Naturaleza Urbana: ¿una paradoja?


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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Si nos apegamos a la historia del desarrollo de la humanidad, pareciera que nuestro objetivo es luchar contra la naturaleza, y más allá de conocer las leyes que la rigen, buscamos trascender y usarlas para nuestro propio provecho.

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Según el catedrático español José Fariña Tojo, las ciudades se originaron como lugares para defendernos de los animales, de las inclemencias del tiempo y de los desastres que no éramos capaces de controlar. Parecía que en primera instancia las ciudades funcionaban, pues la humanidad se reunía y encerraba en lugares muy específicos.

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La fundación de una ciudad implicaba un profundo conocimiento del entorno natural, donde se consideraba la disponibilidad de agua, el tipo de suelo, el clima y la vegetación, pero a medida que la población ha crecido exponencialmente, las prioridades han cambiado: las áreas naturales son eliminadas paulatinamente, dando lugar a calles y concreto que mucho han modificado las condiciones climáticas tan favorables de antaño.

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Parece que nuestras autoridades -y nosotros mismos- hemos olvidado por completo la importancia y los beneficios que las áreas verdes nos otorgan tanto física como mentalmente, sin importar su tamaño. Con el levantamiento de muros de concreto y calles por doquier, cada vez los seres humanos nos hacemos más ajenos de la naturaleza a la que pertenecemos, llegando al grado de asustarnos por la presencia de un insecto en nuestro hogar.

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Un jardín, un parque, un espacio verde en una ciudad de concreto nos hace sentirnos más relajados, funcionando como un vínculo sicológico con la naturaleza y el campo. Basta un pequeño número de árboles y plantas para suavizar lo que sin ellos sería un entorno totalmente edificado y artificial. Además de ser un beneficio al que todos los habitantes tenemos derecho, las áreas verdes son un importante medio de control de temperatura y humedad, creando un clima más estable y cómodo.

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Basta circular por una zona sin edificar a las orillas de la ciudad para darse cuenta de cómo la temperatura es más agradable, con una variación inclusive de varios grados de temperatura. Así de sencillo, la creación de áreas verdes contribuye enormemente al mejoramiento del clima, así como combatir y dispersar las concentraciones de contaminantes que genera la ciudad, como son los gases emitidos por nuestros vehículos.

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Pero, ¿por qué debemos “crear” áreas verdes donde antes ya lo eran de forma natural?, ¿Por qué al crecer las ciudades no se planifica respetando zonas naturales y en su lugar se prefiere “tumbar” para luego plantar unos pocos árboles que con penurias sobrevivirán? He ahí la paradoja, una contradicción entre la naturaleza y la ciudad, el desarrollo y la conservación. No es lo mismo decir “la naturaleza en la ciudad”, que “una ciudad en la naturaleza”, y en las manos de todos nosotros está el lograr romper la paradoja.

La paradoja, por definirlo de otra manera, está en nuestra tendencia de aislarnos y distanciarnos de la naturaleza, viviendo en un mundo donde es muy difícil para nosotros percibir la dependencia que tenemos de la tierra, sin siquiera enterarnos del origen de los productos y materiales que consumimos. ¿Y cómo romperemos la paradoja? Se trata de construir un nuevo tipo de relaciones entre la naturaleza y lo urbano, valorando las repercusiones que las actividades urbanas tienen sobre el entorno y buscando una interrelación más armoniosa entre ellos. Los valores más básicos del ser humano deberán ser la mejor herramienta para cambiar nuestra forma de ver el planeta y lo que estamos haciendo de él, pero para cambiar el mundo debemos comenzar por nuestras casas y nuestras ciudades.

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Nunca olvide que la inteligencia y la conciencia humana pueden hacer milagros, pero éstas deben ser estimuladas para crear resultados. Ese gran valor que existe en cada uno de nosotros, donde muy en nuestro interior nos preocupamos por nuestros hijos, sus derechos, sus esperanzas y su futuro, es lo que puede crear un sentido de responsabilidad personal: Debemos aprovechar lo que tenemos a la mano, pues no basta una excursión de fin de semana para sensibilizarnos, y es ahí donde el milagro comienza: La naturaleza urbana, esos pequeños parches de vida que existen en la ciudad, son un elemento clave para valorar nuestro entorno y reconectarnos.

