente más calientes que todas las décadas previas desde que iniciaron las mediciones, y la primera década del Siglo XXI ha sido la más caliente”.

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La temperatura

A pesar de ser una alarmante noticia, pocos medios nacionales lo publicaron: De acuerdo con la NASA, la temperatura promedio de la tierra en 2011, fue la novena más caliente registrada desde 1880, cuando se comenzaron a hacer mediciones. Esta noticia es más alarmante si tomamos en cuenta que 9 de los 10 años más calientes registrados, han ocurrido desde el año 2000; es decir, casi cada año en la última década!

Sin embargo, la cuestión es mas compleja de lo que parece, pues las temperaturas se han vuelto más extremas, y aunque la tendencia global es al calentamiento, se tienen registros que en algunas zonas se han presentado temperaturas inusualmente bajas, como en el Polo Sur. El invierno del 2013-2014, fue excepcionalmente extraño: En el hemisferio norte, mientras en Canadá y EU se registró un invierno inusualmente cálido y seco, en Europa las bajas temperaturas sorprendieron a todos. Es extraño sin duda, y difícil de creer que mientras en el hemisferio norte el hielo está desapareciendo a una velocidad alarmante, en el polo sur la capa de hielo está creciendo.

Lo sé y estoy de acuerdo. Es muy complicado para entenderlo, pues todo está interconectado. ¿Cómo entender que las altas temperaturas están derritiendo el hielo de Groenlandia y sus glaciares, lo que está provocando un incremento en el nivel del mar, pero la disminución de la capa de ozono y el aumento de la velocidad de los vientos está haciendo a la Antártida sea más fría? Si la temperatura del aire y del mar determinan la dirección y la intensidad de los vientos, los hasta ahora “predecibles” pronósticos de lluvias o sequías serán cada vez menos veraces.


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Los gases “invernadero”

A lo largo del curso del tiempo, la naturaleza ha conseguido establecer un equilibrio en el que la flora y la fauna de tierras y océanos absorven las emisiones naturales de gases de carbono (CO2). Sin embargo, desde la industrialización (a partir de los 1950´s), la producción de los llamados gases invernadero se ha incrementado espectacularmente, lo que sumado a la deforestación y la generación de basura, la naturaleza es incapaz de absorver estos gases presentes en la atmósfera. El CO2 es conocido como gas invernadero porque retiene el calor en la atmósfera, lo que ha contribuido a que tengamos un clima adecuado para la vida. Este gas es liberado de forma natural por la respiración de los seres vivos y las actividades volcánicas, pero también por las actividades humanas como la quema de combustibles y la deforestación. Actualmente, la concentración de CO2 en la atmósfera, es el doble de la concentración promedio de toda la historia de la tierra, demasiado como para que no suceda nada.

¿Qué es lo que nos espera? Nadie lo sabe. Lo cierto es que debemos prepararnos, y no estamos acostumbrados a “hacer sacrificios” en nuestra vida diaria. El norte y centro de México están sufriendo severas sequías que obligan a los gobiernos a tomar medidas extremas, y la gente, ante esta carencia de agua, la hace rendir increíblemente. El resto de nosotros, quienes no tenemos tal carencia de agua, la desperdiciamos continuamente de una forma tan natural que ni siquiera somos conscientes de ello. Parece ser que a los humanos lo que mejor se nos dá es no preocuparnos hasta que es demasiado tarde, y la cultura de prevenir no existe en nuestro día a día.

Aunque para la mayoría de nosotros sea imposible entender lo que está sucediendo, lo cierto es que nosotros lo estamos provocando. Ante un futuro incierto, lo mejor es prepararse y prevenir, y eso puede lograrse al tener una mejor conciencia de lo que puede ocurrir en los próximos años. Abramos entonces nuestros ojos a lo que sucede a nuestro alrededor y actuemos. Hagamos algo por ser mejores humanos al no derrochar y al respetar nuestro entorno. Ese, creo yo, es un gran primer paso: vivir el día a día, conscientemente.

Los Reyes de la Primavera

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Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena. Fotografías por Manuel A. Aranda Portal, F. Mc Cann y O. Aranda

Si bien la primavera significa “cuando todo reverdece”, los días cada vez más largos dan lugar a una explosión de vida y actividad en la naturaleza, aunque también para los seres humanos significa algo más que la estación favorita del año, ya que tradicionalmente está representada por aspectos meramente positivos, donde se respira un aire de entusiasmo, alegría y esperanza, para celebrar la llegada de mejores tiempos. Pero, ¿cómo celebrarla sin designar a algún embajador o embajadora de la primavera?

Me di entonces a la tarea de buscar algún animal o vegetal presente en México para representar la primavera y lo que ésta representa para los seres humanos, pero dos semanas después me encontré con una lista interminable de candidatos con igualdad de atributos positivos. En mi lista aparecen algunos árboles majestuosos y siempre-verdes como el Mata-Palo, la Higuera Blanca (Ficus sp.), la reverenciada Ceiba o Pochote (Ceiba pentandra) o la imponente Parota o Huanacaxtle (Enterolobium cyclocarpum), que además de ser muy representativos de la vegetación mexicana, proveen una sombra excepcional, además de dar cobijo y alimento a incontables especies de animales de todo tipo. Sin embargo, aunque los árboles son sinónimo de vida y representan ampliamente a la naturaleza, necesitaba algo que transmitiera más “entusiasmo”.

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Llegué pues a considerar algunos mamíferos: Desde el divertido y curioso Coatí (nasua narica), quien suele aventurarse en las zonas habitadas reclamando lo que antes fuera su territorio, hasta los esquivos y misteriosos felinos salvajes como el Jaguarundi o Leoncillo (Herpailurus jagouaroundi), o el rey de reyes, el Jaguar (Panthera onca); un legendario fantasma de las selvas y bosques mexicanos. Pensé en los delfines, pues provocan una simpatía natural y son un sinónimo de la alegría, entusiasmo y celebración, pero pronto me di cuenta que a la lista se sumaban muchas otras especies como ballenas, mantas saltarinas y multitud de especies de peces que gustan de saludar a bañistas y buceadores…

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Pasé a considerar a las aves, que han encabezado mi numerosa lista de especies: Pensé en los Bobos Patas Azules (Sula nebouxii), dignos representantes del amor, la fidelidad y la persistencia, por su paciente forma de buscar alimento y resistir el constante acoso de las Fragatas para robarles su alimento. Con sus patas azul profundo y su poco grácil forma de caminar, transmiten también una gran simpatía. Llegué a la misma conclusión con los pelícanos (Pelecanus occidentalis), mismos que podrían encajar perfectamente en el perfil, con su propio estilo de vuelo y pesca de alto riesgo, altamente perfeccionados. Terminé mi sección de aves marinas con las hermosas golondrinas marinas, dignas también de ser consideradas por su belleza y los hábitos migratorios de algunas de ellas.

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Aparecieron después en mi lista, pidiendo a gritos ser elegidas, algunas aves terrestres como las admirables Guacamayas (Ara militaris), inequívocos representantes de la esperanza, al existir aún suficientes ejemplares silvestres que intentan perpetuar su especie continuamente amenazada por la captura y su comercio ilegal. Les siguieron las simpáticas Cotorritas o Pericos Frentinaranja (Aratinga canicularis), aún comunes en las ciudades costeras y sus alrededores, volando en ruidosas bandadas verdes, llevando la primavera como uniforme. Decidí terminar mi lista abruptamente con un pequeño pero muy característico candidato: El colibrí, del cual me negué a elegir alguna especie en particular, pues todos los colibrís son por sí mismos sinónimos de la alegría, el amor y la felicidad, cuya belleza y habilidad conmueve a cualquiera.

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Pero, ¿A quién elegir de esta larga lista? ¿Cómo puedo depurar una lista donde la perfección en su forma y sus hábitos es, simplemente, incuestionable? Imposible. No he podido elegir a nadie, pues no he sido capaz de descartar a ninguno. Así pues, me vi en la necesidad de cambiar el título de éste artículo de un singular a un plural, dejándolo a usted, mi estimado lector, ser quien elija a su favorito, de acuerdo a sus propios criterios y gustos particulares.

