Mi primer día con los primates

Texto y fotografías por Biol. Oscar S. Aranda Mena.
Conociendo a mis parientes
Como biólogo conservacionista, he tenido la fortuna de experimentar y vivir de cerca con admirables y majestuosos animales, desde los más pequeños insectos y anfibios, hasta las enormes ballenas jorobadas. Sin embargo, nunca tuve la oportunidad de trabajar directamente con primates, esos animales tan parecidos a nosotros, y tan diferentes a la vez. Hace poco tuve la suerte de ser aceptado como voluntario en una fundación europea para el rescate de primates, en su sede española. Es un lugar muy grande y moderno, enclavado en una zona natural privilegiada. Su objetivo principal es darle hogar permanente a primates rescatados de condiciones deplorables de diferentes partes de Europa, sean zoológicos en descuido o ilegales, casas particulares, circos o laboratorios de investigación. Aquí reciben a individuos que por razones particulares no pueden ser acogidos en ningún otro lugar, por lo que se les brinda un sitio agradable y amplio donde podrán pasar el resto de sus vidas bajo excelentes condiciones de vida, teniendo tanto una zona interior como una amplia zona exterior llena de vegetación autóctona.
En este lugar se encuentran 4 diferentes especies: Macacos cola de cerdo (Macaca nemestrina), Babuinos hamadryas o Papiones sagrados (Papio hamadryas), Chimpancés (Pan troglodyte) y dos simpáticos grupos de hembras de Macacos cangrejeros (Macaca fascicularis) que fueron rescatadas hace muy poco. Algunos animales son viejos, otros jóvenes, y hay un chimpancé que tiene más de 40 años de edad, probablemente capturado por el método tradicional y traumático de matar a la madre en el medio silvestre para luego vender a la cría en el mercado negro. Todos tienen historias tristes y conmovedoras, por lo que cada día sus cuidadores intentan darles la mejor vida posible en compensación a todo lo que se les ha hecho. Previamente, y con mucho esfuerzo y paciencia, todos estos animales fueron sociabilizados en Holanda y actualmente cada individuo de su misma especie forma parte de uno o más grupos que podríamos identificar como “manadas”, donde el régimen social (las jerarquías) se establece por ellos mismos, reconociéndose así a un líder natural para cada grupo.
Frente a frente con los chimpancés
Mi primer día fue verdaderamente impresionante pues me causó unas sensaciones difíciles de describir, aunque ciertamente profundas que me dejaron mucho para reflexionar. Podría decir que fue una experiencia que sacudió hasta la última neurona de mi cerebro, llevándome en unos instantes a sentirme tan intimidado por su poder como asombrado por su obvia inteligencia y la mirada tan profunda que tienen, que te transmite sensaciones de compasión, tristeza y por qué no decirlo, de miedo y profundo respeto.
Ese día comenzó para ellos como cualquier otro día de rutina. Dado que las instalaciones son muy grandes y hay tanto qué hacer, el día se te va volando, por lo que hay que trabajar a contrarreloj. Debemos limpiar las instalaciones de cada grupo de animales y sus correspondientes áreas abiertas donde pasan el día, además de prepararles los 3 alimentos basándonos en rigurosas dietas específicas compuestas de vegetales y frutas, así como de preparados especiales que se denominan “enriquecimiento”. Todas las comidas se preparan por separado y con mucha higiene, siguiendo las instrucciones especiales para cada hora del día, para cada grupo y en algunos casos para cada individuo en particular…
Me tocó iniciarme en la sección que comprende a los los chimpancés y los babuinos, divididos en sus propias áreas. Existen muchas medidas de seguridad y se sigue un estricto protocolo de cosas que puedes hacer y que no debes hacer, pues en un instante de descuido de nuestra parte puede ocurrir una tragedia, dado que son animales extremadamente poderosos. Desde que nos acercamos se escuchaban gritos ensordecedores y golpes continuos en las puertas del interior. En los documentales sobre chimpancés que pasan por la televisión escuchas los gritos, pero este es sólo un pequeño rango de las ondas sonoras que no se acercan en lo absoluto a lo que escuchas en vivo. Ese instante es verdaderamente intimidante, y sientes cómo tu cuerpo vibra con los profundos sonidos que penetran hasta tus huesos. Al entrar al encierro de los chimpancés (la zona interior donde duermen), el ruido de los gritos era tan fuerte que a pesar de no estar aún frente a ellos, y a tan sólo unos centímetros de mi guía no podía escucharle nada de lo que me decía casi a gritos. Sentí miedo de siquiera acercarme, aún sabiendo que existe una gruesa reja metálica entre ellos y nosotros.