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Mi consejo es que la próxima vez que tenga un momento de tranquilidad en un parque o plaza, abra sus ojos y su mente: Disfrute de esa pareja de tortolitas descansando cariñosamente sobre el tendido eléctrico; cierre a continuación sus ojos y escuche los sonidos de la vida a su alrededor. Finalmente abra su corazón y dígase a sí mismo: Por mi bien y el de mi familia ¡Basta de vivir a costa de la naturaleza!

Cultivando la capacidad de asombro

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena.

Hace un tiempo, se me ocurrió hablar sobre la empatía como una herramienta que tenemos a nuestra disposición para hacer de nuestro mundo un mejor hogar.

La empatía es un sentimiento maravilloso que nos permite comprender las emociones de los otros y vivirlas como propias. Es una herencia evolutiva que compartimos con los mamíferos, aves -y estoy seguro que también con el resto de los animales-. Desafortunadamente, a lo largo de nuestra vida -una vida que a veces no es nada fácil de llevar-, nos vemos obligados a protegernos o a aislar nuestra mente de lo que vemos alrededor, en un acto de “autoprotección y supervivencia”, haciéndonos menos sensibles al dolor y las injusticias que hay a nuestro alrededor. Vivir en la ciudad nos hace “desconectarnos” de la naturaleza, olvidándonos de ese profundo enlace que existe entre nosotros y el planeta en que vivimos. El cierre de nuestros sentidos a las sensaciones provocadas por el mundo natural, ocasiona que fácilmente nos adaptemos -o nos acostumbremos- al deterioro ecológico, sin apenas percibirlo.

Es asombrosa la capacidad que la naturaleza tiene para revertir los daños que le causamos, y sin embargo, no nos asombramos: Hemos perdido nuestra capacidad de asombro porque hemos olvidado lo que realmente importa, lo que da sentido a nuestra existencia y nos permite trascender.

Los filósofos Platón y Aristóteles plantearon que la capacidad de asombro no es otra cosa que la admiración y la extrañeza que siente el hombre ante la realidad que lo rodea, extendiéndose además a la conciencia de nosotros mismos y de las circunstancias que nos afectan, lo que me hace aterrizar en el título de éste artículo: Para trascender, es indispensable que encontremos la forma de mantener nuestro espíritu conectado con los estados emocionales más inspiradores de la naturaleza, y para lograrlo debemos despertar nuestra capacidad de asombro abriendo nuestros sentidos para ver y escuchar el maravilloso mensaje que continuamente nos da la naturaleza.

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Siempre se ha dicho que la niñez es el mejor momento para educar a los futuros adultos, aquellos futuros ciudadanos que disfrutarán -o sufrirán- el mundo que nosotros estamos forjando. Cuando pequeños, nuestra capacidad de asombro se encuentra en su máximo nivel de sensibilidad, aún no suprimida por nuestro obligado esfuerzo por crecer y dejar de ser niños. Recuerdo cómo éramos fácilmente “engañados o sorprendidos” por nuestros padres o familiares con cosas que ahora ni siquiera nos causarían gracia: Simular que te robaban la nariz enseñándote la mano cerrada con un dedo asomándose, era suficiente para hacernos llorar; o ponerte un caracol sobre el brazo y dejar que éste se deslizara sobre tu piel sería una sensación tan intensa que nunca podrías olvidar. Actualmente, con el uso cotidiano y continuo de las tecnologías, las nuevas generaciones se ven cada vez menos sensibles a las sorpresas, por lo que los estímulos correctos y gratos son indispensables para cultivar nuestra capacidad de asombro, y para ello no hay mejor escuela del asombro que la misma naturaleza.

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Para recuperar la capacidad de asombro de los niños modernos, hace falta enseñarles a valorar las horas de vida familiar y a realizar cotidianamente actividades positivas al aire libre, utilizando y estimulando todos nuestros sentidos para observar y poner atención en cosas tan sencillas como el cielo y las nubes, los aromas del campo, ver el comportamiento de las aves, analizar las hojas de los árboles y observar a los insectos. Pensar en el por qué de las cosas y comprender que la vida no es fácil para nadie, incluyendo a las aves o los insectos que intentan encontrar alimento y sobrevivir, nos permite ser más sensibles a la realidad que nos rodea, causando sentimientos de solidaridad y empatía.

