Mi amigo “Alberto”

IMG_7154a copyrightTexto y Fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena

Tener un loro en casa como mascota puede ser fabuloso y tremendamente divertido, pero es una decisión terriblemente egoísta…

Desde pequeño, siempre soñé con tener un perico, y llevarlo conmigo al hombro cual pirata orgulloso, aunque nunca fue así. Cuando era niño y acompañaba a mi madre al mercado, veía enormes jaulas repletas de aves de todos tipos y variados colores, entre las cuales siempre sobresalían loros y pericos de un intenso verdor que nunca olvidaré. No recuerdo los argumentos de mi madre, pero siempre se negó a comprarme uno, conforándome con los cotorritos australianos que vivían y se reproducían en un enorme cuarto-jaula que había en casa. Cuando los polluelos salían de sus nidos y caían al suelo sin poder volar aún, yo aprovechaba la oportunidad para hacérmelos mis amigos y llevarlos al hombro, soñando e imaginando que eran un gran loro verde que me hablaba al oído.

Un día nos regalaron un gran loro con la frente roja, cuyos dueños originales ya no querían porque les había propinado innumerables mordidas en sus manos cada vez que intentaban domesticarlo. Mi hermana lo llamó “Papik”, en honor a un “niño sin dientes” que aparece en una novela de Hans Ruesch. Yo me limitaba a observarlo, mientras mi hermana mayor, la más valiente de todos, intentaba domarlo sin éxito. Dotada de una interminable paciencia y por incontables meses intentó ganarse su confianza, aceptando heroicamente cada una de las fuertes mordidas que dejaban sus dedos ensangrentados y, a pesar de todo su esfuerzo, por alguna razón que yo no lograba comprender, Papik siempre permaneció en silencio, en un  rincón de su enorme jaula, negándose muchas veces a salir de ella aunque tuviera las puertas abiertas con acceso libre a la habitación-jaula donde vivían el resto de las aves. Pasó el tiempo y mis padres nos convencieron que sería mejor donarlo al zoológico, donde sería liberado en un aviario, que era una larguísima y gigantesca jaula donde podría volar libremente y pasaría el resto de su vida con relativa comodidad y acompañado por otros loros de su misma especie. Nunca más supe de él, pues quedó mezclado con los demás, y mis ojos inexpertos no me permitían identificarlo.

Hace poco tiempo tuve la maravillosa oportunidad de ayudar y rehabilitar a un perico, conocido como “loro guayabero” o “corona violeta”. Esta especie es muy común como mascota en México y el 100% de los ejemplares provienen de capturas ilegales en las selvas costeras del Pacífico Mexicano, incluyendo las serranías alrededor de Puerto Vallarta, donde cada vez son más raros de observar. Aunque estaba en buen estado de salud, tenía un ala dañada, causado por el tradicional y cruel “corte de alas” que se les hace para que no puedan volar, y que consiste en cortar hasta la base algunas de las plumas de una de las alas. Aún así, seguramente encontró un momento de descuido de sus captores y aprovechó para buscar la libertad, aunque dadas sus condiciones, terminó en los jardines de un hotel al que yo asesoraba en temas ambientales. Afortunadamente fue puesto a salvo por el personal, quienes me lo entregaron para “hacerme cargo de él”. Debo confesar que cuando lo tuve en mis manos, me sentí de regreso a mi niñez, y mi egoísta alma humana me decía que lo conservara como mascota.Lo llamamos “Alberto”.

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No puedo siquiera imaginar lo que significa vivir toda tu vida encerrado en una pequeña jaula donde difícilmente puedes estirar tus alas por completo, teniendo como estímulo todo menos lo que realmente necesitas. Creo firmemente en que las aves deben estar libres y no enjauladas, por lo que lo mantuve libre dentro de casa, con el beneplácito de nuestras bien portadas hijas perrunas y gatunas, quienes lo miraban con gran curiosidad y respeto. Con gran interés y pasión por aprender de él, pudimos convivir a su propio ritmo, aceptando las limitaciones que él mismo nos imponía, haciéndole sentir un poco más cómodo. Durante esos días descubrí la sorprendente inteligencia y rapidez para aprender las cosas, y cuando menos lo imaginé, ya estaba totalmente recuperado de su ala y comenzó a aprender a volar. Día a día pude observar sus progresos, realizando peligrosas y ágiles maniobras por toda la casa, volviéndose todo un experto en vuelos rasantes y giros cerrados para explorar todas las habitaciones. Cuando estaba tranquilo, era un animal increíblemente social, que no temía ocultar su necesidad de compañía y de cariño, buscando y aceptando inclusive la compañía de nuestras mascotas.

