Un mar plagado de estrellas

Fuente: philhart.com

Texto por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Creo que es una forma romántica de describir uno de los más hermosos fenómenos de la naturaleza, que aunque no tiene relación alguna con la astronomía, debo reconocer que para mí ha sido fascinante haber podido conocer desde niño esa fantástica “astronomía marítima”. Me sigue sorprendiendo cúanta belleza pueden crear unos de los animales más pequeños de nuestro planeta (aunque no son los únicos). Esas luces nocturnas espontáneas han intrigado a los humanos por siglos, especialmente a la gente de mar, quienes llamaron al fenómeno “mar de ardora” o “ardentía”, muy conocido en inglés como “milky seas”, aunque ahora se le llama bioluminiscencia.

Desde pequeño me encantaba ver cómo las oscuras olas de alguna playa del Océano Pacífico se volvían azul brillante mientras reventaban ruidosamente. Recuerdo perfectamente cómo al ir caminando con mis padres por la orilla mis huellas se podían distinguir y quedaban momentáneamente iluminadas, como si se tratara de un fenómeno mágico. De hecho alguna vez intenté sin éxito “llevarme a casa” esas minúsculas estrellas recolectando un poco de agua y arena, mismos que guardaba cuidadosamente en un pequeño recipiente. Ya siendo adulto y ejerciendo mi profesión, recuerdo también cómo durante un buceo nocturno pude ver mi propia siuleta alrededor mío y luego cómo se iluminaba la estela del barco mientras volvía a puerto, aunque no puedo olvidar aquella única ocasión en la que, en plena temporada de anidación de tortugas marinas, éstas salían también iluminadas. ¡Qué maravilla!

Durante siglos los marineros del mundo han atestiguado cómo los mares pueden “brillar en la oscuridad”, aunque este fenómeno no se comenzó a describir concienzudamente sino hasta principios de los años 1800´s. Jules Verne, en su magnífica obra “Veinte mil leguas de viaje submarino” dedica unos párrafos para describirlo, y no puedo evitar trascribir este texto que nos hace imaginar que estamos ahí: 

“Observaba yo el estado del mar en esas condiciones, en las que los más grandes peces aparecían como sombras apenas dibujadas, cuando el Nautilus se halló súbitamente inundado de luz. […] El Nautilus flotaba en medio de una capa fosforescente que, en aquella oscuridad resultaba incluso deslumbradora. La producían miríadas de animalículos luminosos, cuyos centelleos aumentaban al roce sobre el casco metálico de la nave. En el seno de aquella masa luminosa sorprendí brillantes destellos, como coladas de plomo fundido en un horno ardiente o como masas metálicas calentadas al rojo blanco; hasta el punto de que, por contraste, algunas zonas luminosas parecían ensombrecidas en aquel medio ígneo del que toda sombra se hubiera dicho proscrita. ¡No, no era la irradiación uniforme de nuestro equipo de iluminación habitual! ¡Había allí un vigor y un movimiento! ¡Era una luz dotada de vida!”

“Era una luz dotada de vida”. Qué hermosa descripción. Charles Darwin, mucho menos romántico pero más riguroso en sus anotaciones, escribió en su bitácora de viaje, por allá de 1832 y a bordo del HMS Beagle, una breve descripción de lo que vio una noche frente a las costas atlánticas sudamericanas: “El mar estaba tan vivamente iluminado que los rastros de los pingüinos se señalaban por una estela de fuego, y la obscuridad del cielo era iluminada momentáneamente por deslumbradores relámpagos”. Estos relámpagos no eran producidos por la bioluminiscencia en sí, sino por otro fenómeno atmosférico conocido como las “luces de San Telmo”. Estoy seguro que una combinación de fenómenos que por su inusual espectacularidad habrán asustado a más de alguno de los tripulantes. ¡Así surgen los mitos y las creencias populares!

El fenómeno de la bioluminiscencia, definido como “la capacidad de un organismo vivo de producir luz” es más común de lo que se cree, pues hasta el 90% de los organismos marinos que habitan zonas profundas emiten algún tipo de luz. De hecho, en el mundo terrestre también está presente, y además de las conocidas luciérnagas y cocuyos que emiten luz, también se puede observar en las larvas de algunos mosquitos y en hongos, pero nada como la que es producida por minúsculos organismos unicelulares conocidos como dinoflagelados que forman parte del plankton y que son los que nos regalan esas imágenes espectaculares.

Ahora surge la pregunta obligada: ¿Cómo producen la luz? La luz es el resultado de una serie de complejas reacciones químicas donde intervienen membranas, enzimas, proteínas y oxígeno, todo en una sola célula. Lo interesantes es que ésta luz puede ser en general controlada a voluntad, y se cree que es emitida para protegerse de sus depredadores, advirtiéndoles que si son comidos delatarán su presencia ante otros depredadores al terminar con un “estómago luminoso”. Se dice que podría ser también tóxica para sus depredadores más pequeños, aunque en la gran mayoría de los animales que la emiten, lo hacen con propósitos de comunicación.

Se dice que este fenómeno ha podido observarse desde el espacio. En 1995 un satélite fotografió una zona del Océano Índico que se marcaba una zona iluminada de azul brillante con más de 250 kilómetros de largo, aunque aún hay dudas si los autores de esos kilométricos sucesos son bacterias o si efectivamente son los dinoflagelados, esos misteriosos bichos que durante el día suelen teñir de color rojo grandes extensiones del mar (mareas rojas), pero que durante la noche brillan cual estrellas. Entre otras especies, Noctiluca scintillans (scintillans significa “luz que brilla por la noche”), Noctiluca suriray y Protoperidinium spp. son las especies de dinoflagelados más comunes que se pueden agrupar en densidades de ¡más de 1 millón de organismos por cada litro de agua!

Este fenómeno se está repitiendo cada vez de forma más frecuente alrededor del mundo, principalmente en las aguas del Océano Pacífico y del Océano Índico. Esto, aunque puede resultar atractivo para disfrutar, es muy peligroso y a veces mortal para la vida acuática, y está ligado a las actividades humanas y el cambio climático: la descarga de fertilizantes al mar a través de los ríos, los cambios de temperatura y el aumento de PH son algunas de las causas de los llamados “bloom” o florecimientos.

Es verdad que la bioluminiscencia es algo digno de ser admirada, pero si la vemos en la playa, no olvidemos que además de disfrutar de la experiencia, debemos pensar el porqué se producen las mareas rojas. Sin duda su belleza de noche y su color sangre de día, nos están dando un importante mensaje.

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