Mi conclusión es muy sencilla: No me siento derrotado por no haber podido elegir al rey o a la reina de la primavera, pues este largo paseo analizando los atributos de mis candidatos más emblemáticos de la flora y fauna mexicana, me ha hecho recordar lo maravilloso y variado que es el mundo natural, y que está ahí para acompañarnos siempre, sin importar la época del año. Así que me limito a desearle una feliz y próspera primavera, y pedirle que nunca se olvide valorar, disfrutar y proteger lo que tenemos a nuestro alrededor, que nos permite llevar la primavera en nuestros corazones.

La Naturaleza de la Navidad

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

¿Se ha puesto a pensar cuántos elementos de la naturaleza incluimos en la celebración de la navidad? La lista el larga, dependiendo de la región del mundo donde nos encontremos, pero en México podemos mencionar muchos que,  si no los tuviéramos, seguramente las fiestas navideñas no tendrían el mismo sentido y carecerían de esos colores tan característicos que curiosamente se comparten con los de la bandera mexicana.

El Verde

Este color es por supuesto el más relacionado con la naturaleza, utilizado universalmente para identificar la vida y lo sano. En la navidad, el verde no sólo es representado por el tradicional árbol de navidad, que en realidad es una especie de conífera, conocido como Abeto (Abies sp.). La tradición de utilizarlos para las celebraciones navideñas es una herencia del norte de Europa, cuyo significado era totalmente distinto al actual, pues representaba al “Árbol del Universo”, que mantenía unidos a distintos reinos. Actualmente la gran mayoría de los árboles naturales provienen de cultivos destinados legalmente para este uso, principalmente de Canadá y Estados Unidos. Si bien se considera que su uso es “sustentable”, representan problemas serios al no existir ningún método para su colecta y reciclaje cuando son desechados. Aunque es tentador tener un “arbolito natural” en casa, resulta mucho mejor utilizar uno artificial, que además de haber magníficas réplicas, éste le durará toda la vida.

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Otro elemento natural que nunca falta es el musgo o “barba de peña”, principalmente adornando los “nacimientos” o representaciones del nacimiento de Jesús. Estas minúsculas plantas conocidas como briofitas, juegan un papel importantísimo en la naturaleza, y dada la creciente demanda de este material natural, se están dañando considerablemente muchos ecosistemas. Este musgo suele crecer durante la época húmeda del año, manteniéndose seco y aparentemente sin vida durante la emporada de sequía. Su función es muy importante en la naturaleza, pues evita la erosión del suelo (suele crecer en lugares sin vegetación) y retiene la humedad. Si bien es un elemento tradicional navideño, debemos evitar comprarlo.

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El Blanco

El blanco está representado por la nieve, o mejor dicho por el clima frío. Ciertamente hay lugares que por su ubicación geográfica la navidad se celebra en un clima bastante cálido, pero se conserva la relación tradicional con el invierno. No puedo dejar a un lado la oportunidad de mencionar que con el cambio climático, las temperaturas se vuelven más extremas, por lo que en aquellos lugares tradicionalmente “fríos” se celebra la navidad sin poder encender la chimenea o disfrutar de la tan anhelada nevada. Un buen ejemplo de la representación de este color son las variedades blancas de las nochebuenas, aunque el elemento natural que por tradición se utiliza obligadamente en la celebración navideña es el heno, conocido también como “barba de viejo” por su color gris-blanco. Este es en realidad una planta aérea de la familia bromeliácea, mejor conocida como “planta epífita”, absorviendo el agua y los nutrientes necesarios para su supervivencia a través del aire. Al igual que el musgo, el heno es una planta que está amenazada por su colecta abusiva, pues es una planta de crecimiento lento y muy sensible a la contaminación.

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El Rojo

La Flor de nochebuena o Poinsettia se ha convertido en uno de los símbolos más poderosos de la navidad, y los mexicanos debemos sentirnos muy orgullosos ya que ésta es una planta originaria de México. La “cuetlaxóchitl” (nombre original en lengua náhuatl) fue utilizada desde la época prehispánica y era muy apreciada por los aztecas ya que su color simbolizaba la sangre de los sacrificios que los indígenas ofrendaban al sol para renovar sus fuerzas.

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No fue hasta después de la colonización española que se comenzó a utilizar como adorno navideño en México (durante el siglo XVI), luego de que sacerdotes franciscanos las utilizaran para adornar altares navideños. Su variedad original  puede aún ser encontrada en estado silvestre en bosques tropicales y subtropicales de México y Centroamérica, aunque es bastante diferente de las variedades que se comercializan, luego de una intensa selección a través de la modificación genética y la hibridación. Puede crecer tan alta como un árbol mediano, aunque sus hojas son mucho más delgadas y menos llamativas que las variedades comerciales.

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Si preguntáramos en distintos lugares del planeta con qué colores relacionan a la navidad, seguramente una gran parte del mundo mencionaría estos 3 colores, que aquí representan al mundo vegetal. He omitido muchas especies más de plantas que se utlizan en estas fiestas, como son el pingüico (Angelica tree en inglés), el cedro, acebo (Holly en inglés) y el muérdago, que aunque su uso es menos extendido en México, se utilizan ampliamente en otras partes el mundo como en España. Faltaría espacio para mencionar otros elementos de la naturaleza representados tradicionalmente  en los adornos navideños, como son las estrellas y los mismos animales.

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Ésta es sin duda una época especial, que si bien ha perdido en gran parte su contexto original, cumple el objetivo de reunir familias e invitarnos a la reflexión. En este sentido, mi propuesta es que cada día hagamos una pequeña pausa para admirar algo de la naturaleza. Que nos admiremos tanto de una pequeña flor o un insecto como de la belleza de un atardecer, pues debemos sentirnos afortunados de estar rodeados de tanta belleza y riqueza natural. Que nunca olvidemos que la naturaleza es parte fundamental de nuestras vidas, tanto en aspectos tan sencillos como la decoración navideña, como la misma razón de nuestro ser y de estar vivos. Que estas fechas nos ayuden a acercarnos más a la naturaleza. Que así sea.

Mi amigo “Alberto”

IMG_7154a copyrightTexto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Tener un loro en casa como mascota puede ser fabuloso y tremendamente divertido, pero es una decisión terriblemente egoísta…

Desde pequeño, siempre soñé con tener un perico, y llevarlo conmigo al hombro cual pirata orgulloso, aunque nunca fue así. Cuando era niño y acompañaba a mi madre al mercado, veía enormes jaulas repletas de aves de todos tipos y variados colores, entre las cuales siempre sobresalían loros y pericos de un intenso verdor que nunca olvidaré. No recuerdo los argumentos de mi madre, pero siempre se negó a comprarme uno, conforándome con los cotorritos australianos que vivían y se reproducían en un enorme cuarto-jaula que había en casa. Cuando los polluelos salían de sus nidos y caían al suelo sin poder volar aún, yo aprovechaba la oportunidad para hacérmelos mis amigos y llevarlos al hombro, soñando e imaginando que eran un gran loro verde que me hablaba al oído.

Un día nos regalaron un gran loro con la frente roja, cuyos dueños originales ya no querían porque les había propinado innumerables mordidas en sus manos cada vez que intentaban domesticarlo. Mi hermana lo llamó “Papik”, en honor a un “niño sin dientes” que aparece en una novela de Hans Ruesch. Yo me limitaba a observarlo, mientras mi hermana mayor, la más valiente de todos, intentaba domarlo sin éxito. Dotada de una interminable paciencia y por incontables meses intentó ganarse su confianza, aceptando heroicamente cada una de las fuertes mordidas que dejaban sus dedos ensangrentados y, a pesar de todo su esfuerzo, por alguna razón que yo no lograba comprender, Papik siempre permaneció en silencio, en un  rincón de su enorme jaula, negándose muchas veces a salir de ella aunque tuviera las puertas abiertas con acceso libre a la habitación-jaula donde vivían el resto de las aves. Pasó el tiempo y mis padres nos convencieron que sería mejor donarlo al zoológico, donde sería liberado en un aviario, que era una larguísima y gigantesca jaula donde podría volar libremente y pasaría el resto de su vida con relativa comodidad y acompañado por otros loros de su misma especie. Nunca más supe de él, pues quedó mezclado con los demás, y mis ojos inexpertos no me permitían identificarlo.