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Enseñar a nuestros hijos a acariciar a un perro de la calle, a darle de beber y de comer, es un buen ejemplo de cómo un acto de generosidad puede cambiar no sólo la forma en que nuestros hijos perciban las cosas, sino que contagiará a quienes tenemos alrededor, sensibilizándolos. Tenemos la gran ventaja de que nuestra capacidad de asombro, aunque esté reprimida, puede ser estimulada fácilmente a través del contagio, poniendo el ejemplo con nuestras propias acciones. Si llenamos el mundo de actos de generosidad, solidaridad y empatía, entonces tendremos un “asombroso” cambio de actitud y por ende, un mejor futuro para nuestros hijos. ¿Qué estamos esperando? Pongamos entonces manos a la obra y ¡asombremos al mundo!

Naturaleza inspiradora… ¡Y ejemplar!

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Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena. Fotografías: Manuel Angel Aranda Portal y Oscar Aranda.

Existe una realidad absoluta: Que el mundo no gira alrededor nuestro. Vivimos en un mundo que gira y cambia constantemente… Y no estamos solos. En cada rincón del planeta; en cada océano, en cada árbol o en cada pedazo de jardín, existen otras criaturas además de nosotros, con sus propias vidas qué vivir y problemas qué enfrentar. En el mundo natural no se vale deprimirse o meterse en la cama esperando que llegue un nuevo día. Se vive y se sigue adelante. Tal vez, si fuéramos un poco más observadores, pacientes y receptivos, encontraríamos que, en la naturaleza, sobran ejemplos de valentía, generosidad y perseverancia.

En este breve viaje al mundo donde siempre suceden cosas interesantes, deberá usted hacer a un lado sus prejuicios. Deberá dejarse llevar por las acciones y los hechos, sin importar quiénes son los autores de semejantes proezas inspiradoras, pues muchos de esos ejemplos pueden venir de quien menos imagina: una araña, un murciélago, un pulpo o una garza, por mencionar a unos pocos. No hablaré de ellos, sino de sus hazañas.

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Se dice que el altruismo no existe en la naturaleza, y que es un término humano que no puede ser extrapolado al mundo natural. Sin embargo, y le pese a quien le pese, la búsqueda del bien común y sacrificarse para lograrlo es real. Muchos animales se protegen unos a otros y establecen extrañas sociedades en busca de un bien común, haciendo a un lado el egoísmo y el individualismo, llegando a hacer un verdadero trabajo en equipo, aún sin hablar el mismo idioma. Algunos sacrificarán parte de sus alimentos para compartirlos con quienes tuvieron un mal día. Otros sacrificarán momentos importantes de ocio para velar por la seguridad de los demás, mientras que otros más encontrarán aliados para superar obstáculos o simplemente, para pasar una noche segura, cálida y confortable. La crianza y la educación son temas que muchos animales se toman de verdad en serio, sacrificando literalmente sus vidas y dedicándose a cuidar no sólo a su numerosa familia, sino a otros que han quedado huérfanos. A todo ellos se brinda la misma atención, defendiéndolos y enseñándoles las pautas de comportamiento necesarias para sobrevivir. Sin duda hay quienes necesitarían haber sido criados y educados de ésta forma.

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La paciencia y la prudencia son fundamentales para sobrevivir, y tal vez sean uno de los mayores ejemplos a seguir. Acechar con paciencia es la clave de una cacería exitosa, pero esperar pacientemente a que tu depredador se retire, te garantiza la supervivencia. Ahí cuenta la prudencia, donde hay que conocer los riesgos y los límites de lo que se hace, y eso es algo que los animales saben hacer muy bien. En nuestra vida humana, la mayoría de los accidentes podrían evitarse, simplemente atendiendo a ese instinto básico que hemos suprimido casi por completo.

