Cultivando la capacidad de asombro

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Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena.

Hace un tiempo, se me ocurrió hablar sobre la empatía como una herramienta que tenemos a nuestra disposición para hacer de nuestro mundo un mejor hogar.

La empatía es un sentimiento maravilloso que nos permite comprender las emociones de los otros y vivirlas como propias. Es una herencia evolutiva que compartimos con los mamíferos, aves -y estoy seguro que también con el resto de los animales-. Desafortunadamente, a lo largo de nuestra vida -una vida que a veces no es nada fácil de llevar-, nos vemos obligados a protegernos o a aislar nuestra mente de lo que vemos alrededor, en un acto de “autoprotección y supervivencia”, haciéndonos menos sensibles al dolor y las injusticias que hay a nuestro alrededor. Vivir en la ciudad nos hace “desconectarnos” de la naturaleza, olvidándonos de ese profundo enlace que existe entre nosotros y el planeta en que vivimos. El cierre de nuestros sentidos a las sensaciones provocadas por el mundo natural, ocasiona que fácilmente nos adaptemos -o nos acostumbremos- al deterioro ecológico, sin apenas percibirlo.

Es asombrosa la capacidad que la naturaleza tiene para revertir los daños que le causamos, y sin embargo, no nos asombramos: Hemos perdido nuestra capacidad de asombro porque hemos olvidado lo que realmente importa, lo que da sentido a nuestra existencia y nos permite trascender.

Los filósofos Platón y Aristóteles plantearon que la capacidad de asombro no es otra cosa que la admiración y la extrañeza que siente el hombre ante la realidad que lo rodea, extendiéndose además a la conciencia de nosotros mismos y de las circunstancias que nos afectan, lo que me hace aterrizar en el título de éste artículo: Para trascender, es indispensable que encontremos la forma de mantener nuestro espíritu conectado con los estados emocionales más inspiradores de la naturaleza, y para lograrlo debemos despertar nuestra capacidad de asombro abriendo nuestros sentidos para ver y escuchar el maravilloso mensaje que continuamente nos da la naturaleza.

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Siempre se ha dicho que la niñez es el mejor momento para educar a los futuros adultos, aquellos futuros ciudadanos que disfrutarán -o sufrirán- el mundo que nosotros estamos forjando. Cuando pequeños, nuestra capacidad de asombro se encuentra en su máximo nivel de sensibilidad, aún no suprimida por nuestro obligado esfuerzo por crecer y dejar de ser niños. Recuerdo cómo éramos fácilmente “engañados o sorprendidos” por nuestros padres o familiares con cosas que ahora ni siquiera nos causarían gracia: Simular que te robaban la nariz enseñándote la mano cerrada con un dedo asomándose, era suficiente para hacernos llorar; o ponerte un caracol sobre el brazo y dejar que éste se deslizara sobre tu piel sería una sensación tan intensa que nunca podrías olvidar. Actualmente, con el uso cotidiano y continuo de las tecnologías, las nuevas generaciones se ven cada vez menos sensibles a las sorpresas, por lo que los estímulos correctos y gratos son indispensables para cultivar nuestra capacidad de asombro, y para ello no hay mejor escuela del asombro que la misma naturaleza.

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Para recuperar la capacidad de asombro de los niños modernos, hace falta enseñarles a valorar las horas de vida familiar y a realizar cotidianamente actividades positivas al aire libre, utilizando y estimulando todos nuestros sentidos para observar y poner atención en cosas tan sencillas como el cielo y las nubes, los aromas del campo, ver el comportamiento de las aves, analizar las hojas de los árboles y observar a los insectos. Pensar en el por qué de las cosas y comprender que la vida no es fácil para nadie, incluyendo a las aves o los insectos que intentan encontrar alimento y sobrevivir, nos permite ser más sensibles a la realidad que nos rodea, causando sentimientos de solidaridad y empatía.

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Enseñar a nuestros hijos a acariciar a un perro de la calle, a darle de beber y de comer, es un buen ejemplo de cómo un acto de generosidad puede cambiar no sólo la forma en que nuestros hijos perciban las cosas, sino que contagiará a quienes tenemos alrededor, sensibilizándolos. Tenemos la gran ventaja de que nuestra capacidad de asombro, aunque esté reprimida, puede ser estimulada fácilmente a través del contagio, poniendo el ejemplo con nuestras propias acciones. Si llenamos el mundo de actos de generosidad, solidaridad y empatía, entonces tendremos un “asombroso” cambio de actitud y por ende, un mejor futuro para nuestros hijos. ¿Qué estamos esperando? Pongamos entonces manos a la obra y ¡asombremos al mundo!

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2 thoughts on “Cultivando la capacidad de asombro

  1. Me encanta este artículo mas que otros, gracias por recordármelo, también ya leí el último de los mitos sobre las ballenas, como siempre muy bueno muchas gracias, te quiero.   Rosa María Mena  

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