Hace poco tiempo tuve la maravillosa oportunidad de ayudar y rehabilitar a un perico, conocido como “loro guayabero” o “corona violeta”. Esta especie es muy común como mascota en México y el 100% de los ejemplares provienen de capturas ilegales en las selvas costeras del Pacífico Mexicano, incluyendo las serranías alrededor de Puerto Vallarta, donde cada vez son más raros de observar. Aunque estaba en buen estado de salud, tenía un ala dañada, causado por el tradicional y cruel “corte de alas” que se les hace para que no puedan volar, y que consiste en cortar hasta la base algunas de las plumas de una de las alas. Aún así, seguramente encontró un momento de descuido de sus captores y aprovechó para buscar la libertad, aunque dadas sus condiciones, terminó en los jardines de un hotel al que yo asesoraba en temas ambientales. Afortunadamente fue puesto a salvo por el personal, quienes me lo entregaron para “hacerme cargo de él”. Debo confesar que cuando lo tuve en mis manos, me sentí de regreso a mi niñez, y mi egoísta alma humana me decía que lo conservara como mascota.Lo llamamos “Alberto”.

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No puedo siquiera imaginar lo que significa vivir toda tu vida encerrado en una pequeña jaula donde difícilmente puedes estirar tus alas por completo, teniendo como estímulo todo menos lo que realmente necesitas. Creo firmemente en que las aves deben estar libres y no enjauladas, por lo que lo mantuve libre dentro de casa, con el beneplácito de nuestras bien portadas hijas perrunas y gatunas, quienes lo miraban con gran curiosidad y respeto. Con gran interés y pasión por aprender de él, pudimos convivir a su propio ritmo, aceptando las limitaciones que él mismo nos imponía, haciéndole sentir un poco más cómodo. Durante esos días descubrí la sorprendente inteligencia y rapidez para aprender las cosas, y cuando menos lo imaginé, ya estaba totalmente recuperado de su ala y comenzó a aprender a volar. Día a día pude observar sus progresos, realizando peligrosas y ágiles maniobras por toda la casa, volviéndose todo un experto en vuelos rasantes y giros cerrados para explorar todas las habitaciones. Cuando estaba tranquilo, era un animal increíblemente social, que no temía ocultar su necesidad de compañía y de cariño, buscando y aceptando inclusive la compañía de nuestras mascotas.

Pero, a pesar de estar aparentemente alegre y de buen apetito, se podía notar en su mirada que deseaba fervientemente ser libre y cumplir el sueño de su vida, que era realizar aquello para lo que fue diseñado: Poder volar en libertad. Cuando miraba a través de las ventanas no sólo veía un cielo azul y árboles verdes, sino que miraba un horizonte sin rejas, sin barrotes, sin muros ni cristales. Alberto era sin duda, al igual que Papik,  uno de esos espíritus indomables, cuyo anhelo de libertad no podría apaciguarse nunca.IMG_7101a copyright

Fue entonces cuando caí en cuenta de mi misión. Yo sólo había sido un medio para que Alberto se recuperara y pudiera aprender a volar, y tenía claro que ésta magnífica ave no merecía volver a estar encerrada jamás. Dentro de mi se libró una lucha entre el biólogo conservacionista y el niño ilusionado que llevaba dentro, pero la decisión no era mía, sino de él… Esa mañana abrí puertas y ventanas, y con gran pesar en mi corazón humano, le deseé buena suerte. Alberto me miraba, temeroso de que intentara detenerlo. Me senté a mirarlo, y tras unos instantes observando el exterior desde lo alto del aspa de un ventilador de techo, se echó a volar, tal vez motivado por los gritos de unas guacamayas que todas las mañanas pasaban volando a gran altura, justo encima de la casa. Con gran destreza  sorteó el árbol de mi jardín y se perdió poco a poco en el horizonte, volando hacia las montañas, lleno de esperanza.

¿Que lo extraño? Si, debo reconocerlo. ¿Que valió la pena? Sí, definitivamente. Tal vez éste es uno de los pocos pericos que tienen la oportunidad de rehacer su vida tras vivir en cautiverio, considerando que cada año se capturan ilegalmente más de 75 mil pericos en México. Tristemente, ésta es una de las especies de perico más amenazadas y más afectadas por el comercio ilegal en México; una actividad poco ética motivada por esos niños egoístas que todos llevamos dentro. Sería bueno que nos detuviéramos a pensar que 8 de cada 10 pericos capturados muere por malos manejos o ignorancia de sus dueños, y que en estado silvestre sólo queda un 5% de la población original.

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 Una semana después, cerca de casa, vi pasar volando una pareja de pericos, y quiero pensar que era Alberto con su alma gemela. Creo que ambos fuimos muy afortunados. Él es ahora libre, descansando libre y tranquilo en la selva vallartense. Yo, y el niño que llevo dentro, recordaremos con gran cariño esos momentos que convivió conmigo y con mi familia. Al final, como un buen amigo, le deseo el mejor de los futuros, esperando que poco a poco, exista una mayor conciencia sobre el tipo de mascotas que adquirimos.

¿Dónde anidarán las tortugas marinas?

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

En todos los destinos turísticos y ciudades a la orilla del mar del mundo, las playas distan mucho de ser lo que originalmente fueron. A lo largo de los años la costa ha sido modificada para ganarle espacio al mar o para proteger las construcciones que se han edificado prácticamente en las mismas playas, olvidando que las playas son dinámicas y están sujetas a la acción de corrientes marinas en constante cambio. Como consecuencia, han proliferado las estructuras artificiales conocidas como espigones, escolleras y rompe-olas, que en muchos de los casos han provocado que las playas se hagan más pequeñas y se vuelvan prácticamente inaccesibles y hasta peligrosas para las tortugas marinas y muchos otros animales costeros, donde en su búsqueda de un buen sitio para anidar, suelen caer entre las grandes rocas.

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Puerto Vallarta es un vivo ejemplo, y donde antes había una playa larga y magnífica, ahora hay una serie de pequeñas y erosionadas playas rodeadas de espigones, con tan poca arena que las olas golpean los muros de los edificios durante la marea alta. Hace no mucho, estas playas eran excelentes zonas de anidación de las tortugas marinas, siendo ahora sitios que aunque son aún visitados por algunas tortugas, éstas suelen regresar al mar sin anidar, por no haber encontrado el sitio adecuado.

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Recuerdo que hace sólo 15 años, en las playas del centro de la ciudad había más tortugas anidando que ahora, y aquellas playas que aún cuentan con las condiciones adecuadas para las tortugas marinas, como las del norte de la ciudad y de Nuevo Vallarta, han visto un considerable incremento en la visita de tortugas marinas durante la temporada de anidación. Esto no es fortuito y es totalmente nuestra culpa, o mejor dicho, es culpa de quienes han autorizado la construcción de edificios y espigones a lo largo de las últimas décadas.

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La invasión de la playa es otro factor importante, debido a que las tortugas se “topan” constantemente con muros, escalones, sillas, camastros y sombrillas que les impiden el paso y no pueden anidar. Ver tortugas dando largos recorridos entre muros y sillas son una escena común, intentando inclusive ingresar a las propiedades, como si estuvieran buscando la playa que ahora sólo existe en su memoria.

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A todos estos problemas sumémosle el problema de la luz artificial, que hoteles, condominios y restaurantes colocan a diestra y siniestra como una herramienta de seguridad. Basta con observar los miles de insectos que mueren cada noche presa de las luminarias y reflectores, debido a su instinto por seguir la luz, para darnos cuenta del peligro que las luces representan para los animales. En las tortugas marinas adultas el problema no es tan serio, pues hay evidencias de que en Puerto Vallarta las tortugas se han “acostumbrado” a anidar en áreas iluminadas, cuando éstas por instinto buscan el cobijo de la oscuridad.