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Otra acción que todos deberíamos de tener presente es muy sencilla aunque difícil de llevar a cabo: Saber disfrutar de cada momento, y vivirlo como si éste fuera a ser el último. Sin importar que se trate de un delfín o de un escarabajo, siempre hay un momento para todo. El descanso es primordial, y los horarios se cumplen, ya que de ello depende un buen desempeño al día siguiente. De la misma manera, las cosas que se hacen se hacen siempre con entrega y decisión. Si hay que comer se trabajará duro para obtener la comida, y si hay que descansar, se descansará de verdad.

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La comunicación en el mundo natural es imprescindible y perpetua. No sólo es útil para hacer alianzas, encontrar pareja o alimento, sino también para reafirmar jerarquías, socializar y sobrevivir. En el mundo natural no hay un “sí pero no” (el clásico -no quiero pero no me atrevo a decírtelo-). Sólo hay sinceros “no puedo” o “tengo otras prioridades”, sin provocar rencores ni resentimientos. Simplemente la vida sigue y se sigue viviendo. Y hablando de la comunicación, basta pensar en cómo los humanos modernos hemos perdido esa profunda conexión con la naturaleza. Hace miles de años, nuestros ancestros ya sabían interpretar los mensajes de la naturaleza, y les prestaban atención, actuando en consecuencia. Ahora, aunque estamos destruyendo el planeta, todos somos un poco ciegos y sordos.

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En nuestra vida diaria, y en el día a día, es indispensable que encontremos y mantengamos un equilibrio entre nuestras acciones y en nuestras actitudes. Aunque nos cueste reconocerlo, la naturaleza nos ayuda a conectar nuestro espíritu con los estados emocionales más inspiradores: Despierta nuestra capacidad de asombro y genera sentimientos de paz, amor y armonía. Sólo necesitamos abrir nuestros sentidos para ver y escuchar el maravilloso mensaje de la naturaleza. Así que no lo olvide, sólo necesita algo que es vital para lograr lo que nos proponemos: ¡La voluntad de hacerlo!

¿A dónde van nuestras bolsas de basura?

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

En esta ocasión, quisiera hacerle un poco de justicia a la creciente e importante cultura del reciclaje y de responsabilidad ambiental. Desafortunadamente no me resulta fácil cuando, a pesar de que somos muchos los que cada día nos sumamos al esfuerzo por no llenar nuestro planeta de basura, las mismas empresas son quienes nos engañan (y probablemente son engañadas también) respecto a la contaminación que generan los empaques de sus productos o las bolsas en las que nos los entregan al llevárnoslos a casa. Me refiero en particular a las bolsas que los supermercados y tiendas de conveniencia utilizan para que podamos llevarnos la compra a casa, mismas que distribuyen gratuitamente y sin ningún miramiento. Nos las dan en todas partes, hasta en la tienda de la esquina, aún cuando no las necesitamos. A veces, sin darnos cuenta, llegamos a casa con al menos una decena de bolsas que tarde o temprano y con un poco de suerte, irán a parar directamente a un depósito legal de basura donde serán recicladas o enterradas. Sin embargo, muchas de ellas, por no decir la gran mayoría, acabarán en las calles, en los campos,  y finalmente en nuestros ríos y mares.

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Posiblemente, preocupado por la “bio-degradabilidad” de las bolsas, haya usted leído alguna vez lo que está impreso en algunas de ellas: Aunque muchas no indican nada, otras señalan que las reutilices y que tengas cuidado en que no se conviertan en basura. Algunas señalan que son bolsas “100% degradables” y también encontrará bolsas “100% Oxo-Biodegradables”. Para quienes no tenemos el tiempo de investigar a fondo lo que éstas etiquetas significan, podrían dejarnos tranquilos al pensar que ya no estamos contaminando el planeta y que éstas bolsas volverán a formar parte del medio ambiente, tal como ocurre con una hoja de un árbol. Desafortunadamente no es así, pues la Tierra no puede ni podrá por sí sola, digerir el plástico.

