La magia de charcos y estanques

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

En esta ocasión, he decidido dedicar estos renglones a intentar cambiar de idea a todo aquel que considera que los charcos y estanques -ya sean estacionales o permanentes- son asquerosos nidos de enfermedades y criaderos de mosquitos. Pretendo resaltar con mis palabras esa belleza misteriosa y casi mágica que un estanque -aparentemente inútil- puede llegar a tener. Simplemente hay que mirar con detenimiento lo que vive en él.

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Hace poco, me topé con una descripción bastante original y poética de lo que significa un estanque, bajo el punto de vista de un admirable naturalista, investigador y educador ambiental que murió en 1974. Marston Bates escribió: “Los estanques poseen, ante todo, la fascinación de lo minúsculo. Constituyen un mundo claramente limitado por las orillas, el fondo y la superficie; un mundo aparte que, debido a sus pequeñas dimensiones, parece fácil de comprender, describir y analizar”. Luego concluye diciendo que el misterio del estanque es algo que escapa a su comprensión, y que la superficie del agua le señala una barrera que no puede franquear, excepto con la imaginación. Lo que me resulta más sorprendente de su maravillosa descripción, es que él precisamente, se especializó en el estudio de los mosquitos como transmisores de enfermedades.

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Me pregunto si realmente comprendemos algo de ese micro-universo, o si acaso estamos conscientes de la gran diversidad de seres vivos que pueden vivir ahí y que, “misteriosamente” han ido apareciendo con el paso de los días. Algunos llegan sin querer, otros por sus propios medios, y otros como polizones de aves e insectos que inocentemente se acercan para saciar su sed. Ciertamente, los primeros animales en aparecer son las larvas de los mosquitos, que siendo acuáticas se alimentan de las algas que crecen a gran velocidad. Luego llegan otros depredadores, como las larvas de libélulas que se alimentan de las primeras, o los divertidos insectos “patinadores”, que aprovechando la tensión superficial y su poco peso, caminan grácilmente por encima de la superficie del sin temor a mojarse y mucho menos a hundirse. Luego sin pensarlo, encontramos caracoles, renacuajos, y aves alimentándose de todos ellos.

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He tenido la fortuna de vivir en muchos sitios que en mayor o menor medida me han regalado experiencias naturales sumamente gratas, incluyendo el jardín de la casa donde me crié, en donde había varios estanques de distintos tamaños y en cada uno habitaban animales distintos. Mientras vivía en Puerto Vallarta (México), descubrí que es un sitio increíblemente afortunado por su clima y por la gran riqueza de flora y fauna que aún existe alrededor. Gran parte de la ciudad está cimentada sobre zonas inundables, por lo que en la temporada lluviosa se formaban innumerables charcos, estanques y lagos por doquier. Infinidad de animales como peces, anfibios y reptiles que habían vivido enterrados, escondidos o aletargados durante la época estival, hacían su majestuosa aparición apenas caían las primeras lluvias, dando vida a estos estanques y atraían a más animales que los visitaban a diario. Desafortunadamente, todos y cada uno de estos mágicos estanques han sido cubiertos por tierra, por calles y por casas, haciendo que año tras año, sea más difícil encontrar aquellos animales que antaño daban vida y alegraban las noches con sus incansables cantos y croares.

img_8376b-copyrightRecuerdo 2 casos que me han dejado admirado de la capacidad que tienen los estanques de albergar vida a pesar de nuestra presencia, y ambos ocurrieron en plena ciudad de Puerto Vallarta. Recuerdo que durante la temporada de lluvias, un día me tocó quedar atrapado en un caos vial en plena avenida de acceso a la ciudad. Aburrido, me puse a observar el agua estancada  en el camellón central, y para mi sorpresa descubrí que había pequeños camarones de agua dulce que se alimentaban de las algas que crecían sobre el mismo concreto, y que al mismo tiempo llegaban aves a comerlos. Ahí, ajeno al interminable ir y venir de vehículos, había un pequeño oasis con mucha, mucha vida.

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En otro caso, cerca de casa había una calle de tierra poco transitada donde durante toda la temporada de lluvias brotaba agua continuamente, llevándose toda la tierra que infructuosamente colocaban las autoridades para “rellenar” el lugar. Misteriosamente, con el paso de los días aparecían peces, probablemente como resultado de los huevecillos que sus progenitores dejarían enterrados en el fondo. Estos pececitos intentaban buscarse la vida en ese concurrido charco, esquivando continuamente el paso de los coches. Un día observé ahí mismo una tortuga, que ignorando los peligros que acechaban, intentaba buscar algo qué comer, misma que me vi obligado a rescatar por el obvio peligro que corría de ser atropellada. Actualmente éste mágico sitio ya no existe, habiendo en su lugar una calle cubierta de concreto, que ha dejado bajo tierra y rocas una asombrosa historia de vida de la que fui un afortunado testigo.

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Me pregunto por qué a pesar de que desde la antigüedad los estanques han sido objeto de culto y dedicado cuidado en castillos, palacios y mansiones alrededor del mundo, nosotros que los tenemos por doquier de forma natural, y a donde la naturaleza llega sola, no valoramos y nos esmeramos en hacer desaparecer. Mi mayor deseo es que abramos nuestros sentidos y protejamos éstos pequeños oasis de vida, que además de mantener nuestro clima más húmedo, le ofrecen un hogar y alimento a un incontable número de seres vivos. Tal vez llegue el día que veamos un anuncio inmobiliario que diga así: “Vendo casa: 3 habitaciones, 2 baños, con cochera, jardín y un precioso estanque natural que cada mañana despertará sus sentidos…” Que así sea.

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