Naturaleza Urbana: ¿una paradoja?


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Texto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Si nos apegamos a la historia del desarrollo de la humanidad, pareciera que nuestro objetivo es luchar contra la naturaleza, y más allá de conocer las leyes que la rigen, buscamos trascender y usarlas para nuestro propio provecho.

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Según el catedrático español José Fariña Tojo, las ciudades se originaron como lugares para defendernos de los animales, de las inclemencias del tiempo y de los desastres que no éramos capaces de controlar. Parecía que en primera instancia las ciudades funcionaban, pues la humanidad se reunía y encerraba en lugares muy específicos.

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La fundación de una ciudad implicaba un profundo conocimiento del entorno natural, donde se consideraba la disponibilidad de agua, el tipo de suelo, el clima y la vegetación, pero a medida que la población ha crecido exponencialmente, las prioridades han cambiado: las áreas naturales son eliminadas paulatinamente, dando lugar a calles y concreto que mucho han modificado las condiciones climáticas tan favorables de antaño.

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Parece que nuestras autoridades -y nosotros mismos- hemos olvidado por completo la importancia y los beneficios que las áreas verdes nos otorgan tanto física como mentalmente, sin importar su tamaño. Con el levantamiento de muros de concreto y calles por doquier, cada vez los seres humanos nos hacemos más ajenos de la naturaleza a la que pertenecemos, llegando al grado de asustarnos por la presencia de un insecto en nuestro hogar.

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Un jardín, un parque, un espacio verde en una ciudad de concreto nos hace sentirnos más relajados, funcionando como un vínculo sicológico con la naturaleza y el campo. Basta un pequeño número de árboles y plantas para suavizar lo que sin ellos sería un entorno totalmente edificado y artificial. Además de ser un beneficio al que todos los habitantes tenemos derecho, las áreas verdes son un importante medio de control de temperatura y humedad, creando un clima más estable y cómodo.

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Basta circular por una zona sin edificar a las orillas de la ciudad para darse cuenta de cómo la temperatura es más agradable, con una variación inclusive de varios grados de temperatura. Así de sencillo, la creación de áreas verdes contribuye enormemente al mejoramiento del clima, así como combatir y dispersar las concentraciones de contaminantes que genera la ciudad, como son los gases emitidos por nuestros vehículos.

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Pero, ¿por qué debemos “crear” áreas verdes donde antes ya lo eran de forma natural?, ¿Por qué al crecer las ciudades no se planifica respetando zonas naturales y en su lugar se prefiere “tumbar” para luego plantar unos pocos árboles que con penurias sobrevivirán? He ahí la paradoja, una contradicción entre la naturaleza y la ciudad, el desarrollo y la conservación. No es lo mismo decir “la naturaleza en la ciudad”, que “una ciudad en la naturaleza”, y en las manos de todos nosotros está el lograr romper la paradoja.

La paradoja, por definirlo de otra manera, está en nuestra tendencia de aislarnos y distanciarnos de la naturaleza, viviendo en un mundo donde es muy difícil para nosotros percibir la dependencia que tenemos de la tierra, sin siquiera enterarnos del origen de los productos y materiales que consumimos. ¿Y cómo romperemos la paradoja? Se trata de construir un nuevo tipo de relaciones entre la naturaleza y lo urbano, valorando las repercusiones que las actividades urbanas tienen sobre el entorno y buscando una interrelación más armoniosa entre ellos. Los valores más básicos del ser humano deberán ser la mejor herramienta para cambiar nuestra forma de ver el planeta y lo que estamos haciendo de él, pero para cambiar el mundo debemos comenzar por nuestras casas y nuestras ciudades.

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Nunca olvide que la inteligencia y la conciencia humana pueden hacer milagros, pero éstas deben ser estimuladas para crear resultados. Ese gran valor que existe en cada uno de nosotros, donde muy en nuestro interior nos preocupamos por nuestros hijos, sus derechos, sus esperanzas y su futuro, es lo que puede crear un sentido de responsabilidad personal: Debemos aprovechar lo que tenemos a la mano, pues no basta una excursión de fin de semana para sensibilizarnos, y es ahí donde el milagro comienza: La naturaleza urbana, esos pequeños parches de vida que existen en la ciudad, son un elemento clave para valorar nuestro entorno y reconectarnos.

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Mi consejo es que la próxima vez que tenga un momento de tranquilidad en un parque o plaza, abra sus ojos y su mente: Disfrute de esa pareja de tortolitas descansando cariñosamente sobre el tendido eléctrico; cierre a continuación sus ojos y escuche los sonidos de la vida a su alrededor. Finalmente abra su corazón y dígase a sí mismo: Por mi bien y el de mi familia ¡Basta de vivir a costa de la naturaleza!

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