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Las luces son una mortal amenaza para las crías que recién salen de sus nidos, ya que están “programadas” para seguir el punto más brillante del horizonte, que debería ser el mar. En la naturaleza el mar es siempre más brillante que la misma tierra, ya que el mar refleja la luz de la luna y de las estrellas. Las luces artificiales desorientan tanto a las crías, que las obligan a “volver” a tierra, convirtiéndose en una presa fácil para sus depredadores. Aquellas tortugas desorientadas, difícilmente serán capaces de llegar al mar sin ayuda.

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México está comenzando a abrir los ojos y se estan implementando políticas y normas para proteger las playas de anidación de tortugas marinas y controlar su iluminación, tal como ocurre en muchos otros países donde existe una legislación muy estricta. Desafortunadamente, aún estamos muy lejos de llegar a aplicar estas normas, y no será hasta que cada uno de nosotros sea consciente del daño que estamos provocando a la naturaleza con estas acciones. Sólo cuando el gobierno se de cuenta que hay que enseñarle a la gente el “por qué” de las leyes, antes de aplicarlas, comenzaremos a ver un cambio real en nuestras actividades diarias.

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Las tortugas marinas han logrado sobrevivir a infinidad de cataclismos y cambios climáticos desde antes que existieran los dinosaurios, y ahora están en un peligro real de extinción por culpa exclusivamente nuestra. Deberíamos de admirarlas como el mejor ejemplo de tenacidad, y contagiarnos de su férrea voluntad de vivir. La próxima vez que visite un restaurante o un hotel en la playa, pregúnteles qué están haciendo para contribuir a la protección de las tortugas marinas. Recoger el mobiliario por las noches y cambiar el tipo de luces sería un buen comienzo, y no requiere más que la simple voluntad de hacerlo. Si se encuentra una tortuga marina en la playa, ayúdela de esta forma: No le estorbe y evite que otros la molesten. Son seres muy inteligentes que no necesitan de nuestra ayuda, y sólo piden un poco de espacio y privacidad para anidar. Si estamos en sus playas, esto es lo menos que podemos hacer por ellas, volviéndonos una parte importante de ese milagro que sucede cada noche en las playas de Puerto Vallarta: ¡La anidación de las tortugas marinas!

La importancia de las Tortugas Marinas

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Es durante los meses de agosto y septiembre cuando llega el momento cúspide para la temporada de anidación de tortugas marinas en las playas del Pacífico mexicano, aunque se les ve anidando prácticamente todo el año. En todas la costas, miles de tortugas Golfinas aprovechan el clima cálido y las lluvias para salir a la playa para depositar sus huevos, y miles y millones de sus pequeñas “réplicas” nacen para entrar al mar y comenzar la aventura de su vida.

Acostumbrados a verlas en las playas de las ciudades costeras durante su visita anual, nos olvidamos de las penurias y los grandes problemas a los que se enfrentan cada noche, limitándonos a disfrutar como “turistas” de la liberación de crías al mar o de observar a una tortuga cavar un nido y depositar sus huevos mientras es observada por decenas de personas. Visto desde una perspectiva global, el hecho que la gente “invada” la privacidad de una tortuga mientras deposita sus huevos en un hoyo que con mucho trabajo cavó ella misma, resulta ser un problema menor comparado con la abrumadora realidad a la que se enfrentan todas las especies de tortugas marinas del mundo. La pesca comercial, en cualquiera de sus múltiples y dañinas modalidades, es sin duda el mayor enemigo de las tortugas, así como la pérdida de su hábitat, la destrucción de playas y el uso ilegal de su carne y sus huevos. Las tortugas marinas han sido prácticamente eliminadas de muchas zonas del planeta, y nuestros océanos están enfermos, por lo que surge la pregunta:

¿Son importantes las tortugas marinas?

Aunque son consideradas “importantes” por su valor económico, por la milenaria relación cultural que tenemos con ellas o simplemente, por ser animales carismáticos, las tortugas forman parte de un ecosistema que apenas comenzamos a comprender, pues éstas alteran su hábitat naturalmente, y por millones de años han sido parte de la creación, mantenimiento y evolución de los ambientes que los seres humanos aprovechamos. La lista de ambientes beneficiados por las tortugas se inician con las mismas playas, donde nacen y anidan. Cada año al anidar, las tortugas remueven miles de toneladas de arena, lo que permite que la playa sea más saludable. Asimismo, la gran cantidad de huevos que depositan, significa un enorme aporte energético en la cadena alimenticia donde infinidad de animales intervienen, desde insectos y cangrejos, hasta aves y mamíferos. En pocas palabras, las tortugas marinas son el eslabón que une al mar con la tierra.

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En el mar, la variada alimentación de las tortugas marinas contribuye enormemente al ciclo de carbono en los océanos, trasladando grandes cantidades de energía a zonas profundas, mediante el consumo de organismos abundantes en aguas superficiales y el depósito de sus heces como nutrientes que llegan al fondo del mar. Algunas especies tienen dietas exclusivas, alimentándose de pastos marinos o de animales que, de no comerlos, invadirían como plaga los arrecifes y paulatinamente los matarían. Las medusas son un gran ejemplo en la actualidad, ya que cada año se multiplican descontroladamente por la ausencia de sus depredadores naturales como la tortuga Boba (conocida en México como caguama) o la tortuga Laúd, la cual se alimenta exclusivamente de ellas y es la especie de tortuga marina que se encuentra en mayor peligro de extinción. Una Laúd adulta puede comer más de una tonelada de medusas al día, pero quedan tan pocas, que ahora no hay quién pueda controlar a estos gelatinosos organismos. Finalmente, viene a mi mente la imagen de un ave marina descansando plácidamente sobre el caparazón de una tortuga que flota sobre la superficie del vasto océano, convirtiéndose -por un buen rato- en una “isla privada” que le ofrece un cómodo refugio y le permite recuperar energías. En el mar abierto, las tortugas marinas son como un oasis para una gran variedad de peces y de aves marinas, funcionando como refugio “anti-depredadores”, como un sitio para encontrar un poco de comida fácil o simplemente, para que un ave pueda descansar y evitar morir ahogada por agotamiento.

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En nuestro afán por “ponerle precio” a todo lo que nos rodea, nos olvidamos a veces que las tortugas marinas valen más vivas que muertas, no solo por los beneficios que obtenemos directamente de ellas a través del turismo, sino por todos esos servicios “invisibles” que le prestan al planeta. Ese mismo “precio” que se les pone por su piel y por su carne es lo que las ha llevado a estar al borde de la extinción. Lo que hace falta es que la gente común -como usted o como yo-, aquellos quienes en ocasiones nos topamos de frente con una tortuga en la playa, sepamos valorar, apreciar y cuidar lo que tenemos frente a nosotros.

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¿Qué tan importantes son las tortugas marinas para quienes habitan las ciudades costeras y los destinos turísticos donde anidan? Esta es una pregunta que todos quienes vivimos y visitamos estos lugares deberíamos preguntarnos, ya que lo que hacemos y lo que NO hacemos les afecta profundamente, y el papel que juegan los hoteles costeros es fundamental para su supervivencia. No apagar las luces por las noches o utilizar luces incandescentes dirigidas hacia  la playa, así como dejar el mobiliario (camastros, tumbonas, sillas y mesas) puede provocar serios problemas de desorientación, accidentes y hasta la muerte a las tortugas y a sus crías cuando nacen, y está en nuestras manos hacer que los municipios, así como los mismos hoteles y restaurantes playeros adopten medidas para protegerlas.

Yo no imagino un destino turístico sin tortugas marinas, y espero que éstos asombrosos animales sean adoptados de corazón por todos y cada uno de nosotros, para que podamos seguir disfrutando de una simbólica y conmovedora liberación de crías al mar, y podamos decir: ¡Buena suerte, tortuguita!