De alguna forma ellos sabían que alguien nuevo había llegado, y podría asegurar que eran capaces de olfatear la inseguridad que emanaba de cada célula de mi cuerpo. En ese momento yo aún no podía ver a los chimpancés, pues hay un pasillo muy pequeño, donde una delgada cortina me ocultaba de sus miradas que atentamente buscaban alguna señal de debilidad de mi parte.
Entre gritos y golpes en las rejas y puertas se me advirtió mantenerme alejado de los barrotes, no hacer movimientos bruscos ni mirarlos fijamente a los ojos. Mi guía me dijo (sin tomarle importancia) que algunos chimpancés acostumbran escupir a los extraños, y que por ningún motivo debía reaccionar a su agresión, pues sería un estímulo para que continuaran haciéndolo. Apenas terminó sus palabras y ya estábamos de frente a los 8 chimpancés que estaban ansiosos por conocerme. En cuanto me acerqué a “distancia de tiro” recibí un enorme escupitajo, jugoso y de penetrante olor que me dio atinadamente en un costado de la cara. Un segundo escupitajo a unos segundos del anterior me volvió a salpicar la cara, el cuello y mi chamarra. Valiente y obedientemente resistí la sensación de cómo poco a poco éstos escurrían por mi cuello, hasta que tras unos largos segundos se me permitió tomar una toallita de papel para secarme. El resto del día no pude quitarme el olor, como un recordatorio de quiénes mandan en estas instalaciones. Tras unos segundos de una desagradable experiencia, Los chimpancés se tranquilizaron y me observaron hasta el último detalle sin agresión alguna, dejando de hacer ese ensordecedor bullicio. Fue como si ésta hubiera sido mi bienvenida, para no llamarle una “novatada”. Habiendo aceptado humildemente su bienvenida, reconozco que el día estuvo plagado de agradables sensaciones y buenas experiencias. Respetando la regla de no mirar directamente a los animales, los babuinos se portaron bastante bien conmigo y me sentí más relajado.
Por otra parte los macacos, en la sección de enfrente son más “amigables”, pues al contrario de los chimpancés y babuinos, éstos buscan tu mirada y gesticulan continuamente cuando te ven, buscando les contestes con algún gesto que ellos reconocen como una señal de aprecio y confianza. Te levantan las cejas, mueven la cara hacia arriba y gesticulan graciosamente, pero resulta aún mas divertido cuando les contestas haciendo lo mismo y se entabla una extraña conversación diciendo “no se qué  dices, pero estoy felíz”. Cuando están libres en la zona exterior te miran desde lejos, caminan hacia ti y se detienen esperando respuesta, para luego continuar y sentarse en la orilla de su amplio espacio al aire libre, y me resulta muy curioso que el líder de los macacos está obsesionado con los zapatos de la gente, observando con dedicada admiración cómo son, qué suelas tienen y de qué color son.
En este sitio existe una rigurosa política de interactuar con ellos lo menos posible, así que no se les toca ni se les permite que te toquen para no establecer vínculos afectivos. Todas las macacas cangrejeras están siempre vigilantes de lo que sucede en el exterior, paradas a la orilla de una ventana de policarbonato. Tenían poco tiempo de haber llegado, y debían adaptarse paulatinamente a las rutinas antes de permitírseles salir al exterior. Todos estaban nerviosos de cómo reaccionarían ante la libertad de estar en un espacio abierto, luego de nunca ver el sol ni de tocar la tierra. ¡Ni siquiera sabían lo que eran las piedras o sentir el viento! Sin embargo, y para sorpresa de todos, el primer día que se les permitió salir, se adaptaron muy rápido a sus nuevas instalaciones y se sintieron confiadas de explorar su recinto exterior. Dados los traumas y malas experiencias a los que fueron sometidos, muchos animales necesitan meses e incluso años para atreverse a salir al exterior. Fue conmovedor y muy significativo para mí el haber presenciado “su primera vez”, y ver en sus ojos la expresión de sorpresa y curiosidad ante esa nueva y agradable experiencia, viéndolas cómo recolectaban pequeñas rocas y conchas de caracoles, como preciosos tesoros de inmensurable valor.