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Bolsas que se vuelven “invisibles” para nosotros

Que no las veamos no significa que no estén ahí, o que no contaminen. Las nuevas tecnologías han integrado algunos compuestos químicos que hacen que en cuestión de un tiempo relativamente corto, y con la ayuda de los rayos UV del sol, las bolsas de plástico se fragmenten en trozos minúsculos e imposibles de detectar a simple vista (de ahí el uso de términos “Oxo“ o “degradable”). El hecho de poder convertir a una enorme bolsa plástica en millones de pequeñas e invisibles micro-bolsitas de plástico que “naturalmente” se integrarán al medio ambiente, hace que a éstas bolsas se les clasifique como “biodegradables”, aunque a éstas partículas les tomará hasta cientos de años degradarse por completo. Los análisis científicos indican que apenas el 30% del contenido de una bolsa de estas características logra ser efectivamente bio-degradada, es decir, que casi su totalidad sigue contaminando.

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Ha llegado la Micro-Basura!

Apenas la ciencia se ha comenzado a dar cuenta de la realidad: Se ha creado una nueva forma de contaminación que está fuera de control y que amenaza causar más y mayores problemas que los que se están intentando solucionar. Por una parte, la nueva producción de bolsas tiene una “caducidad programada”, lo que las hace inviables en un periodo de alrededor de un año, y eso genera una mayor producción de plásticos. Otro aspecto importante a considerar es que ahora, todas esas bolsas de “nueva generación”, ya no pueden reciclarse, por los aditivos que llevan… Es decir, que irremediablemente pasan a formar parte de esa basura que no se puede volver a aprovechar. Por otra parte, se ha descubierto lo que se ha denominado como “Micro-Basura”, y que es tan pequeña que se mezcla con el plancton, pasando a formar parte inevitable de TODA la cadena alimenticia en el mar y sus zonas de influencia. Se ha descubierto que además de componer el 65% de la basura que hay en el mar, la Micro-Basura funciona como una “esponja”, absorbiendo los contaminantes con los que está en contacto en el agua y convirtiéndose en una partícula de “plástico súper-tóxico”. Tras ser ingerida, ésta libera todos los contaminantes que ha absorbido, junto con los químicos tóxicos con los que fue originalmente fabricada. Es ampliamente conocido que las sustancias químicas que se utilizan en la producción del plástico pueden provocar daños fisiológicos, genéticos y reproductivos, lo que nos debe hacer reflexionar sobre lo que está sucediendo y las consecuencias que esto acarrea en la salud de los océanos y de todos los seres vivos.

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Finalizo con una reflexión sobre qué es lo que nosotros, como “usuarios” del supermercado y del autoservicio podemos hacer: En algunos países las bolsas de plástico “gratuitas” están prohibidas, lo que obliga a los consumidores a utilizar menos bolsas. Algunas cadenas de supermercados se han rehusado a utilizar las bolsas degradables, recurriendo a la producción de bolsas hechas con plásticos reciclados. Este es un gran paso, pero la mejor y más efectiva acción que todos podemos tomar es muy sencilla y simple de implementar: Debemos utilizar bolsas reutilizables, que son más grandes, duraderas y resisten mucho peso. De esa forma evitaremos generar más basura contaminante e innecesaria. En nuestras manos está que hagamos la diferencia. O elegimos cargar con el peso de los plásticos tóxicos y contaminantes sobre nuestras espaldas, o cargamos orgullosos nuestras bolsas reutilizables y 100% ecológicas.

Me gustaría ser… ¡Un Zopilote!

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días, tuve la oportunidad de subir a la cima de una de las montañas más altas de la Sierra que rodea la Bahía de Banderas. Estando ahí, disfrutando y admirando la imponente panorámica, algo desvió mi atención. Un par de enormes y obscuras aves pasó volando apenas a unos metros por encima de mí, en un complejo ritual de vuelo que dejaba ver claramente que ambas aves tenían algo en común. Su vuelo, visto desde la cima, era simplemente espectacular y perfecto, carente de esfuerzo y lleno de libertad. Me olvidé del hermoso paisaje y me dediqué a observarlos, presenciando el exquisito momento en el que finalmente, poco antes del atardecer, ambos se posaron sobre una pequeña saliente al borde del abismo, acicalándose cariñosamente.