Nuestra mejor arma para salvar al mundo

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Con motivo del inicio de un año más, y pensando en las cosas tanto positivas como negativas que hemos vivido como habitantes del planeta Tierra, estuve buscando algún atributo del que todas las personas gozamos, y que de una forma u otra aprovechamos o desaprovechamos para hacer de éste un mundo mejor. A lo largo de los últimos meses hemos observado noticias tristes y alarmantes sobre cómo los humanos podemos causar tanto daño, pero a su vez, hemos sido testigos de cómo ésas malas acciones nos motivan a realizar actos admirables y desinteresados de valentía y entrega por los demás. Es asi como surge en mi mente una hermosa palabra que, puesta en práctica, nos otorga un poder inimaginable: La Empatía.

El contagio emocional

Probablemente todos nos hemos visto implicados en algún momento de nuestras vidas, en alguna situación de emergencia o estrés que requiere nuestra atención o nuestra ayuda. Cuando ocurre un accidente, las personas alrededor tienden a ofrecer su ayuda, y aquellos que lo viven de cerca, experimentan sensaciones de angustia y preocupación, por el simple hecho de observarlo. Esto significa que nos sentimos implicados y “contagiados” por las sensaciones que dominan el momento. Dicho en otras palabras, significa que sentimos empatía, definida como la capacidad para percibir y comprender los sentimientos y emociones de otros seres vivos, o la capacidad de ponerse en el lugar del otro para entender su punto de vista.

Todos los seres humanos poseemos este atributo, una herencia evolutiva que compartimos con el resto de los mamíferos, aves y seguramente muchos otros animales, desde hace millones de años. Sin embargo, debido a que tenemos una mayor capacidad para pensar, podemos manejar nuestras emociones de forma diferente, que van desde ser crueles e indiferentes a componer música, escribir poesía o… ¡salvar al mundo!

La empatía por la naturaleza

Hace más de un siglo, el filósofo y escritor español Don Miguel de Unamuno, plasmaba una reflexión admirablemente cierta sobre la naturaleza y nuestra vida actual: “Pocos sentimientos hay que procuren al hombre mayor consuelo en sus penas, más descanso en sus trabajos, más calma en medio de las luchas por la vida y más serenidad para el ánimo que el sentimiento de la Naturaleza. Cuando se posee éste con alguna viveza, la contemplación del campo es el más grande sedativo para las enfermedades del espíritu. Aspirando paisaje se goza de uno de los mayores placeres de la vida”. Sin duda, ese denominado “sentimiento de la naturaleza” sería nuestra mejor arma para protegerla de quienes no sienten empatía por ella.

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Es así como aterrizo de nuevo en la vida cotidiana y ese “déficit de naturaleza” que sufrimos en la actualidad, donde la sociedad moderna se ha concentrado en fríos y estériles centros urbanos, distanciándose cada vez más de lo que antes fuera nuestra inseparable compañera de evolución, que aunque la hemos olvidado, todavía constituye la base de nuestra subsistencia: La Naturaleza. Hemos olvidado nuestro pasado histórico bendiciendo las bondades de la ciudad, ignorando el deterioro que nuestra forma de vida está causando, y si no tenemos cuidado, cada vez serán más los niños, jóvenes y adultos que no tendrán empatía por la naturaleza.

Poner manos a la obra

Para lograr el propósito de “salvar al mundo”, debemos ser empáticos cada minuto y cada día, sin que esto signifique que debamos rasgarnos las vestiduras y sabotear a las grandes compañías “destructoras del planeta”. Basta con implicarnos un poco “localmente” y ofrecer nuestro tiempo en labores altruistas, o ser atentos a los problemas que la naturaleza está enfrentando por causa de nuestras actividades diarias.

Cuidar lo que comemos es importante, pues la mayoría de los productos del mar que se venden en el mercado (inclusive los de acuacultura), están siendo altamente perjudiciales para otros seres que habitan el océano, como las ballenas y delfines. Otro paso más es reconocer que estamos desperdiciando mucha agua o por qué no intentar algo mejor: Reencontrarse con la naturaleza. Sienta cómo en cualquier momento del día, la luz del sol le infunde vigor y alegría de vivir, sin olvidar el regocijo que nos causa poder refugiarnos debajo de la refrescante sombra de un árbol. Propóngase a no pisar a diestra y siniestra a cuanto bicho se encuentre, y tómese un instante para reflexionar y caer en cuenta de que ese bichito no tiene la culpa de estar ahí.

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Propóngase a generar menos basura, evite utilizar productos desechables, propóngase a separar y reciclar, a ahorrar agua y a consumir exclusivamente la energía indispensable y necesaria. Propóngase a caminar, o a utilizar el servicio público, o al menos conducir de una forma “menos agresiva”, con lo que consume menos combustible.

Mi deseo para este año que inicia es que nunca olvidemos abrir nuestros corazones y nuestra mente ante los demás, pero sobretodo ante esos seres de la naturaleza que pasan desapercibidos en nuestro día a día. Sentir compasión y comprender, ponernos en el lugar de los demás, nos hace ser mejores personas, pero sobretodo nos hace ser mejores habitantes del planeta Tierra.

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Mi primer día con los primates

Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena.
Conociendo a mis parientes
Como biólogo conservacionista, he tenido la fortuna de experimentar y vivir de cerca con admirables y majestuosos animales, desde los más pequeños insectos y anfibios, hasta las enormes ballenas jorobadas. Sin embargo, nunca tuve la oportunidad de trabajar directamente con primates, esos animales tan parecidos a nosotros, y tan diferentes a la vez. Hace poco tuve la suerte de ser aceptado como voluntario en una fundación europea para el rescate de primates, en su sede española. Es un lugar muy grande y moderno, enclavado en una zona natural privilegiada. Su objetivo principal es darle hogar permanente a primates rescatados de condiciones deplorables de diferentes partes de Europa, sean zoológicos en descuido o ilegales, casas particulares, circos o laboratorios de investigación. Aquí reciben a individuos que por razones particulares no pueden ser acogidos en ningún otro lugar, por lo que se les brinda un sitio agradable y amplio donde podrán pasar el resto de sus vidas bajo excelentes condiciones de vida, teniendo tanto una zona interior como una amplia zona exterior llena de vegetación autóctona.
En este lugar se encuentran 4 diferentes especies: Macacos cola de cerdo (Macaca nemestrina), Babuinos hamadryas o Papiones sagrados (Papio hamadryas), Chimpancés (Pan troglodyte) y dos simpáticos grupos de hembras de Macacos cangrejeros (Macaca fascicularis) que fueron rescatadas hace muy poco. Algunos animales son viejos, otros jóvenes, y hay un chimpancé que tiene más de 40 años de edad, probablemente capturado por el método tradicional y traumático de matar a la madre en el medio silvestre para luego vender a la cría en el mercado negro. Todos tienen historias tristes y conmovedoras, por lo que cada día sus cuidadores intentan darles la mejor vida posible en compensación a todo lo que se les ha hecho. Previamente, y con mucho esfuerzo y paciencia, todos estos animales fueron sociabilizados en Holanda y actualmente cada individuo de su misma especie forma parte de uno o más grupos que podríamos identificar como “manadas”, donde el régimen social (las jerarquías) se establece por ellos mismos, reconociéndose así a un líder natural para cada grupo.
Frente a frente con los chimpancés
Mi primer día fue verdaderamente impresionante pues me causó unas sensaciones difíciles de describir, aunque ciertamente profundas que me dejaron mucho para reflexionar. Podría decir que fue una experiencia que sacudió hasta la última neurona de mi cerebro, llevándome en unos instantes a sentirme tan intimidado por su poder como asombrado por su obvia inteligencia y la mirada tan profunda que tienen, que te transmite sensaciones de compasión, tristeza y por qué no decirlo, de miedo y profundo respeto.
Ese día comenzó para ellos como cualquier otro día de rutina. Dado que las instalaciones son muy grandes y hay tanto qué hacer, el día se te va volando, por lo que hay que trabajar a contrarreloj. Debemos limpiar las instalaciones de cada grupo de animales y sus correspondientes áreas abiertas donde pasan el día, además de prepararles los 3 alimentos basándonos en rigurosas dietas específicas compuestas de vegetales y frutas, así como de preparados especiales que se denominan “enriquecimiento”. Todas las comidas se preparan por separado y con mucha higiene, siguiendo las instrucciones especiales para cada hora del día, para cada grupo y en algunos casos para cada individuo en particular…
Me tocó iniciarme en la sección que comprende a los los chimpancés y los babuinos, divididos en sus propias áreas. Existen muchas medidas de seguridad y se sigue un estricto protocolo de cosas que puedes hacer y que no debes hacer, pues en un instante de descuido de nuestra parte puede ocurrir una tragedia, dado que son animales extremadamente poderosos. Desde que nos acercamos se escuchaban gritos ensordecedores y golpes continuos en las puertas del interior. En los documentales sobre chimpancés que pasan por la televisión escuchas los gritos, pero este es sólo un pequeño rango de las ondas sonoras que no se acercan en lo absoluto a lo que escuchas en vivo. Ese instante es verdaderamente intimidante, y sientes cómo tu cuerpo vibra con los profundos sonidos que penetran hasta tus huesos. Al entrar al encierro de los chimpancés (la zona interior donde duermen), el ruido de los gritos era tan fuerte que a pesar de no estar aún frente a ellos, y a tan sólo unos centímetros de mi guía no podía escucharle nada de lo que me decía casi a gritos. Sentí miedo de siquiera acercarme, aún sabiendo que existe una gruesa reja metálica entre ellos y nosotros.
De alguna forma ellos sabían que alguien nuevo había llegado, y podría asegurar que eran capaces de olfatear la inseguridad que emanaba de cada célula de mi cuerpo. En ese momento yo aún no podía ver a los chimpancés, pues hay un pasillo muy pequeño, donde una delgada cortina me ocultaba de sus miradas que atentamente buscaban alguna señal de debilidad de mi parte.
Entre gritos y golpes en las rejas y puertas se me advirtió mantenerme alejado de los barrotes, no hacer movimientos bruscos ni mirarlos fijamente a los ojos. Mi guía me dijo (sin tomarle importancia) que algunos chimpancés acostumbran escupir a los extraños, y que por ningún motivo debía reaccionar a su agresión, pues sería un estímulo para que continuaran haciéndolo. Apenas terminó sus palabras y ya estábamos de frente a los 8 chimpancés que estaban ansiosos por conocerme. En cuanto me acerqué a “distancia de tiro” recibí un enorme escupitajo, jugoso y de penetrante olor que me dio atinadamente en un costado de la cara. Un segundo escupitajo a unos segundos del anterior me volvió a salpicar la cara, el cuello y mi chamarra. Valiente y obedientemente resistí la sensación de cómo poco a poco éstos escurrían por mi cuello, hasta que tras unos largos segundos se me permitió tomar una toallita de papel para secarme. El resto del día no pude quitarme el olor, como un recordatorio de quiénes mandan en estas instalaciones. Tras unos segundos de una desagradable experiencia, Los chimpancés se tranquilizaron y me observaron hasta el último detalle sin agresión alguna, dejando de hacer ese ensordecedor bullicio. Fue como si ésta hubiera sido mi bienvenida, para no llamarle una “novatada”. Habiendo aceptado humildemente su bienvenida, reconozco que el día estuvo plagado de agradables sensaciones y buenas experiencias. Respetando la regla de no mirar directamente a los animales, los babuinos se portaron bastante bien conmigo y me sentí más relajado.
Por otra parte los macacos, en la sección de enfrente son más “amigables”, pues al contrario de los chimpancés y babuinos, éstos buscan tu mirada y gesticulan continuamente cuando te ven, buscando les contestes con algún gesto que ellos reconocen como una señal de aprecio y confianza. Te levantan las cejas, mueven la cara hacia arriba y gesticulan graciosamente, pero resulta aún mas divertido cuando les contestas haciendo lo mismo y se entabla una extraña conversación diciendo “no se qué  dices, pero estoy felíz”. Cuando están libres en la zona exterior te miran desde lejos, caminan hacia ti y se detienen esperando respuesta, para luego continuar y sentarse en la orilla de su amplio espacio al aire libre, y me resulta muy curioso que el líder de los macacos está obsesionado con los zapatos de la gente, observando con dedicada admiración cómo son, qué suelas tienen y de qué color son.
En este sitio existe una rigurosa política de interactuar con ellos lo menos posible, así que no se les toca ni se les permite que te toquen para no establecer vínculos afectivos. Todas las macacas cangrejeras están siempre vigilantes de lo que sucede en el exterior, paradas a la orilla de una ventana de policarbonato. Tenían poco tiempo de haber llegado, y debían adaptarse paulatinamente a las rutinas antes de permitírseles salir al exterior. Todos estaban nerviosos de cómo reaccionarían ante la libertad de estar en un espacio abierto, luego de nunca ver el sol ni de tocar la tierra. ¡Ni siquiera sabían lo que eran las piedras o sentir el viento! Sin embargo, y para sorpresa de todos, el primer día que se les permitió salir, se adaptaron muy rápido a sus nuevas instalaciones y se sintieron confiadas de explorar su recinto exterior. Dados los traumas y malas experiencias a los que fueron sometidos, muchos animales necesitan meses e incluso años para atreverse a salir al exterior. Fue conmovedor y muy significativo para mí el haber presenciado “su primera vez”, y ver en sus ojos la expresión de sorpresa y curiosidad ante esa nueva y agradable experiencia, viéndolas cómo recolectaban pequeñas rocas y conchas de caracoles, como preciosos tesoros de inmensurable valor.
En cuanto a los alimentos, tanto el desayuno como la comida se les da por fuera, pues están en las zonas abiertas, así que se les lanza la comida desde una plataforma y se les observa cómo se comportan. El equipo está siempre cuidando que todos coman y vigilan que no haya señales de enfermedad o de agresividad entre ellos, tomando nota de cada detalle de su comportamiento. La cena es la parte más interesante, pues con ello se les obliga a entrar de nuevo a sus encierros, limpios y con comida escondida por todas partes, lo que les emociona mucho. Están instalados algunos “dispositivos” donde se puede esconder la comida y obligar a los animales a buscar su comida, debiendo usar herramientas para sacarla, ya sean sus manos y largos dedos, o unas varitas con las que empujan la fruta para sacarla. Hay otros muchos dispositivos y técnicas especialmente diseñados para estimular sus mentes.
Las labores de limpieza no son muy agradables, pues hay que recoger sus abundantes y coloridos excrementos, que por cierto también utilizan en ocasiones para pintar las paredes. Técnicamente a este comportamiento se le conoce como “painting”, y aunque éste es considerado como un comportamiento “anormal”, yo sinceramente creo que son verdaderas obras de arte, realizadas con improvisadas técnicas y con el material que tienen a la mano, como una respuesta inherente a la cautividad. Durante toda mi estancia me dediqué a fotografiar sus creaciones, mismas que me resultan verdaderamente asombrosas. Se puede apreciar en todas ellas que no es sólo “embarrar”, pues aplican distinta presión, giros que echan a volar la imaginación. Normalmente éstas pinturas son realizadas exclusivamente con la boca, aunque pueden usar los dedos para el toque final.
Poco a poco, y día tras día, pude ir conociendo a cada individuo en particular, y en cuestión de días ya podía reconocer a cada miembro de las manadas. Cada uno tiene su muy particular personalidad, y resulta imposible no crear vínculos emocionales con ellos. Hace unos días tuve la oportunidad de visitarlos y me alegró mucho la calurosa y amable bienvenida que me dieron, como cuando te reencuentras con un viejo amigo. No hubo agresión, sólo una conversación de miradas y silenciosas caminatas.
No sólo compartimos el 99% de nuestros genes, sino que llevamos una herencia igualmente compartida de actitudes y acciones instintivas que me resultan tan asombrosas como familiares. Aprendí una lección de humildad, reconociendo en ellos ese espíritu que los humanos tenemos y que nos hace ser tan agresivos y conspiradores como amables y tiernos, curiosos, inquisidores e inventivos.
Veo en ellos a unos seres increíblemente inteligentes que por nuestra ingenuidad e ignorancia, los hemos obligado a vivir como animales de circo, creándoles traumas irreparables y forzándolos a vivir de una forma que ningún animal o humano merece. El trabajo que en esta fundación se realiza es admirable por donde lo vea, pero es doblemente loable al luchar por brindarle a éstos animales una vida digna y llena de tranquilidad, a la vez de luchar incansablemente por promover la creación de mejores leyes y sobre todo por educar a la sociedad y evitar que más animales sean esclavizados en circos y zoológicos, o torturados en laboratorios.
A todos aquellos que niegan nuestra relación evolutiva con los primates, les digo que deberían de interactuar de cerca con ellos. Eso les ayudará a ser mejores personas; no sólo porque verán en ellos a seres inteligentes, sino porque en ellos se refleja tanto lo peor como lo mejor de los seres humanos. Una cura de humildad no le viene mal a nadie.