En cuanto a los alimentos, tanto el desayuno como la comida se les da por fuera, pues están en las zonas abiertas, así que se les lanza la comida desde una plataforma y se les observa cómo se comportan. El equipo está siempre cuidando que todos coman y vigilan que no haya señales de enfermedad o de agresividad entre ellos, tomando nota de cada detalle de su comportamiento. La cena es la parte más interesante, pues con ello se les obliga a entrar de nuevo a sus encierros, limpios y con comida escondida por todas partes, lo que les emociona mucho. Están instalados algunos “dispositivos” donde se puede esconder la comida y obligar a los animales a buscar su comida, debiendo usar herramientas para sacarla, ya sean sus manos y largos dedos, o unas varitas con las que empujan la fruta para sacarla. Hay otros muchos dispositivos y técnicas especialmente diseñados para estimular sus mentes.
Las labores de limpieza no son muy agradables, pues hay que recoger sus abundantes y coloridos excrementos, que por cierto también utilizan en ocasiones para pintar las paredes. Técnicamente a este comportamiento se le conoce como “painting”, y aunque éste es considerado como un comportamiento “anormal”, yo sinceramente creo que son verdaderas obras de arte, realizadas con improvisadas técnicas y con el material que tienen a la mano, como una respuesta inherente a la cautividad. Durante toda mi estancia me dediqué a fotografiar sus creaciones, mismas que me resultan verdaderamente asombrosas. Se puede apreciar en todas ellas que no es sólo “embarrar”, pues aplican distinta presión, giros que echan a volar la imaginación. Normalmente éstas pinturas son realizadas exclusivamente con la boca, aunque pueden usar los dedos para el toque final.
Poco a poco, y día tras día, pude ir conociendo a cada individuo en particular, y en cuestión de días ya podía reconocer a cada miembro de las manadas. Cada uno tiene su muy particular personalidad, y resulta imposible no crear vínculos emocionales con ellos. Hace unos días tuve la oportunidad de visitarlos y me alegró mucho la calurosa y amable bienvenida que me dieron, como cuando te reencuentras con un viejo amigo. No hubo agresión, sólo una conversación de miradas y silenciosas caminatas.
No sólo compartimos el 99% de nuestros genes, sino que llevamos una herencia igualmente compartida de actitudes y acciones instintivas que me resultan tan asombrosas como familiares. Aprendí una lección de humildad, reconociendo en ellos ese espíritu que los humanos tenemos y que nos hace ser tan agresivos y conspiradores como amables y tiernos, curiosos, inquisidores e inventivos.
Veo en ellos a unos seres increíblemente inteligentes que por nuestra ingenuidad e ignorancia, los hemos obligado a vivir como animales de circo, creándoles traumas irreparables y forzándolos a vivir de una forma que ningún animal o humano merece. El trabajo que en esta fundación se realiza es admirable por donde lo vea, pero es doblemente loable al luchar por brindarle a éstos animales una vida digna y llena de tranquilidad, a la vez de luchar incansablemente por promover la creación de mejores leyes y sobre todo por educar a la sociedad y evitar que más animales sean esclavizados en circos y zoológicos, o torturados en laboratorios.
A todos aquellos que niegan nuestra relación evolutiva con los primates, les digo que deberían de interactuar de cerca con ellos. Eso les ayudará a ser mejores personas; no sólo porque verán en ellos a seres inteligentes, sino porque en ellos se refleja tanto lo peor como lo mejor de los seres humanos. Una cura de humildad no le viene mal a nadie.
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