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Si le contara que éstas aves era una pareja de águilas reales, posiblemente me envidiaría por haber presenciado semejante regalo de la naturaleza, y estoy seguro que al contarle que era una pareja de zopilotes, su decepción y desinterés se haría patente inmediatamente. ¿Y todo porque son feos, comen carroña y se les ve por todas partes? En realidad, analizando su forma de vida, tenemos mucho qué envidiarles, comenzando porque prácticamente no tienen enemigos y porque a diferencia de muchos de nosotros, tienen una libertad absoluta. He decidido que, como propósito de inicio de año, intentaré hacerle ver en unos párrafos las bellezas y bondades de los Zopilotes (Coragyps atratus), y utilizarlos como ejemplo para que Usted, mi estimado lector, me ayude a lograr que cambiemos nuestra forma de juzgar las apariencias, y ver más allá de lo que aparentamos ser.

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Es cierto que son feos, pero es gracias a ello, y a su cabeza carente de plumas que se mantienen limpios a pesar de comer lo más desagradable y descompuesto. Ese metro y medio de envergadura es lo que les permite volar tan alto, tan lejos y con tan poco esfuerzo, para comerse lo que nadie más quiere, y por ello los aztecas los llamaban acertadamente Tzopilotl, o “El que se lleva la suciedad”. Curiosamente, son animales muy inteligentes, quienes saben elegir los mejores lugares para descansar y poder alzar el vuelo sin esfuerzo, saben seguir y vigilar discretamente a otras aves para encontrar su alimento, y saben ser fieles a su pareja. A mi parecer, su sabiduría va más allá, pues tras muchos años de mantenerse juntos, pueden por motivos que desconocemos, elegir separarse y formar otra familia, pero mantienen siempre profundos lazos con sus familias por el resto de sus vidas. Ambos padres cuidan de sus crías y les ayudan aún después de haber abandonado el nido, utilizando los sitios de descanso para mantener vivos sus lazos de amistad y confianza entre ellos. Cabe destacar además que no son aves que acostumbren molestar a sus vecinos, pues aunque son muy sociales, no son ruidosos ni escandalosos.

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Es verdad que en mi otra vida desearía ser como ellos, pero debo igualmente reconocer que nadie es perfecto, y los Zopilotes no son la excepción. Aunque su apariencia física me da igual, hay dos cosas que no admiro de ellos: Yo no practicaría la “urohidrosis”, que no significa nada más que hacerse sobre sí mismo para refrescarse en días calurosos. La segunda mala costumbre es igual de asquerosa, y aunque no me gusta nada, no descartaría utilizarla contra quienes me atacaran, sin asegurarle si sería o no capaz de acostumbrarme: Vomitar mi comida a medio digerir a quien me ataque, en un certero y rápido chorro de maloliente defensa,y luego, volverlo a comer cuando haya pasado el peligro.

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Haciendo a un lado ésos dos insignificantes aunque malolientes detalles, debo reconocer que mi mayor aliciente, eso que me hace desear tanto ser como ellos, es la libertad de volar y volar, recorriendo aquel único lugar del planeta que no conoce fronteras, viviendo mi vida sin molestar a nadie, y sin que nadie me moleste.

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Piénselo un momento: ¿Qué lado prefiere ver del Zopilote? ¿Su apariencia física o, sus hábitos de vida? Si pudiera elegir, ¿Qué animal elegiría ser en su próxima vida? Sólo recuerde antes de contestar: Si realmente queremos cambiar nuestras vidas y el mundo en que vivimos, pensemos más en lo importante y no en lo aparente y superficial.

Un Ritual al atardecer

Texto y fotografías Por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Hace unos días tuve un sueño donde descubría que todos los animales hacían una breve pausa justo al atardecer. Sin importar dónde estuvieran, siempre lo hacían. Era algo casi imperceptible para nosotros, pero para ellos resultaba ser de vital importancia para su salud. Aquellos que por alguna razón dejaban de hacerlo, enfermaban poco a poco y perdían todo interés por vivir.