Pero, a pesar de estar aparentemente alegre y de buen apetito, se podía notar en su mirada que deseaba fervientemente ser libre y cumplir el sueño de su vida, que era realizar aquello para lo que fue diseñado: Poder volar en libertad. Cuando miraba a través de las ventanas no sólo veía un cielo azul y árboles verdes, sino que miraba un horizonte sin rejas, sin barrotes, sin muros ni cristales. Alberto era sin duda, al igual que Papik,  uno de esos espíritus indomables, cuyo anhelo de libertad no podría apaciguarse nunca.IMG_7101a copyright

Fue entonces cuando caí en cuenta de mi misión. Yo sólo había sido un medio para que Alberto se recuperara y pudiera aprender a volar, y tenía claro que ésta magnífica ave no merecía volver a estar encerrada jamás. Dentro de mi se libró una lucha entre el biólogo conservacionista y el niño ilusionado que llevaba dentro, pero la decisión no era mía, sino de él… Esa mañana abrí puertas y ventanas, y con gran pesar en mi corazón humano, le deseé buena suerte. Alberto me miraba, temeroso de que intentara detenerlo. Me senté a mirarlo, y tras unos instantes observando el exterior desde lo alto del aspa de un ventilador de techo, se echó a volar, tal vez motivado por los gritos de unas guacamayas que todas las mañanas pasaban volando a gran altura, justo encima de la casa. Con gran destreza  sorteó el árbol de mi jardín y se perdió poco a poco en el horizonte, volando hacia las montañas, lleno de esperanza.

¿Que lo extraño? Si, debo reconocerlo. ¿Que valió la pena? Sí, definitivamente. Tal vez éste es uno de los pocos pericos que tienen la oportunidad de rehacer su vida tras vivir en cautiverio, considerando que cada año se capturan ilegalmente más de 75 mil pericos en México. Tristemente, ésta es una de las especies de perico más amenazadas y más afectadas por el comercio ilegal en México; una actividad poco ética motivada por esos niños egoístas que todos llevamos dentro. Sería bueno que nos detuviéramos a pensar que 8 de cada 10 pericos capturados muere por malos manejos o ignorancia de sus dueños, y que en estado silvestre sólo queda un 5% de la población original.

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 Una semana después, cerca de casa, vi pasar volando una pareja de pericos, y quiero pensar que era Alberto con su alma gemela. Creo que ambos fuimos muy afortunados. Él es ahora libre, descansando libre y tranquilo en la selva vallartense. Yo, y el niño que llevo dentro, recordaremos con gran cariño esos momentos que convivió conmigo y con mi familia. Al final, como un buen amigo, le deseo el mejor de los futuros, esperando que poco a poco, exista una mayor conciencia sobre el tipo de mascotas que adquirimos.

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4 thoughts on “Mi amigo “Alberto”

  1. Si bien todos los amantes de los animales queremos que los pájaros estén en libertad, muchas veces pese a las ganas que ellos tienen de ser libres, soltarlos no es lo mejor. Principalmente si nacieron y se criaron en cautiverio, la mayoría de los loros o pájaros mascotas que se escapan de sus casas no logran sobrevivir por diversas razones. Estoy en contra de que los atrapen y enjaulen, pero para que ellos estén bien luego de eso hay que tener muchos factores en cuenta. De todos modos espero que tu loro esté bien… Saludos.

    1. Así es, siempre hay excepciones. Sin embargo, siempre hay que recordar a aquellos que escapan en lugares aparentemente inhóspitos por su clima, etc., de alguna forma logran encontrar la forma de adaptarse, encontrar a otros congéneres, formar parejas e inclusive bandadas. Hay muchas ciudades ejemplo, tanto en México, en España, etc. Siempre debe considerarse la opción de libertad cuando exista la posibilidad. De lo contrario, debe buscarse algo mejor que una simple y fría jaula, y ofrecerles una excelente calidad de vida que incluya enriquecimiento cognitivo, o dicho vanalmente, nuevos retos y aventuras, no sólo algo con qué distraerse. Saludos.

  2. Sabes que??? yo, también pienso que tienen que estar libre, pero un dia llego un lorito a mi parque a comer nísperos, y asi lo hizo durante 15 a 20 días, y nos, le hablábamos y el nos miraba, un dia desaparecio y dijimos que desagradecido fue este lorito y nos reíamos, hasta que un dia a las 6hs. de la mañana lo escuche llegar gritando, aca estoy , subi corriendo a la ultima terraza y le dije PEPO volviste, y lo llame y fue bajando de árbol en árbol hasta que se quedo en un pino de mi parque .
    Asi pasaron los días y le compre una jaula gigante, importada de Bélgica, hermosa, con ruedas y le pusimos una ramita de un pino y se metio solo, el eligio quedarse con nosotros, eso fue hace 8 años, le llamamos la veterinaria de animales exóticos, fue tratado por la sitacosis, y ahí esta, es amado, el no se quiere ir, no le mutilamos las alas, habla como lo que es un LORO, es super,super inteligente, mira dibujitos, me llama cuando viene el que miramos juntos, que se llama Mike El Caballero, y me dice mama, mama, Mike y tengo que ir y agarrarlo de la patita y lo disfrutamos juntos.
    No quiere salir ni al parque, te va diciendo, llévame al comedor, apágalo, de refiere al televisor cuando no quiere ver mas. Es un CAPO , mi PEPO, si el eligiera la libertad se la daría, pero no se quiere ir.

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