La crueldad hacia los animales en nuestra sociedad: una costumbre brutal

 

Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Todos y cada uno de los seres humanos hemos sido actores, partícipes o testigos de algún acto de crueldad animal. El verdadero problema es que la crueldad animal no termina en el sufrimiento que causamos intencional o accidentalmente a algún ser vivo, sino que es el comienzo de un conflicto social complejo, capaz de destruir familias y sociedades enteras.

Definiendo la crueldad

La crueldad se define en sí como el acto en el que alguien se deleita en hacer sufrir o se complace en los padecimientos de cualquier ser vivo. Sin embargo, existen muchos tipos de crueldad y maltrato que no son comúnmente considerados como tales y que voluntaria o involuntariamente aplicamos en la vida diaria a nuestras mascotas, a los animales silvestres o de granja. Un animal que es molestado constantemente, un perro encadenado y con collar apretado, o que no tiene agua ni comida es una forma de abuso, y su dueño está siendo cruel. Otro ejemplo es la forma de transportar, hacinar y sacrificar el ganado y las aves que nos alimentan suele ser muy cruel, aunque no lo veamos.

El hecho de no ver que se comenten maltratos o actos de crueldad no nos libera totalmente de nuestra culpa, pues en muchas ocasiones somos testigos “sordos” de actos deliberados que se cometen en el vecindario. La indiferencia es cómplice del delito y muchas veces hay algo que podemos hacer para evitarlo o prevenirlo.

La crueldad como arte y deporte

Desafortunadamente, existen actos de crueldad que son ampliamente aceptados por la sociedad y quienes lo comenten son celebrados y festejados, como ocurre con las tradicionales corridas de toros, peleas de gallos y actos similares, defendidos a capa y espada por sus malinterpretados “orígenes culturales y/o tradicionales”.

Tal vez alguno de mis lectores se sentirá ofendido o en desacuerdo por mis aseveraciones. Afortunadamente existe el libre pensamiento, y éstas reflexiones son simplemente un reflejo muy particular de mi forma de ver la vida y de mis valores personales:

Aunque muchos aseguren que la tauromaquia es un arte, éste es y seguirá siendo uno de los actos más cobardes de abuso y extrema crueldad hacia un animal que, sin otra opción, no hace más que seguir su instinto de supervivencia hasta el último aliento, en un acto bárbaro donde nunca es enfrentado en igualdad de condiciones y mucho menos tiene la opción de elegir su destino. Por si fuera poco,  los amantes de este deporte dan justificaciones fisiológicas absurdas y falsas sobre las razones por las cuales éstos animales son heridos y mutilados, argumentando por ejemplo, que ésta es la razón de existir para los toros, y que los objetos que se clavan en su cuerpo sólo tienen la función de “ayudarle” a liberar la tensión. Para no entrar en más debate, omitiré mencionar la variedad de torturas secretas a las que son sometidos desde antes de entrar al ruedo, con el único fin de hacerlos menos peligrosos, predecibles y fáciles de dominar.

Sorprendentemente, aunque la tauromaquia es una de las más famosas y terribles “tradiciones humanas”, existen muchas otras en las que los toros (y otros animales) se ven llevados a una lenta y sanguinaria muerte. En España, aún hoy en día existen distintas celebraciones populares donde a los toros (por citar un ejemplo), se les prende fuego a sus cuernos (“Bou embolat” o toro embolado), se les ahoga (“Bous a la mar” o toros al mar) o se les mata a picotazos con filosas lanzas (“Toro de la Vega” o lanceros de Tordesillas).

Sin entrar en más dolorosos detalles de lo que a éstos y a muchos otros animales se les hace diariamente en todo el planeta, debo hacer hincapié que lo más preocupante es el ver cómo la gente disfruta de este tipo de actividades sádicas, haciendo caso omiso a lo que muy dentro de su corazón (si es que lo tienen), saben que está mal. ¿Cómo se puede disfrutar al observar el sufrimiento visible y atroz de un ser vivo?

Afortunadamente, somos cada vez más quienes nos oponemos abierta y categóricamente a estos actos de barbarie, que son ampliamente rechazadas por las mayorías sociales del mundo entero, y que cada vez ejercen más presión social para prohibirlas definitivamente.

 Afortunadamente, las voces de quienes repudiamos estas atrocidades,
son cada vez mayores y más fuertes.

La psicología humana y la crueldad: más de lo que se ve

Resulta sumamente interesante que los más reconocidos psicólogos del mundo coincidan en que la crueldad hacia los animales y la violencia humana van de la mano, y que un elevado porcentaje de delincuentes violentos fueron en su niñez crueles maltratadores de animales. Casi todos los niños atraviesan una etapa de “crueldad inocente”, donde lastiman y matan insectos u otros animales pequeños en el proceso de explorar el mundo y descubrir sus habilidades. Sin embargo, la mayoría de ellos se tornarán (con el paso del tiempo y con la guía de sus padres) sensibles al hecho de que los animales pueden sentir dolor y sufrir igual que nosotros, por lo que evitarán lastimarlos. Yo mismo recuerdo haber atravesado esa etapa, tras la que afortunadamente me enlisté en lado de quienes nos preocupamos por el respeto a la naturaleza.

Los criminólogos señalan a la crueldad contra los animales como una característica típica para identificar a aquellos jóvenes con el “potencial” de convertirse en futuros criminales, y la crueldad intencional contra los animales es una señal de serios y profundos problemas psicológicos que deben ser atendidos profesionalmente. El término médico de este problema se denomina “psicopatía”, y se ha comprobado que la crueldad animal es comúnmente cometida por personas inseguras, con una autoestima baja, y que buscan sentirse poderosas o dominantes hacia el más débil. Los estudios demuestran que en general, son personas que han sufrido (o están sufriendo) algún abuso por parte de algún familiar, y que suelen ser adolescentes o adultos jóvenes masculinos con pocas amistades y con malas notas académicas.

Desafortunadamente, los toros son uno de los animales que sufren
más maltratos en el mundo entero.

Doble responsabilidad

La mayor parte de las personas que justifican el maltrato y la crueldad hacia otros seres vivos, aseguran que es un derecho “divino” que los humanos tienen sobre las demás especies del planeta por su inteligencia “superior”, cuando es ésta inteligencia y raciocinio la que debe distinguirnos del resto de los animales. Tristemente, esa inteligencia que privilegia a los seres humanos no ha sido debidamente aprovechada para hacernos conscientes del importante papel que jugamos en nuestro planeta, y sobre todo de la doble responsabilidad que tenemos por ser precisamente “seres racionales”.

No debemos callar ante el abuso diario que presenciamos hacia los animales, sin importar que sean domésticos o silvestres, grandes o pequeños. Seamos la voz de aquellos que no pueden hablar, pues si respetamos la naturaleza nos respetaremos a nosotros mismos. No debemos olvidar en ningún momento que la compasión y la empatía, son dones que nos hace ser mejores personas.

Fotografiando la naturaleza

Un momento único captado para siempre. 
Ningun animal en cautiverio o disecado puede 
transmitir las sensaciones que una fotografía 
puede contagiar.

Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

      ¿Quién de nosotros no ha recibido un mensaje con fotografías de paisajes increíbles o animales majestuosos, y nos hace sentir “un poquito” más cerca de la naturaleza? En ocasiones, para algunos de nosotros, ese es nuestro momento más cercano a la naturaleza en mucho tiempo, ya sea por falta de tiempo o de dinero.