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Suelo olvidar mis sueños apenas me levanto, pero éste sueño en particular lo tengo tan claro, que me ha hecho pensar si es algo que en realidad sucede en la naturaleza, y me pregunto si de una forma u otra, los animales tendrán algún misterioso ritual para recargar sus energías al atardecer o tal vez, al amanecer. A partir de ahí, me he vuelto más observador de lo que sucede a mi alrededor y he encontrado pistas curiosas que refuerzan mis cuestionamientos, como ese pequeño y casi invisible tecolote que vive en los árboles de casa, y que todos los días sin excepción, hace un llamado muy particular justo al amanecer y justo al atardecer, mientras que el resto del día o la noche no lo he escuchado una sola vez. Las golondrinas y muchas otras aves vuelan en extrañas formaciones durante el atardecer, preparándose para posarse y descansar, pero éstas formaciones no las hacen el resto del día.

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Mi imaginación vuela y entonces reflexiono sobre qué es lo que nos pasa a los humanos cuando nos tomamos el tiempo de observar un atardecer o un amanecer. Piénselo por un momento y defina las sensaciones que se le vengan a la mente con palabras sueltas. Seguramente le ha pasado lo mismo que a mí: ¡Sólo se me ocurren sensaciones positivas! ¿Por qué será? La gente que vive en el campo o fuera de la ciudad por ejemplo, suele ser en términos muy generales, más feliz y más saludable que quienes viven en la ciudad, seguramente porque lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor tiene mucho qué ver en esta historia.

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Me pongo a pensar si en algún momento de nuestra evolución como humanos, hemos ido perdiendo ese ritual natural que los animales tienen, y que debido a ello la gran mayoría de nosotros pasamos nuestras vidas “buscando” ser felices sin darnos cuenta que la solución para encontrar el equilibrio con nosotros mismos y con la naturaleza está frente a nosotros no sólo una, sino dos veces al día. ¿No sería magnífico que pudiéramos todos dedicar tan solo unos minutos al día para hacer una pausa en nuestras actividades y reconectarnos con la naturaleza y con nuestro espíritu? A fin de cuentas, todos deberíamos de ser capaces de “regalarnos” unos minutos para renovar energías; o “recargar pilas” si quiere llamarlo así. Pareciera que en el momento en que salimos de vacaciones o en alguna escapada al parque o al aire libre, es cuando nos podemos permitir conscientemente de disfrutar de un atardecer. ¿por qué no hacerlo todos los días?

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Mi propuesta para iniciar el próximo año, mi estimado lector, es que todos hagamos el propósito de crear nuestro propio ritual de renovación y recuperación de energías. A fin de cuentas es un derecho al que hemos renunciado inconscientemente y un privilegio que la naturaleza nos ha regalado. Si está en la oficina, en casa, o en el coche conduciendo, intente parar lo que está haciendo y darse esos minutos para usted mismo. Si no puede parar o salir, intente asomarse siquiera por la ventana, estoy seguro que nuestro intento consciente de desconectar será suficiente para volvernos más receptivos y cambiar nuestro estado.

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Si sale de viaje, o de vacaciones, intente hacer algo distinto, algo que le imponga un reto y le permita romper la rutina. Tome un tour diferente, algo que pueda hacer durante el atardecer, por ejemplo. Si usted y yo, corremos la voz, poco a poco, haremos que nuestras vidas estén más equilibradas, y eso se notará. Poco a poco, seremos más quienes volvamos a conectarnos con nosotros mismos y con la naturaleza. Así que recuérdelo todos los días: Sin importar que sea por un minuto, haga siempre un ritual al atardecer.

¿Son los Zoológicos Necesarios?

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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Cada vez somos más los que vivimos en ciudades y perdemos todo contacto real con la naturaleza. Los parques zoológicos y los acuarios son a menudo el primer y único contacto que la gente tiene con la vida silvestre, ayudando a crear en ellos un mayor conocimiento y conciencia acerca de la biodiversidad en nuestro planeta. De no ser así, ésta gente se limitaría a vivir esa experiencia a través de los libros y la televisión. Con una creciente afluencia que supera los 600 millones de visitantes anuales en todo el mundo, las críticas hacia éstas instalaciones también crecen cada día, debido al dilema ético y moral que representa mantener animales confinados en jaulas o en recintos cerrados y bajo el cuidado de los humanos, ya que a pesar de que muchos de ellos (la mayoría probablemente) mantienen a sus animales en excelentes condiciones y amplias instalaciones, algunos otros no brindan si quiera las mínimas condiciones para ofrecerles una vida saludable y estimulante. Dada la complejidad del tema, he decidido resumir lo bueno y lo malo que tienen los zoológicos y acuarios; y lo dejaré a Usted mi estimado lector, que utilice su ojo crítico y su criterio para calificar los zoológicos y acuarios que conozca, pero sobre todo, que sea Usted quien dictamine si éstos son o no son necesarios para el mundo en el que vivimos:

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Los zoológicos y acuarios son un lugar excelente para informar a la sociedad de todo lo referente al mundo natural y la necesidad de su conservación, pero son necesarias campañas de concienciación para que éstos no sean una simple exposición de animales sino que sean verdaderos centros de aprendizaje. El problema radica en que la mayoría de los visitantes (alrededor del 90%) están motivados por la simple intención de pasar un buen día “fuera de casa”. El reto está en hacer que a la gente que le preocupa la diversión, se preocupe también por la conservación. Además de la educación y la concienciación del público, la misión de los zoológicos y acuarios debe ser contribuir a la investigación, la conservación y reintroducción de las especies silvestres, trabajando en estrecha colaboración con gobiernos y organizaciones civiles para proporcionar alojamiento y asistencia a animales que lo requieran, como son aquellos confiscados del comercio ilegal, animales que entran directamente en conflicto con el humano y animales víctimas de desastres naturales o incendios. Esto es particularmente importante en lugares como México, donde prácticamente no existen centros de recuperación de fauna silvestre.

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Uno de los temas que a mí en lo personal me han inquietado más, es la práctica de trasladar e intercambiar animales entre zoológicos, que en la mayoría de los casos es inevitable y necesaria. Por una parte los zoológicos y acuarios se ven en la necesidad de mantener sus colecciones frescas y atractivas para el público, pero también para asegurarse de mantener una sana variación genética en los animales que ahí reproducen. La cuestión es, que muchos individuos son separados de sus núcleos familiares o sociales, causándoles un estrés tremendo, dolor y tristeza, ya que en muchas ocasiones éstos individuos no logran adaptarse o no son aceptados por sus nuevos compañeros.

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En cuanto al bienestar a los animales, siempre habrá conflictos éticos y morales, tanto por parte de los zoológicos y acuarios, como por parte de los visitantes, quienes en muchos casos son quienes molestan y estresan a los animales. Uno de los mayores problemas que enfrentan los zoológicos y acuarios es hacer “milagros” con los presupuestos que obtienen de la venta de las entradas, buscando siempre un equilibrio entre dignificar los recintos de los animales haciéndolos lo más parecido a su medio natural, brindarles una dieta adecuada (que es muy costosa), realizar chequeos médicos y mantenerlos saludables, además de proveerles positivos estímulos psicológicos diarios (conocidos como “enriquecimiento”) para evitar que sufran los efectos del confinamiento. Para ello, el personal que ahí trabaja realiza verdaderos esfuerzos por hacer que los animales vivan tranquilos y sin estrés, aunque no siempre es posible dadas las limitaciones económicas que hacen necesario jerarquizar prioridades.

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La imagen de los zoológicos y los acuarios ha cambiado radicalmente en las últimas décadas, donde un sitio de exhibición de animales ha pasado a ser como un santuario de vida silvestre. De tener a los animales confinados en jaulas, se han creado ahora paisajes complejos donde aparentemente no existen muros, manteniendo en espacios muy amplios y bien acondicionados a muchas especies de animales que pueden convivir entre sí, realizando grandes esfuerzos para educar a la sociedad y cambiar la percepción que la gente tiene de los animales y sus hábitats. Sería imposible devolver a la mayoría de los animales a sus hábitats originales simplemente porque ya no existen o porque existen serias amenazas para su supervivencia, y es ahí donde los zoológicos están jugando un papel clave en la conservación. Desafortunadamente, siempre habrá excepciones en las que se busca lucrar a través de los animales, exhibiéndolos como animales de circo. En esos casos, somos nosotros quienes debemos levantar la voz y rechazarlos, haciendo que ésos sitios en particular hagan las cosas como debe ser: Que el dinero que se paga por entrar sea verdaderamente utilizado para el bienestar de los animales, la investigación y la conservación de sus hábitats.

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