 De la pintura a la fotografía

Desde tiempos ancestrales, los humanos hemos intentado plasmar permanentemente un momento especial, un paisaje o un escenario natural. Así surgieron los primeros petroglifos y las primeras pinturas rupestres, y poco a poco, hemos pasado de la ilustración hacia la fotografía.  Hace un par de décadas, la fotografía de la vida silvestre era una actividad que estaba al alcance de muy pocos. Biólogos y ecólogos utilizaban los métodos tradicionales de “hacer ciencia”, capturando y cazando a sus presas para insertar sus cuerpos inertes en colecciones científicas, para aprender más sobre su biología y sus hábitos.

La pintura fue un recurso muy importante para 
nuestros ancestros, quienes plasmaban lo
que para ellos era importante, transmitiendo
y perpetuando el conocimiento.

La fotografía como método científico

Poco a poco la ciencia ha recurrido cada vez más a la fotografía para dar validez a trabajos de investigación sobre la vida silvestre, recolectando evidencias fotográficas irrefutables y manteniendo a los animales vivos y libres en su medio natural. Poblaciones enteras de ballenas, delfines, jaguares y hasta del tiburón ballena han sido estudiadas a través de las fotografías. Imagínese tantos animales de hábitos esquivos y que viven en lugares remotos y de difícil acceso. Mucho de lo que se conoce sobre éstos animales ha sido gracias a la fotografía de éstos animales, que en muchos casos tienen rasgos únicos que les permite ser identificados individualmente.

El caso del Jaguar es un caso muy especial, pues es como un fantasma, autor de historias y mitos, pero rara vez observado. Hoy en día, gracias a las “trampas fotográficas”, se sabe que hay una población de jaguares en el Estado de México. A pesar que nunca fue observado, uno de estos animales fue fotografiado por una cámara oculta a 1,840 metros de altura sobre el nivel del mar, un lugar donde pocos imaginarían que el jaguar podría existir.

La población de ballenas jorobadas ha podido 
ser contabilizada gracias a la fotografía, 
ya que sus colas son como huellas
digitales, al tener patrones de coloración 
y marcas únicas para cada individuo.

De la cacería con armas, a la cacería fotográfica

Hoy en día la fotografía es una herramienta indispensable, sea con propósitos de investigación o de simple ocio, y la cacería fotográfica ha comenzado a sustituir a la cacería tradicional, donde el trofeo no es el animal mismo, sino una fotografía que plasma un momento irrepetible y único, de un ser vivo sorprendido in-fraganti en su medio natural. Tal vez el mejor y más famoso ejemplo ocurrió en África, donde personalidades de todo el mundo iban de cacería, introduciéndose en las selvas y sabanas africanas en busca de un trofeo que tras horas o días de acecho, terminaría descansando inerte y sin vida, sobre un muro frío en un país distante.

Fotos que trascienden y crean conciencia

Contrario a los animales disecados como trofeos de caza, una fotografía es el mismo resultado de paciente búsqueda, pero que no sólo muestra a la especie que fue sorprendida, sino que es capaz de transmitir un mensaje, causar sensaciones y crear emociones que pueden contribuir a la sensibilización de quien la admira, ayudando en última instancia a la protección y conservación del mismo animal y de su hábitat. Ahora, África es uno de los sitios del mundo donde los safaris fotográficos se realizan comercialmente, dejando ingresos económicos mucho mayores a los que se percibían a través de la cacería con armas.

La fotografía de la naturaleza es una actividad 
que ha crecido exponencialmente durante 
las últimas décadas. Esto contribuye a la
conservación de los sitios naturales y al 
respeto a la vida silvestre. 

Enseñar lo desconocido a los habitantes de la tierra, fue y sigue siendo una de las aplicaciones más prácticas de la fotografía, traspasando fronteras y culturas de una forma tan dinámica, que puede además transmitirnos conocimientos sobre el clima, las estaciones, la geología, la fauna y la flora del lugar donde ésta fue tomada.

Tal vez, ésta sea la mayor bondad y el mejor atributo de la fotografía: Te da lo mejor del planeta, sin hacerle daño alguno. ¡Eso es verdaderamente genial!

Me declaro “CULPABLE”

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Cada vez somos más las personas que sufrimos de algún trastorno psicológico provocado por vivir en un entorno urbano. No necesitamos vivir en una ciudad grande y aglomerada para tenerlo, y lo peor es que no somos consientes de éste problema:

El síndrome del “No me importa”

Tal vez se pregunte por qué éste artículo trata un tema de “psicología” en un blog sobre la naturaleza. La respuesta no es sencilla, pero tampoco tan compleja. Simplemente, como sucede con la mayoría de los artículos que escribo, algo ocurre o algo veo que me hace echar a volar la imaginación. En este caso, todo comenzó cuando mientras paseaba con mis perros, observé a una familia de turistas extranjeros recolectando botellas de plástico mientras caminaban por la playa, quienes a los pocos metros ya llevaban las manos llenas, y les faltaba un largo camino para llegar al depósito de basura más cercano. Me acerqué a ellos y les pregunté la razón del por qué lo hacían, para lo que el padre de la familia, con una gran sonrisa en su cara me contestó: “porque es basura y no podemos dejarla ahí”. Para ser sincero me sentí bastante avergonzado, lo que me hizo reflexionar el por qué yo, y por qué muchos otros simples ciudadanos del mundo, no las recogemos y seguimos de largo.

Como biólogo conservacionista, me dedico a promover la conservación de la naturaleza y a actuar en consecuencia, pero tras este encuentro me di cuenta que hacía mucho tiempo que no recogía ninguna basura de la playa, mientras hacía mi trabajo protegiendo tortugas marinas. Qué vergüenza que los turistas sean quienes vienen a recoger la basura que la gente local tira y deja en la playa tras una tarde de disfrutar y divertirse “gratuitamente” de la naturaleza, en su propia casa.

Así pues, me di a la tarea de analizar el por qué somos así, y descubrí algo que se llama el “Síndrome de Genovese”, que en palabras más sencillas podría definirse como el “complejo del mal samaritano”, y que se explica como la indiferencia y la falta de responsabilidad que sentimos quienes vivimos en la ciudad, o en lugares urbanos aglomerados. Este complejo nos hace “evitar” situaciones que nos provocan algún tipo de tensión o de estrés, por lo que ahora omitimos hacer cosas que antes nos resultarían muy sencillas, como ayudar a una persona o a un animal en problemas; o en este caso en particular, a recoger la basura que “no es nuestra”. El simple hecho de recogerla nos hace instantáneamente responsables de ésta, obligándonos a buscar un sitio adecuado para su disposición final.

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Una escena ejemplar: Orgullosos turistas mostrando sus “tesoros”, que de forma anónima y desinteresada recolectaron durante su caminata por las playas de Bahía de Banderas, México.

Desconectados de la naturaleza

Vivir en la ciudad nos hace “desconectarnos” de la naturaleza, olvidándonos de ese profundo enlace que existe entre nosotros y el planeta en que vivimos. Cada vez miramos menos al cielo, salimos menos al campo o a la playa, y nos hundimos más y más en un mundo “artificial” y carente de vida. El cierre de nuestros sentidos a las sensaciones provocadas por el mundo natural, ocasiona que nos adaptemos fácilmente al deterioro ecológico y a la decadencia. El problema de esta adaptación es que nuestra calidad de vida se degrada progresivamente, disminuyendo nuestro respeto a la vida y a la naturaleza misma.

Declaración y sentencia

Habiendo hecho este análisis, dejaré de lado los aspectos culturales, de educación y de valores que sin duda influyen enormemente en nuestra “voluntad” de hacer lo correcto, para pasar directamente a mi declaración más humilde y sincera, donde reconozco que soy culpable de haber caído, sin siquiera notarlo, en las garras de la indiferencia. Acto seguido, y habiendo hecho esta declaración, me sentencio a mí mismo a ser más consciente de mi entorno y a ser menos indiferente, recolectando la basura que me encuentre en la playa (o en cualquier lugar), aunque ésta no sea mía.

Sin más declaraciones qué hacer, no me queda más que preguntarle, mi estimado lector:

Usted, ¿Cómo se declara?